lunes, 9 de marzo de 2009

Vision de Pio Jaramillo del Indio Ecuatoriano

Por: Luciano Almeida y Alfredo Calderón

CONTENIDO
1. Biografía
2. Donde estamos ubicados
3. El Indigenismo
3.1. Introducción
3.2. Visión antropológica
3.3. El Indigenismo según Pío Jaramillo Alvarado
3.4. Resumen de: “El Indio Ecuatoriano”
4. Contexto histórico
5. Contexto Filosófico
5.1. Construcción del sujeto histórico – Carlos Paladines
5.2. El Indígena como valioso – Carlos Paladines
5.3. Aspectos de la Filosofía del Indio – Leonidas Proaño
6. El Indianismo
6.1. Discurso indianista
6.2 CISA Consejo Indio de Sud América
6.3 El Etnodesarrollo
7. Reconocimiento de las Naciones Unidas
8. Conclusiones

Bibliografía


1. BIOGRAFÍA

PIO JARAMILLO ALVARADO, DOCTOR EN ECUATORIANIDADES.- Nació en Loja el 17 de Mayo de 1.884 en la casa de su abuela Barbara Ochoa ubicada en la calle Real, hoy Bolívar. Hijo legítimo de José Pío Jaramillo Ochoa y Zoila Pacífica Alvarado Cueva, lojanos.
Recibió las primeras letras de su madre, estudió la primaria en la escuela fiscal "Miguel Riofrio" y la secundaria en el "Bernardo Valdivieso" donde fundó el "Grupo Alba" y su órgano de publicidad "El Iris", haciendo sus primeros ensayos literarios con varios compañeros generacionales.
En Julio de 1.905 se graduó de Bachiller en Filosofía. Enseguida pasó a la Facultad de Jurisprudencia y el 26 de Diciembre de 1.906 obtuvo la licenciatura en "Ciencias Públicas. Entonces ocupó la presidencia del Liceo Bernardo Valdivieso y en la revista "El Fénix" publicó ensayos desde 1.907 hasta 1.910.

Para el conflicto con el Perú arengó a las tropas que marchaban a Macaray en emocionante acto de patriotismo se desprendió de su reloj de oro -regalo de su madre cuando el bachillerato- y lo entregó al Comandante Villareal, del batallón que se despedía, "para que cuente y anote las horas del triunfo de la Patria", gesto que ya revelaba su carácter franco, patriótico, abierto e impulsivo.
Ese año editó el semanario "El Oriente" con intereses generales, literatura e información, para dar a conocer a sus comprovincianos el proyecto del ferrocarril transamazónico que uniría Puerto Bolívar, Loja y Zamora con el río Marañón y en el periódico "La Defensa Nacional" de Quito publicó su estudio "Por Zamora al Marañón"

El 9 de Enero de 1.911 se doctoró en Jurisprudencia. El 8 de Marzo siguiente se matriculó de abogado en la Corte Superior de Justicia de Loja y fue designado Secretario- Relator de ese tribunal.

Era gran lector que acostumbraba "examinar la realidad nacional con espíritu investigador, buscando las causas del fracaso de la revolución liberal en la falla de la estructura socioeconómica, inspirándose en un gran amor a la Patria, amor de historiadores". Ese año publicó en el semanario político lojano "El Voto Popular" la biografía de Manuel Carrión y Pinzano, fue electo Diputado por Loja, concurrió al Congreso y formó parte del bloque gobiernista. Eran los tiempos del general Leonidas Plaza Gutiérrez.

En 1.913 fue designado profesor de Castellano del Instituto "Mejía", editó su primer trabajo "El Ecuador y el Canal de Panamá" en 39 págs. ingresó a la Sociedad Jurídico- Literaria y comenzó a escribir para los periódicos del país bajo el seudónimo de "Plácido Ximénez". Sus colaboraciones aparecían en "El Oriente" y "El Municipio Lojano" de Loja, "El Fénix" de Riobamba, "El Telégrafo", "El Guante", "El Nacional"" y "Diario Ilustrado" de Guayaquil y "El Comercio", "La Prensa", "La Nación" y "El Día" de Quito. Entonces presentó su memorandum al Presidente Leonidas Plaza planteando la realización de los estudios para llevar a cabo el ferrocarril transamazónico que uniría el Pacífico y el Atlántico a través de Loja, el Oro, el oriente ecuatoriano y la amazonía brasilera, pero no logró despertar otro interés que el puramente científico y se adujo entonces y se repitió después, que siendo buena la idea, era impracticable en la realidad por falta de disponibilidades económicas.

El 13 de Diciembre de 1.913 fue designado Gobernador de Loja y "regresó a la tierra natal con las gallardías de una juventud inteligente y fervorosa. Se hallaba en el filo de sus treinta años y era dueño de todas las curiosidades, de todas las iniciativas."

Enseguida se puso manos a las obras y comenzó por habilitar la Casa del Gobierno, reparó el Cuartel de Policía, adecuó el local del Protectorado de Señoritas. En 1.915 contrató la construcción de un edificio para el nuevo Hospital, ayudó a la contratación para la provisión de agua potable de la ciudad de Loja con los Ingenieros Enrique de Witt y Norton Pratt, adelantó el camino a la Costa, puso especial atención en mantener caminos y puentes y tampoco descuidó las labores del espíritu, "En su casa, que era en las tardes el remanso espiritual de la ciudad, reunía a los universitarios para hablar de literatura y dar conferencias que no eran otra cosa que anticipos de lecturas y para recitar versos. I así nació Vida Nueva, aquel periódico de literatura y arte."

En 1.915 publicó "Formulario para la formación de sumarios en materia criminal" en 23 págs. y "Reglamento interno de la Policía de Loja" en 8 págs. En 1.916 “Memoria del Hospital de Loja, con el plano, fachada, estatutos y reglamentos de esa casa asistencial” en 69 págs. e "Informe y Renuncia" en 26 págs. cesando en sus funciones el 31 de Agosto, al finalizar el segundo período presidencial del general Leonidas Plaza.

