lunes, 24 de septiembre de 2012

La Fabula de los Cerdos Asados


La “Fábula de los cerdos asados”, de Gustavo F. J. Cirigliano, fue publicada ori­ginalmente en la revista Cátedra y Vida, Buenos Aires, 1959.


Cierta vez se produjo un incendio en un bosque en el que se encontraban cerdos. Éstos se asaron. Los hombres, acostumbrados a comer carne cruda, los probaron y los hallaron exquisitos. Luego, cada vez que querían comer cerdos asados, prendían fuego a un bosque. ¿Pero qué sucedió cuando se intentó modificar El Sistema para implantar uno nuevo? Hacía tiempo que algunas cosas no marchaban bien: los animales se carbonizaban, a veces que­daban parcialmente crudos; otras, tan quemados que era imposible utilizar­los. Como era un procedimiento montado en gran escala preocupaba mucho a todos, porque si El Sistema fallaba en gran medida, las pérdidas ocasiona­das eran igualmente grandes. Miles eran los que se alimentaban de esa carne asada y también muchos miles eran los que tenían ocupación en esa tarea. Por tanto, El Sistema simplemente no debía fallar. Pero, curiosamente, a me­dida que se hacía en mayor escala, más parecía fallar y mayores pérdidas cau­saban. En razón de las deficiencias, aumentaban las quejas. Ya era un clamor general la necesidad de reformar a fondo El Sistema. Tanto que todos los años organizaban congresos, seminarios, conferencias, jornadas para hallar la solución. Pero parece que no acertaban a mejorar el mecanismo, porque al año siguiente se volvían a repetir los congresos, seminarios, conferencias y jornadas. Y así, siempre.

El fracaso de El Sistema, según los especialistas, debía atribuirse o bien a la indisciplina de los cerdos que no permanecían donde debieran, o bien a la inconstante naturaleza del fuego tan difícil de controlar, o a los árboles exce­sivamente verdes, o a la humedad de la tierra, o al Servicio de Informaciones Meteorológicas que no acertaba con el lugar, momento y cantidad de lluvias, o...

Las causas, como se ve, eran difíciles de determinar porque en verdad El Sis­tema para asar cerdos era muy complejo: se había montado una gran estruc­tura; una gran maquinaria, con innumerables variables, se había instituciona­lizado. Había individuos dedicados a encender: los igniferi, que a su vez eran especialistas de sectores; incendiador o ignifer de zona norte, de zona oeste, etc., incendiador nocturno, diurno, con especialización matinal o vespertina, incendiador de verano, de invierno (con disputas jurisdiccionales sobre el otoño y la primavera). Había especialistas en vientos (anemotécnicos). Había un director general de Asamiento y Alimentación Asada, un director de Téc­nicas Igneas (con su Consejo General de Asesores), un administrador general de Forestación Incendiable, una Comisión Nacional de Entrenamiento Profe­sional en Porcología, un Instituto Superior de Cultura y Técnicas Alimentarias (el ISCYTA) y el BODRIO (Bureau Orientador de Reformas Igneo-Operativas).

El BODRIO era tan grande que tenía un inspector de reformas cada 7000 cerdos, aproximadamente. Y era precisamente el BODRIO el que propiciaba anualmente los congresos, seminarios, conferencias y jornadas. Pero éstos sólo parecían servir para aumentar el BODRIO, en burocracia.

Se había proyectado y se hallaba en pleno crecimiento la formación de nue­vos bosques y selvas, siguiendo las últimas indicaciones técnicas (en regiones elegidas según una determinada orientación y donde los vientos no sopla­ban más de tres horas seguidas, donde era reducido el porcentaje de hume­dad, etcétera).

Había miles de personas trabajando en la preparación de esos bosques que luego se habrían de incendiar.

Había especialistas en Europa y en los EE.UU. estudiando la importación de las mejores maderas, árboles, cepas, semillas, de mejores y más potentes fuegos, estudiando ideas operativas (por ejemplo: cómo hacer pozos para que en ellos cayeran los cerdos). Había además grandes instalaciones para conservar los cerdos antes del incendio, mecanismos para dejarlos salir en el momento oportuno, técnicos en su alimentación.

Había expertos en la construcción de chiqueros para cerdos; profesores for­madores de los expertos en la construcción de corrales para cerdos; univer­sidades que preparaban a los profesores formadores de los expertos en la construcción de establos para cerdos; investigadores que brindaban el fruto de su trabajo a las universidades que preparaban a los profesores formadores de los expertos en la construcción de chiqueros para cerdos; fundaciones que apoyaban a los investigadores que brindaban el fruto de su trabajo a las uni­versidades que preparaban a los profesores formadores de los expertos en la construcción de establos para cerdos, etc.

Las soluciones que los congresos sugerían eran, por ejemplo: aplicar trian­gularmente el fuego, luego de raíz cuadrada de nx1 por velocidad de viento sur; soltar los cerdos 15 minutos antes de que el fuego promedio del bosque alcanzara 47º C. Otros decían que era necesario poner grandes ventiladores que servirían para orientar la dirección del fuego. Y así por el estilo. Y no se necesita decirlo, muy pocos de los expertos estaban de acuerdo entre sí, y cada uno tenía investigaciones y datos para probar sus afirmaciones.