En 1.917 ocupó la posecretaría de la Cámara de Diputados. El 18 fue nuevamente electo diputado por Loja y discutió largamente con Jacinto Jijón y Caamaño sobre la veracidad de la Historia del Reino de Quito del Padre Juan de Velasco, S.J. Allí le tocó defender los mitos y leyendas como fuentes de la historia y mantuvo la tesis de la existencia de un reino o confederación de pueblos cuya capital fue Quito, así como el origen en la península de Santa Elena (Sumpa) de la cultura incásica.

Al concluir las sesiones del Congreso pasó a ocupar una de las Fiscalías y en el Jurado reunido el 6 de Marzo de 1.919, dentro del proceso penal seguido en Quito contra autores, cómplices y encubridores del asesinato de Alfaro y sus tenientes, acusó públicamente a los miembros del gabinete de Carlos Freire Zaldumbide y a varias personas del bajo pueblo quiteño, sin revisar las actuaciones del elemento militar tanto o más culpable que el civil y como el juicio se volvió de carácter político, nunca se llegó a pronunciar sentencia y el crímen quedó en la impunidad; sin embargo, su Alegato, escrito con pasión y en hermosísimo estilo periodístico, ha pasado a la historia ecuatoriana como un modelo de lo que debe ser un ensayo histórico-político.

En 1.920 fue designado Director General del Oriente y exploró las amplias regiones ubicadas entre los ríos Napo y Pastaza, recogiendo dichas experiencias administrativas en una erudita obra que tituló "Ferrocarriles al Oriente", editada ese año, en 178 págs.

En 1.922 publicó en la revista de la Sociedad Jurídico-Literaria de Quito un ensayo crítico sobre la "Literatura Lojana" en 26 págs. Entonces se trenzó en acaloradas discusiones con el Dr. Luis Felipe Borja hijo y con Italo Paviolo, representantes de la Sociedad de Agricultores del Ecuador, propugnando la formación de un partido Social Agrario para realizar cambios fundamentales en la economía agrícola del país. Al mismo tiempo, en Diciembre de ese año, dió a la luz su bellísima obra "El Indio Ecuatoriano" con el subtítulo de "Contribución al estudio de la sociología indoamericana", que dedicó a la juventud liberal de América en 227 págs. calificada como una brillantísima defensa de la raza, del proletariado y de los más débiles. Alegato escrupulosamente escrito, que no ha tenido reprise en el país.

La obra impactó poderosamente en el criterio de la Juventud y convirtió a su autor en el portavoz de quienes llevaron la causa del indio ecuatoriano ante los tribunales de la nación. Allí escribió lo siguiente: "Con la fe del sembrador, sigo echando al voleo la simiente, en los surcos del pensamiento nacional, pues sé que ésta germina y florece".

La publicación de tan importantísimo trabajo coincidió con el movimiento arielista latinoamericano, surgido años atrás en el Uruguay con el escritor José Enrique Rodó y marcó en el Ecuador el principio de la llamada corriente o escuela indigenista, que tanto ha gravitado en la cultura y el arte ecuatoriano, así como en la idiosincrasia de nuestros políticos. "El Indio Ecuatorianos ha conocido hasta la presente cinco ediciones más en 1.925, 36, 54, 79 y 83 y situó a Jaramillo entre los fundadores de la Sociología Ecuatoriana con Alfredo Espinosa Tamayo y Belisario Quevedo. La segúnda edición de 1.925 incluyo un examen preliminar del distinguido escritor Orestes Ferrara.

Angel Felicísimo Rojas ha escrito que "El Indio Ecuatoriano" es un libro erudito que agota la materia y señala la solución pues plantea el problema indígena en su verdadero terreno, el de una modificación substancial que tenga base económica y que liquide al feudalismo. Antes de Pío Jaramillo Alvarado se habían propuesto vagas soluciones sentimentales. Montalvo no daba ninguna. Abelardo Moncayo en su largo alegato "El Concertaje de Indios" denunciaba patéticamente el horror de la explotación que tenía ese nombre y alentaba las esperanzas de que esa monstruosidad terminara. A Jaramillo corresponde la gloria del precursor. Su fórmula Pan, trabajo y libertad económica, continúa vigente.

En 1.923 dió a la luz su ensayo "Don Abelardo Moncayo y su época" en 80 págs. como estudio introductorio al libro "Añoranzas", que contiene varios ensayos críticos de don Abelardo. En dicha introducción atacó al liberalismo ya sin ideales y hasta puramente mercantilista de su tiempo y lo comparó con el heróico y desprendido de los tiempos gloriosos.

Por esos días Luis Napoleón Dillon dictó una conferencia sobre el Liberalismo en el teatro Sucre y denunció la equivocada política nacional del presidente José Luis Tamayo, cuyo gabinete estaba infiltrado de elementos reaccionarios ultramontanos y conservadores. El discurso ocasionó tal impacto político que obligó a reunirse a la Junta Liberal de Pichincha y desde el mes de Abril los diarios "El Día" de Quito y "El Universo" de Guayaquil abrieron rudas campañas para reafirmar las conquistas y los principios doctrinarios liberales radicales en el Ecuador.

Entonces Jaramillo comenzó en "El Día", dentro de una elegancia expositiva que ha hecho de él uno de los más grandes periodistas de nuestra historia, su columna "Aspectos Políticos", que pronto fue buscada y leída con fruición y su seudónimo "Petronio" se hizo famoso. "Una recopilación de dichos artículos salió a la luz bajo el título de "La Doctrina Liberal. Hombres e ideas en el Ecuador".

El 9 de Septiembre se reunió la Asamblea Liberal en Quito y le encargaron la redacción del Programa y los Estatutos, cometidos que cumplió rápido y bien, recibiendo un Voto de Aplauso del directorio liberal. Demás está indicar que dicha Asamblea gozó de una "Justa celebridad por su avanzado programa y las resoluciones que adoptó contra los Estancos y los Monopolios" que acogotaban al sector mayoritario y más pobre de la República.

Parte de la producción periodística de esa agitada época fue recogida en "La Asamblea Liberal y sus aspectos políticos" en 369 págs que dedicó al Dr. Julio E. Moreno, libro que está considerado importantísimo para el conocimiento de la situación política de ese momento. Ataque rudo al nacionalismo o intento de fusión de los partidos por juzgarlo un retroceso ideológico, simple maniobra para fortalecer a un régimen y a un sistema de gobierno declinantes, con la colaboración de elementos conservadores.

Cuando en Agosto del 24 ascendió al poder el Presidente Gonzalo S. Córdova, le fue propuesto el Ministerio de Gobierno, que aceptó con la esperanza de lograr algunos cambios positivos para el país y aunque se desempeñó durante varios meses, finalmente tuvo que renunciar, cuando el presidente no dió importancia a sus reiteradas denuncias sobre una conspiración en marcha, que estalló en Guayaquil y en Quito el 9 de Julio siguiente y dió al traste con el régimen. Entonces combatió por la prensa a la revolución Juliana con la pasión que sabía poner en todos sus actos.
En 1.926 el nuevo dictador Isidro Ayora lo desterró a Panamá, donde residió varios meses. A su regreso volvió a escribir en "El Día" manifestando que "el conservadorismo y el liberalismo ya nada tenían que ofrecer a la nación sino su pasado ya extinguido" y siguió obstinadamente argumentando en favor de una acción radical, socialista y nacional desde su sitial de intelectual doctrinario y hasta formó parte de la Liga Antiimperialista que se fundó en Quito para combatir al fascismo que ya comenzaba a irrumpir en América.

Los escritos de "Petronio" deben ser dados nuevamente a la publicidad pues bien se lo merecen, porque solo se han reunido unos pocos en "La Crisis del Liberalismo. Aspectos Políticos" y en otras dos obras más, pero están inéditos los más. “Todos son vivos testimonios de contenido histórico contemporáneo contra el caudillaje y las dictaduras, singularmente la de la época Juliana, y de defensa indeclinable de la libertad y la democracia, en los momentos culminantes de desorientación política y de anarquía militarista".

En 1.927 con motivo el escándalo internacional suscitado al conocerse el tratado secreto Salomón Lozano por el que Colombia cedía al Perú nuestros territorios del río Putumayo, editó "Los Tratados con Colombia" en 12 págs "Blasones de Loja", "En Defensa de Rocafuerte" en 23 págs, donde estudió las consecuencias de la quiebra de la Casa Bancaria Goldmit Política Tropical" con un estudio preliminar de la dictadura del Libertador Bolívar en 1.826 en 66 págs. Y "Don Antonio Borrero" que apareció como artículo en la revista de la Jurídico- Literaria.

En 1.928 le correspondió el honor de inaugurar la estatua de Alfaro en Quito y con tal motivo publicó su Acusación Fiscal "La Victimación del General Eloy Alfaro y sus tenientes" en 33 págs.
En 1.929 fue designado Profesor de Derecho Político y Administrativo de la Universidad Central y el gobierno lo envió de Ministro Consejero al Perú en desagravio a pasadas injurias. Allí permaneció hasta 1.930.

El 31 ascendió al decanato de la Facultad de Jurisprudencia de la Universidad Central y el Grupo América de Quito lo eligió socio activo. A mediados de septiembre la Asamblea Liberal “hizo una invitación especial a los socialistas, porque se conceptuaba que dentro de la ideología liberal ellos tenían aceptación", a fin de tratar sobre la formación del partido Radical-Socialista. Jaramillo estuvo entre los redactores de los estatutos del nuevo partido, pero esa posición no prosperó y en una siguiente sesión se declaró que los estatutos vigentes eran los del Partido Liberal. De todas maneras se unificaron las fuerzas aunque únicamente con fines electorales y marcharon unidos en apoyo a la candidatura de Modesto Larrea Jijón, que perdió frente al conservador Neptalí Bonifáz Ascázubi.

Pío Jaramillo luchó siempre por un socialismo autóctono y nacional que fuera radical en sus todos pero no lo logró. En ese aspecto su pensamiento se adelantó a los acontecimientos del convivir nacional.

En 1.932 fue electo miembro de la Junta Consultiva del Ministerio de Relaciones Exteriores y pronunció un discurso en el Centenario del nacimiento de Juan Montalvo, publicado como "Montalvo político" en 22 págs.

En 1.934 dió a la luz "Estudios Históricos, ensayos sobre la vida interna e internacional de la República" en 585 págs. la segunda edición apareció en 1.960 en 449 págs. y contiene los siguientes trabajos: 1) La Revolución del 10 de Agosto de 1.809, 2) Las Dictaduras de Bolívar, 3) Caudillos y Dictadores, 4) En defensa de Rocafuerte, 5) Montalvo político, 6) El General Eloy Alfaro, 7) La victimación del General Alfaro y sus tenientes, 8) Don Abelardo Moncayo y su época, 9) Resumen histórico del régimen constitucional ecuatoriano, 10) Ubicación histórica del Marañón, 11) Los Tratados con Colombia, y 12) Síntesis de la nacionalidad ecuatoriana y defensa de su territorio.

En 1.936 ocupó por segunda vez el decanato de Jurisprudencia y editó “Tierras de Oriente" en 519 págs. "Del Agro ecuatoriano" en 348 págs. ensayos que le muestran patriota y estilista y los folletos "Atahualpa creador de la nacionalidad ecuatoriana" en 70 págs. y "El nuevo Tahuantinsuyo" en 5 págs.

Ya era padre natural de una niña y como solterón gustaba de los escarceos y aventuras románticas que compartía con un grupo de comprovincianos entre los que se encontraban Juventino Arias y Pablo Palacio, con quienes solía intercambiar amigas. El 37 enfermó de lúes, le recetaron inyecciones de Salvarsan y por prescripción médica viajó a la costa.

Instalado en Guayaquil, alquiló un departamento esquinero en el primer piso de un edificio de madera en Sucre y Chile, donde solía recibir. Entre 1.938 y el 43 fue profesor de Derecho Territorial en la Facultad de Jurisprudencia de la Universidad de Guayaquil.