Un día, un ignifer Categoría S-O/D-M/V-LL (o sea un incendiador de bosques especialidad sudoeste, diurno, matinal, licenciatura en verano lluvioso), lla­mado Juan Sentido-Común, dijo que el problema era muy fácil de resolver. Todo consistía, según él, en que primero se matara al cerdo elegido, se lo limpiara y cortara adecuadamente y se lo pusiera en un enrejado metálico o armazón sobre unos brasas hasta que por efecto del calor y no de la llama se encontrara a punto.

-¿Matar? -exclamó indignado el Administrador de Forestación.

-¡Cómo vamos a hacer que la gente mate! Ahora el que mata es el fuego. ¿No­sotros, matar? ¡Nunca!

Enterado el director general de Asamiento, lo mandó a llamar. Le preguntó qué cosas raras andaba diciendo por ahí y luego de escucharlo, le dijo:

-Lo que usted dice está bien, pero sólo en teoría. No va a resultar en la prácti­ca. Más aún, es impracticable. Veamos, ¿qué hace usted con los anemotécni­cos, en el caso de que se adopte lo que sugiere?

-No sé -respondió Juan.
-¿Dónde coloca los incendiadores de las diversas especialidades?

-No sé.

-¿Y los especialistas en semillas, en maderas?, ¿y los diseñadores de establos de siete pisos, con sus nuevas máquinas limpiadoras y las perfumadoras au­tomáticas?

-No sé.

-Y a los individuos que han ido al extranjero a perfeccionarse durante años y cuya formación ha costado tanto al país, ¿los voy a poner a limpiar cerditos?

-No sé.

-Y los que se han especializado todos estos años en integrar congresos y se­minarios y jornadas para la reforma y mejoramiento de El Sistema, si lo suyo resuelve todo, ¿qué hago con ellos?

-No sé.

-¿Se da usted cuenta ahora de que la suya no es la solución que necesitamos todos?, ¿usted cree que si todo fuera tan simple no la hubieran hallado an­tes nuestros especialistas?, ¡A ver!, ¿qué autores dicen eso?, ¿qué autoridad puede avalar su sugestión? ¡Usted se imagina que yo puedo decirles a los ingenieros de anemotécnica que es cuestión de poner brasitas sin llama!, ¿y qué hago con los bosques ya preparados, a punto de ser quemados, que sólo poseen madera apta para el fuego-en-conjunto, cuyos árboles no producen frutos, cuya escasez de hojas hace que no sirvan para sombra?, ¿qué hago? ¡Dígame!

-No sé.

-¿Qué hago con la comisión Redactora de Programas de Asado, con sus de­partamentos de Clasificación y Selección de Cerdos, Arquitectura Funcional de Establos, Estadística y Población, etcétera?

-No sé.

-Dígame: el ingeniero en Porcopirotecnia, Don J. C. de Figuración, ¿no es una extraordinaria personalidad científica?

-Sí, parece que sí.

-Bueno. El simple hecho de poseer valiosos y extraordinarios ingenieros en pirotecnia indica que El Sistema es bueno. Y, ¿qué hago yo con individuos tan valiosos?

-No sé.

-¿Ha visto? Usted lo que tiene que traer como solución es cómo hacer me­jores anemotécnicos, cómo conseguir más rápidamente incendiadores del oeste (que es nuestra dificultad mayor), cómo hacer establos de ocho pisos o más, en lugar de solo siete como ahora. Hay que mejorar lo que tenemos y no cambiarlo. Tráigame usted una propuesta para que nuestros becarios en Europa cuesten menos, o cómo hacer una buena revista para el análisis pro­fundo del problema de la Reforma del Asamiento. Eso es lo que necesitamos. Eso es lo que el país necesita. ¡A usted lo que le falta es sensatez, Sentido-Común! Dígame, por ejemplo, ¿qué hago con mi buen amigo (y pariente) el Presidente de la comisión para el Estudio para el Aprovechamiento Integral de los Residuos de los ex Bosques?

-Realmente estoy perplejo -dijo Juan.

-Bueno. Ahora que conoce bien el problema, no vaya por ahí diciendo que usted lo arregla todo. Ahora ve que el problema es más serio y no tan sim­ple como se imaginaba. Uno desde abajo y desde afuera dice. Pero hay que estar adentro para conocer el problema y saber las dificultades. Ahora, en­tre nosotros, le recomiendo que no insista con lo suyo porque podría traer­le dificultades con su puesto. ¡No por mí! Yo se lo digo por su bien, porque yo lo comprendo; yo le entiendo su planteamiento, pero, usted sabe, puede encontrarse con otro superior menos comprensivo; usted sabe cómo son, a veces ¿eh?...

El pobre Juan Sentido-Común no dijo ni mú. Sin saludar, entre asustado y atontado, con la sensación de estar caminando cabeza abajo, salió y no se le vio nunca más. No se sabe dónde fue. Por eso es que dicen que en estas tareas de reforma y mejora de El Sistema, falta Sentido-Común.