El 38 editó "La entrevista de Guayaquil y su secreto", con la que inició una serie sobre dicho controversial tema. Igualmente pronunció una conferencia en la U. sobre "El Nuevo Concepto del Estado" que publicó en 44 págs. y dió a la luz su obra magna, suma de sus conocimientos y oportunísima como todo lo suyo, pues siempre tuvo el sentido de la oportunidad: “La Presidencia de Quito. Alegato histórico- jurídico sobre nuestra nacionalidad” en dos tomos de 508 y 546 págs. trabajo escrito años atrás y que fuera presentado en Washington con motivo de las discusiones limítrofes que se llevaban a cabo bajo el nombre de Fórmula Mixta.

Jaramillo fundamentó su argumentación en "Las raíces más antiguas del país, que prueban la alta cuna de la estirpe ecuatoriana". La obra ha sido considerada unánimemente como un monumento a la sabiduría y al patriotismo, analiza nuestra historia territorial y nuestros derechos.

En 1.939 editó "Síntesis Histórica- Jurídica de la nacionalidad ecuatoriana y de su defensa territorial" en 60 págs.

El 40 presidió la delegación ecuatoriana que asistió al Congreso indigenista reunido en Pascuaro, México, y publicó “El régimen totalitario en América, Democracia o Fascismo" en 148 págs. que vió una segunda edición en 1.962.

En 1.941 salió Sucre y Lamar en la iniciación de la República" y en “El Telégrafo” escribió una relación cronológica y documentada de los acontecimientos producidos por la invasión peruana y la tituló "La Guerra de conquista en América", republicada el 42 por la U. de Guayaquil en 436 págs. y 4 mapas; y en el suplemento de la revista del Vicente Rocafuerte salió “Ecuador es nación amazónica” en 23 págs.

Por esas patrióticas iniciativas el "Instituto Ecuatoriano de Estudios Amazónicos" lo premió designándole Miembro de Número y en 1.942 el "Centro de Investigaciones Históricas de Guayaquil" lo recibió en su seno. Era, lo que se dice, un escritor que combatía las injusticias vinieren de donde vinieren.

En 1.943, regresó a Quito y el 44 dió a la luz "Personalidad histórica de Atahualpa". El 45 "La Nueva Grancolombia" en 15 págs. E1 46 fue designado Vicepresidente del directorio de la matriz de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, institución que atravesaba una gloriosa edad de oro y era la rectora del pensamiento y la cultura nacional. También editó "La Universidad norteamericana en función de la cultura democrática" en 31 págs. con notas e impresiones al vuelo de un viaje realizado a ese país como invitado especial del Departamento de Estado. I en México presentó un informe sobre la "Situación del indigenismo en el continente" en 4 págs.

En 1.947 publicó "La Cultura Indígena Quiteña" en 11 págs. "La Nación quiteña, perfil biográfico de una cultura" en 197 págs. cuya segunda edición apareció en 1.958 y que se complementó con sus Estudios.

En 1.948 fue delegado del Ecuador a la IX Conferencia Interamericana celebrada en Bogotá y le eligieron presidente de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, al finalizar sus labores presentó una Memoria en 128 págs.

En 1.950 entró en polémicas con la secretaria de la Embajada de Panamá que había atribuido al Hermano Hernando de la Cruz los cuadros de los profetas que están en la iglesia de la Compañía. Sus dos artículos refutando tal aserto salieron en "El Comercio" de Quito y fueron impresos en un volumen de 99 págs titulado "Examen crítico sobre los Profetas de Gorívar". También editó "El Gran Mariscal José de Lamar, su posición histórica" en 93 págs.

En 1.952 fue electo Presidente de la IV Conferencia Latinoamericana de Organizaciones no gubernamentales celebrada en Quito y publicó "El Secreto de Guayaquil en la entrevista de Bolívar y San Martín" en 113 págs. ensayo que resumió sus trabajos anteriores sobre dicho tema- completados a la luz de nuevos documentos.
En 1.953 salió "Derecho Público Interno, texto sobre el Estado y su significación" en 580 págs. demostrando una vez más que era el primer ensayista del país y que podía opinar con ciencia y a cabalidad sobre los temas mas discímiles.

En 1.955 fundó y fue primer presidente del Instituto Indigenista del Ecuador y editó "Historia de Loja y su Provincia" en 445 págs. con un hermosísimo prólogo de Benjamín Carrión, libro que ha visto tres ediciones. Esta fue su última publicación importante, tenía 71 años de edad.

Ese año fue designado "Doctor en Ecuatorianidades" por el Consejo Provincial de Loja, título que le había concedido en feliz y acertada inspiración el ilustre escritor José de la Cuadra, en la década de los años 30.

En 1.956 editó "La realidad indígena de América" en l0 págs. "Ubicación Histórica del descubrimiento y conquista del Marañón y Amazonas" en 18 págs. y "Resumen histórico del Derecho Constitucional Ecuatoriano" en 77 págs.

En 1.957 recibió una Medalla de Oro del Congreso de Sociología reunido en Cuenca. El 59 fue electo Miembro de la Academia de Derecho Internacional y como separata publicó "La Revolución del 10 de Agosto de 1.809" con apuntamientos para su estudio en 36 págs. En 1.960 le propusieron el rectorado de la Universidad de Loja pero no aceptó.

En 1.964 dió a la luz "Las Provincias Orientales del Ecuador" y recibió el homenaje nacional que le organizó el Grupo América de Quito por cumplir 80 años de edad.

El gobierno nacional le confirió la Orden Nacional al Mérito y entonces se dijo que "el buen viejo era el campeón de los Derechos del hombre común entre los hombres y de la Soberanía del Ecuador entre las naciones. Ninguno más digno de ocupar la presidencia de la República que él”.

En 1.966 el Partido Liberal le otorgó la Medalla de la Lealtad Doctrinaria por su permanente defensa del ideal liberal y por su inquebrantable fe en el triunfo de la democracia ecuatoriana, surgida al rescoldo de las conquistas alcanzadas a través de la gloriosa revolución del 5 de Junio de 1.895. Vivía en una casita propia - modesta, limpia y llena de libros, a la que invariablemente concurrían sus alumnos y amigos, a quienes atendía y aconsejaba con cariño y sencillez. Los domingos se hacía preparar platos lojanos que saboreaba con algunos paisanos en jolgorios casi familiares y de sano esparcimiento. Entonces, sintiéndose viejo, decidió regresar a su Loja natal, a vivir otra vez entre los suyos y a meditar en los altos e indeclinables destinos del país.

Retirado a su finca de "El Prado", disfrutando del acogedor clima y del verdor del paisaje del valle del Malacatos, fue súbitamente aquejado de una grave dolencia, le condujeron a una clínica donde posiblemente le perforaron la vejiga al colocarle una sonda. Esta calamidad hizo que empeorara su estado general y requirió de tratamiento quirúrgico en la clínica San Agustín el 24 de Julio de 1.968, pero su corazón no resistió y dejó de latir en la mesa de operación.

Tenía 82 años de edad. Dejó un hijo no reconocido, una hija y varios nietos en ella. Esta última había nacido de una hermosa campesina macareña vendedora de comida en el mercado de San Sebastián, que luego contrajo matrimonio con un militar de notoria actuación en la dictadura del General Enríquez Gallo el 37-38.

También quedaron algunas de sus obras inéditas, entre las que se conecen "Reflexiones sobre el problema limítrofe" y "Documentos relativos a la historia de Loja". Su Biblioteca y Archivo fueron vendidos a la U. de Loja y por testamento legó su casa donde nació, para que allí se instale un colegio de niñas con el nombre de su progenitora.

Bajo de estatura, trigueño, rollizo, de pelo negro y después blanco plateado, ojos vivaces y pequeños, voz apagada pero armoniosa, talento polifacético y genial.

Defendió a la nación y combatió con la pluma por sus derechos territoriales. Amó al indio y a las regiones orientales del país, así como a su ciudad y provincia natales. Fue escritor de altas miras, periodista de resonancia nacional, historiador notable y fecundo. Quizo para la Patria mejores días y luchó incansablemente por ellos. Por eso se le considera uno de los más importantes ecuatorianos de todos los tiempos, aunque como bien lo ha anotado Hernán Rodríguez Castelo, anque escribía con gran facilidad y notable belleza, ni tuvo estilo literario ni luchó por tenerlo, pues su misión fue muy distinta en la vida. No escribía para recrear sino para denunciar y exponer los más tensos problemas de la nacionalidad ecuatoriana, que ayudó tan intensamente a formar.

2. DONDE ESTAMOS UBICADOS

Crítica social: La crítica social es la crítica de una sociedad, a menudo definida en los términos de la crítica, ya sea del todo o, por lo menos, de aspectos substantivos de esta.

Esa crítica típicamente se hace sobre una base radical, pero el término no es excluyente. Se ha argumentado que toda crítica social implica una idea de la felicidad o desarrollo humano, junto a una idea de deber ser: de como una sociedad debería organizarse o sus miembros deberían comportarse a fin de lograr esa felicidad o desarrollo del potencial humano.

Académicamente, se entiende que el término se refiere al uso de principios o esquemas conceptuales o teóricos para analizar y explicar las estructuras sociales. Algunos consideran que es una rama de la sociología pero los que practican la crítica social generalmente consideran que la actividad es inherentemente interdisciplinaria, en una mano nutriéndose y en la otra contribuyendo a disciplinas tales como la antropología, economía, filosofía, historia, lingüística, sociología, teología, etc. produciendo, por ejemplo, disciplinas tales como la psicología crítica. Desde este punto de vista se puede considerar que crítica social es el puente conceptual entre los conceptos, igualmente imprecisos, de filosofía social; sociología y las ciencias políticas.

Tomando en cuenta esas consideraciones es que en Inglaterra se habla de "Crítica Cultural" (Cultural critic) o "Estudios culturales" (Cultural Studies) o sociocultural o estudios culturales. En EEUU; y algunos países de América Latina, por ejemplo, Puerto Rico; se ha popularizado Teoría social (Social theory) termino que se esta extendiendo a Alemania (Kulturtheorie o Sozialtheorie) donde esta reemplazando al más tradicional "Gesellschaftskritik" o simplemente "Kritik" (ver por ejemplo Analyse & Kritik: Zeitschrift für Sozialtheorie) En francés "La Critique sociale" tiene una tradición y reconocimiento bastante largo, debido a la existencia en los 1930 de una revista con ese nombre.

Desarrollo histórico: Como se ha notado, la crítica social es una actividad fuertemente influida por, entre otras, percepciones filosóficas, morales, religiosas y sociales. Es difícil por tanto ofrecer una tipología de las aproximaciones que sea generalmente satisfactoria y objetiva. Sin embargo, y sin pretensiones de ofrecer algo más que una introducción a una visión general, y notando que en la práctica estas visiones a menudo comparten raíces y se nutren entre ellas mismas, parece posible, a rasgos generales diferenciar tres grandes momentos en su desarrollo.
Se puede alegar que desde los comienzos de la sociedad ha existido una crítica. Esa crítica parece haber sido marcadamente filosófica (por ejemplo. La República de Platón) religiosa (ver, por ejemplo, apologética), utópica o literaria (por ejemplo, la sátira) Sin embargo, y hacia fines de ese periodo se empieza a usar métodos más sofisticados a fin de tratar de entender la sociedad, por un lado buscando maneras de integrar las nuevas percepciones del humanismo con la ideología dominante (ver por ejemplo, Escuela de Salamanca) y por el otro, encontrar las raíces, causas, leyes que gobiernan, ya sea el desarrollo de la historia o los factores de la naturaleza humana (tales como el interés propio, el uso de la razón, la cooperación, etc) que influyen o determinan las formas que las sociedades adoptan (ver, por ejemplo: Spinoza).

Ese movimiento hacia una "explicacion racional" se concretiza en un segundo momento que se puede alegar empieza con Kant. A partir de el, durante la mayor parte del siglo XIX y hasta la primera mitad del siglo XX la crítica estaba dominada por aproximaciones racionalistas características del llamado Siglo de las luces y modernismo (ver).

Generalmente se considera que un momento importante de esta nueva aproximacion se produce con el trabajo de Hegel, quien introdujo un sistema para entender la historia de la filosofía y el mundo mismo, llamado a menudo “dialéctica”: una progresión en la que cada movimiento sucesivo surge como solución de las contradicciones inherentes al movimiento anterior, dando así comienzo a las llamadas escuelas criticas (aunque el termino mismo se deriva de la critica kantiana).

La otra gran vertiente de la época fue constituida por el naturalismo empiricista y el Positivismo (ver Locke y Montesquieu).

De estas visiones se derivan el liberalismo, el contractualismo, el socialismo (especialmente el marxismo, la Teoría crítica de la escuela de Frankfurt y el socialismo democrático). Además, el cooperativismo; mutualismo; anarquismo, etc.

Sin embargo aun en aquella época había escuelas que buscaban complementar o reemplazar el uso de la razón con aspectos que van más allá que ella, Por ejemplo, críticas moralistas (basadas en el cristianismo, tales como la Doctrina Social de la Iglesia); esteticistas (ver, por ejemplo, revolución cultural; naturalismo; Simbolismo y Modernismo (literatura en español)) o psicológicas, por ejemplo, el existencialismo. Conviene también mencionar la Escuela Austríaca de Economía.

Un tercer momento se hace notar en la segunda mitad del siglo XX. Especialmente a partir de la década del setenta de ese siglo y posiblemente correspondiendo a desarrollos académicos relacionados con problemas en las fundaciones de la consistencia lógica (ver Teorema de la incompletitud de Gödel; Wittgenstein; Derrida y postmodernismo) y socio políticos más amplios (ver contracultura; Mayo del 68; Frantz Fanon; Nueva izquierda y Movimiento por los Derechos Civiles en Estados Unidos) las grandes teorías unificantes dejan de tener el papel dominante y son complementadas con teorías que podrían ser llamadas sectoriales, que buscan dar una voz a los directamente afectados por formas concretas de discriminación sin pretensiones explicitas de explicar científicamente el mundo.

Notables entre esas teorías sectoriales, se cuentan la teoría de la Negritud, el panafricanismo las teorías del poscolonialismo, el feminismo, la Teoría Queer, las teorías del Indigenismo, el regionalismo, etc.

Sin embargo, eso no significa que las teorías generales o unificantes han desaparecido. En adición a las que ya se han mencionado, tenemos por ejemplo las que, aceptando la diversidad de posiciones, buscan promover una visión y acción común: por ejemplo, las teorías de las llamadas "prácticas de resistencia" y la Democracia social. Además, existen las que son declaradamente universalistas, tales como el ecologismo, los movimientos en favor de los derechos humanos; la Teología de la Liberación, De especial importancia a principios del siglo XXI, en que se han constituidos en factores aglutinantes para muchas de las otros visiones, son tanto la globalización como la Antiglobalización.

3. EL INDIGENISMO

3.1. Introducción

Que es: El indigenismo es una corriente cultural, política y antropológica concentrada en el estudio y valoración de las culturas indígenas, y cuestionamiento de los mecanismos de discriminación y etnocentrismo en perjuicio de los pueblos indígenas.

Se denomina también indigenismo a los términos, palabras y expresiones incorporados al idioma español provenientes de idiomas indígenas.

El indigenismo como discriminación: El indigenismo trata, en primer lugar, la discriminación. Esta conciencia es siempre de carácter cambiable, sufre una metamorfosis, conforme el uno se acerca al otro. Por ello es que se puede hablar de una historia dentro del indigenismo.

Una primera instancia del concepto radica en el fenómeno de la colonización. Hernán Cortés se proclama como el “gran descubridor” siempre a las órdenes de su majestad, encargado de “descubrir el misterio”. «Él es su creador, su revelador» Al indígena lo admiraba por sus logros: era el indígena creador de una civilización magnífica, con logros capaces de impresionar incluso al más escéptico de los europeos. Le eran riquezas impresionantes. Pero le tomaba por equivocado. Le pensaba erróneo por no ser católico—y este factor, la religión pasaría a ser el principal denominador común en el territorio mexicano, mucho antes de que se diera el pensamiento criollo y se buscara la imaginación de la nación. Habría que trasplantar lo español a los seres errantes. Primero la religión, consecuentemente las técnicas. (ibídem, pp.35).

Este indigenismo de Cortés, aún existe en algunos estratos de la conciencia latinoamericana, y una de sus representaciones se encuentra en el orgullo que tiene el individuo común por vivir en el mismo territorio que una civilización tan grande como lo fue en su tiempo la indígena; otra, es el intento de transformar al indígena a la cultura dominante. Esta última, radica en el hecho de no aceptar la circunstancia multicultural del país. El multiculturalismo se traduce para la nación mexicana en progreso por redimir de una vez por todas el pasado sangriento de México. El indigenismo moderno, sostiene ya varias posturas respecto a la problemática indígena, y la más importante de ella esta en el indigenismo interamericano, el etnodesarollo. El trabajo tocará, de manera distante tal vez, algunos de estos puntos.

El indigenismo como política: Para el indigenismo del siglo XX, el indio es una categoría específica de orden fundamentalmente socioeconómico, en tanto que la distinción étnica pasa a un carácter secundario. Los indígenas se conciben como marginados, en tanto que no participan de los "beneficios de la civilización", aunque sí de sus perjuicios: explotación, opresión violencia, violación de los derechos humanos, desnutrición, epidemias y pobreza.

Los indígenas han quedado reducidos a vivir en la periferia, en regiones de refugio alejadas de los centros político, en sitios "inhóspitos" o también en los cinturones de miseria de las ciudades. Necesitan entonces, según el indigenismo, participación ciudadana y social y ayuda externa que les impulse a superarse e integrarse.

Gonzalo Aguirre Beltrán (1967), explica que en las regiones de refugio donde han logrado sobrevivir la mayoría de las comunidades indígenas, lo urbano domina lo rural, las comunidades se convierten en satélites y se establecen relaciones asimétricas entre los diferentes segmentos de la población. Los indígenas son la parte sometida dentro del hinterland que dominan los sectores que controlan el respectivo centro rector. El indigenismo se propuso liberar al indio de esa intermediación opresiva y explotadora.

A diferencia del supremacismo blanco y del igualitarismo liberal, el indigenismo reconoce la especificidad de lo indígena y el derecho de los indios a recibir un trato especial favorable que compense siglos de discriminación, perjuicios y marginalidad. Sin embargo, cuando los indigenistas hablan de integrar al indio a los beneficios de la sociedad nacional y global, aspiran a que en esa sociedad se encuentren los elementos que posibiliten la "redención" del indio, asumen que la sociedad dominante puede "salvar" al indio, integrándolo a ella.

En 1940, tras el I Congreso Indigenista Interamericano, l indigenismo se convirtió en la política oficial de los estados del las Américas Para Alejandro Marroquín, el indigenismo como política de los estados, busca "atender y resolver los problemas que confrontan las poblaciones indígenas, con el objeto de integrarlas a la nacionalidad correspondiente" y puede clasificarse en cuatro variantes: político, antropológico, comunitario y desarrollista.

El indigenismo político, reformista o revolucionario surgió como propuesta de participación de los indígenas en proyectos de transformación nacional, como las revoluciones mexicana y boliviana. Esta variante enfatiza en la reivindicación social del indio y la lucha par la tierra y se centra en el enfrentamiento político con gamonales, caciques, latifundistas y burócratas. El indigenismo comunitario que fortalece la propiedad colectiva de la tierra y los usos y costumbres comunitarios es una variante del político.

El indigenismo desarrollista: Surgió trata de integrar a los indígenas y sus territorios al desarrollo económico y al mercado. Pocas veces sale el indígena bien librado de los impactos ambientales y sociales de las políticas empresariales y frecuentemente se catalizan la emigración y especialmente la diferenciación social entre una minoría privilegiada (Dietz 1995) y una mayoría pauperizada.

3.2. Visión Antropológica

El indigenismo antropológico, como corriente de la Antropología ha estado al servicio del indigenismo político o del indigenismo desarrollista.

Guillermo Bonfil (1970) y las Declaraciones de Barbados de 1971 (firmada por antropólogos) y la de 1977 (firmada por líderes indígenas), han propuesto alternativas al indigenismo.

Bónfil cuestionó la antropología cuyo único campo de estudio es la comunidad indígena o la etnia o en el mejor de los casos una región, sin articular el análisis estructural de la sociedad global, dado que la explotación directa de los indígenas fue esencial para la economía colonial y las metrópolis y luego pasó a ser ejercida mediante vicarios del sistema capitalista internacional. En la mayoría de los casos no se produjo aislamiento ni autónomo sino sujeción vicarial, que conduce a la expansión de la sociedad dominante que acosa a las comunidades indígenas, devora su territorio y lleva a la quiebra y desaparición de más pueblos indígenas.

En el artículo sobre la Visión antropológica de Kim Clark, de manera preliminar, examina cómo algunos científicos sociales ecuatorianos, entre las décadas de 1920 y 1940, concibieron las características que distinguían a los indios serranos de la población mestiza dominante.

El énfasis en hacer un análisis objetivo de los problemas que enfrentaban los indios ecuatorianos llevó a varios intentos de los indigenistas de medir y cuantificar las formas de la diferencia representadas por los indios. Precisamente por ese énfasis en cuantificar la diferencia, los indigenistas, en último término, contribuyeron a una noción racial de los indios: esto es, a una visión de los indios como un grupo racial separado, con características innatas y heredadas basadas en la biología.

Una posición se fundamentó en estudios de anatomía comparada de distribución de pelo (o pilosidad) de los indios. La investigación de Antonio Santiana pretendía demostrar que no había solamente una dimensión de variabilidad sexual asociada con distribuciones relativas de pelo facial y corporal en diferentes individuos (el debate se centró en la relación entre la distribución de pelo y virilidad, es decir que los hombres tienen más pelo que las mujeres), sino también una diferencia racial importante (Santiana 1941). De hecho, el médico chileno Lipschütz, quien escribió el prólogo del estudio de Santiana y cuyo trabajo era citado frecuentemente por científicos ecuatorianos, llevó tan lejos su argumento como para afirmar que aplicar a los nativos de América del Sur los mismos estándares de distribución de pelo que aquellos derivados del estudio de la raza europea -en que los indios inevitablemente aparecerían como ‘del tipo infantil-feminoide’-, sería como si un zoólogo aplicara estándares de distribución de pelo entre leones a los lobos (Lipschütz 1941:2). El propósito de este argumento, que los estándares de los europeos no debían ser aplicados a los indios, era demostrar que los indios simplemente eran diferentes a los europeos y no inferiores. No obstante, él enmarcó su argumento de manera tal que sugirió que las diferencias entre europeos e indios sudamericanos eran como las diferencias entre dos especies separadas.

El antropólogo físico Santiana demostró, según él, que los indios serranos tenían una pilosidad corporal y facial muy reducida en comparación con la de los blancos, hecho que fue presentado de una manera puramente descriptiva como una contribución al campo de la anatomía comparada. Sin embargo, los resultados de las observaciones de la distribución de pelo entre indios fueron entonces incorporadospor otros indigenistas al argumento que sugería que tal vez la energía fisiológica que normalmente iba a la producción de pelo, nutria, en su lugar, a la musculatura. Para algunos, esto sugería que los indios estaban en un nivel más avanzado de evolución que los blancos, pues aquellos habían perdido rasgos residuales innecesarios para invertir su energía en características más útiles, como la fuerza.

3.3. El Indigenismo según Pío Jaramillo Alvarado

La obra de Pío Jaramillo Alvarado estuvo, desde sus inicios, marcada por su dedicación al mundo indígena, orientada hacia el rescate del grupo más ‘olvidado’ y explotado de aquellos tiempos. No es entendible la obra de JA sin este fervoroso entusiasmo indigenista que se hizo presente ya en los primeros días de su juventud y no desmayó a lo largo de su dilatada obra. Lo indígena fue el impulso generador y a su vez a lo que dedicó lo mejor de sus afanes.

En pocas palabras, en un relegado ‘Sujeto Histórico’, en incipiente conformación, encontró JA un aliado que fue clave para la elaboración de una nueva plataforma conceptual o cosmovisión sobre el Ecuador, la misma que llenó de sentido a su vasta producción intelectual como a su quehacer profesional y a su praxis política. Además, sus escritos sobre el mundo indígena desplegaron las primeras manifestaciones del indigenismo a la mirada de los ecuatorianos, visión desconocida y fresca de la realidad que permitió tome cuerpo el diagnóstico detallado de los males que aquejaba a los indígenas como también un conjunto de propuestas específicas para la ‘supresión de su esclavitud’ y, además, logró entusiasmar y comprometer a cientos de intelectuales, maestros, políticos y artistas.

Además, el realismo social de las novelas y la pintura indigenista fomentó la expresión de indignación y coraje que despertaba en los grupos medios e intelectuales la situación de penuria en que los indígenas se debatían, situación agravada aún más por los mismos gobiernos liberales de turno que no hacían nada de fondo por revertir la exclusión que padecían las familias indígenas en cuanto a recursos económicos, educación, salud, vivienda, seguridad, por citar algunas de sus múltiples carencias. En pocas palabras, narrar, pintar o describir preferentemente a indígenas y montubios sufrientes y explotados permitió proyectar un mensaje estético, cargado a su vez de contenidos éticos y hasta de vinculación con lo político, y transformar así al compromiso estético en respuesta política y a esta, a su vez, en discurso ético. Uno de los máximos representantes de la pintura en el Ecuador, Oswaldo Guayasamín decía: "Mi pintura es para herir, arañar y golpear en el corazón de la gente, para mostrar lo que el hombre hace en contra del hombre; pintar es una forma de oración, al mismo tiempo que de grito y la más alta consecuencia del amor y la soledad"

La vinculación establecida entre el discurso estético con el político y al ampararse este último en la dimensión ética, hizo que nuevamente recobre fuerza la posición laica y moderna. Con justa razón Gonzalo Rubio Orbe denominó al ‘Doctor Pío Jaramillo Alvarado, apóstol laico del indigenismo en el Ecuador’ y bajo tal perspectiva, El indio ecuatoriano, fue un “libro de fe profunda en la justicia social, contiene los anhelos espirituales cuya realización no evoca como un dogma, sino como el cumplimiento de principios éticos indestructibles, pues que son inherentes a la personalidad humana”.

Con el culto excesivo a lo que aparece, a la imagen sensible, el discurso pictórico fue propicio más a la reacción sentimental y hasta lacrimosa ante tantos males e injusticias, que al compromiso, al análisis detallado o al arbitrio de medidas de solución. Se volcó la atención al producto del arte más que al proceso de creación del mismo: a sus símbolos, técnicas, referentes y asimilación, y se impuso de este modo la construcción de un boceto simplificado de lo indígena, que remarcaba las líneas de su rostro sufriente pero se refería poco a su mundo interior, a las glorias de su pasado, a la forma en que su subjetividad asumía la situación objetiva de dominación o a las mediaciones requeridas para su liberación. De este modo la producción artística del realismo social se transformó más en una ‘herencia’ que en un ‘legado cultural’ y quedó reducida a la descripción del indígena a la esfera de su apariencia sensible, a sus gestos, contorsiones y gritos ante situaciones extremas.

En pocas palabras, el ojo del espectador fue orientado a captar la miseria que describían los cuadros y textos elaborado por la corriente indigenista o por el realismo social, mirada que no fue suficiente para asumir otras ricas dimensiones y menos aún para apoyar al proceso de liberación de los indígenas a través del arte. En buena medida su mensaje fue renovador más en los grupos medios generados por el liberalismo que a nivel del mismo indígena; no logró en ellos desencadenar la imaginación, el desarrollo de la observación, la capacidad de pensar, de ver, de engañar, de amar, de sopesar, de mentir, de revelar, en definitiva de crear, funciones que suele impulsar el arte.

3.4. Resumen de: “El Indio Ecuatoriano”

“Examinados los factores hombre, tierra y trabajo, se comprueba que el hombre en su expresión étnica indígena está esclavizado, sin embargo de constituir una clase social mayoritaria, pero desposeída de todo amparo legal, sin recursos económicos y sin instrucción ni educación convenientes; y que el trabajo es de condición servil. La existencia de un feudalismo agrario es evidente. El siervo y el señor feudal constituyen las clases sociales en lucha. Una clase media organizada, poderosa, que sirva de equilibrio aún no es una fuerza social independiente. El mismo proletariado obrero y campesino obrero carecen de conciencia de clase. El gamonal aprovecha esta ignorancia de la masa del pueblo y realiza en su seno compactaciones políticas para mantener sus privilegios.” Prólogo 1936

Al Inicio Pío se plantea averiguar la actual situación histórica del indio y que clase de factor presenta en el “desenvolvimiento de la nacionalidad”, y encuentra un dato desconcertante: “el indio está sumido en la más abyecta servidumbre, condición que refleja en el ambiente el mal de toda gangrena que corroe la organización social y política, saturándola de vicios que afectan a las esencias de su vitalidad”.

De acuerdo a Pío será necesario legislar ya que el concertaje existe en estos momentos igual o peor que en la Colonia y que el liberalismo hasta ese momento no ha formulado una ley por el indio y para el indio, expresamente para arrancarle de la servidumbre que le condena a un salario fijo. Es decir se necesita una “Ley de Indios”.

Analiza la relación tierra y hombre, inicialmente geográficamente tomando en cuenta la división provocada por la Cordillera de los Andes: tropical a orillas del mar y de la Amazonía y frialdad en la serranía, inexistencia de cuatro estaciones y por lo tanto a la “primavera perpetua” que es la desolación del sembrador, y la pobreza del granero. Se necesitó de hombres capaces de dominar a los elementos adversos para “forjar caracteres duros que superen la adversidad o para que los abata la impotencia”. Y ahora ve a los supervivientes de estas tierras después de cuatro siglos de servidumbre. Aclara que los cronistas siempre los vieron tristes, incluso mas allá del incario y que su sistema comunal fueron mas bien un acoplamiento a la región que hubieran sido insalvables para una organización individualista. Es decir una organización “comunista” que no lo fue en el sentido “político” sino más bien de acondicionamiento al medio andino.

También aclara que fue corta la dominación de los incas al Reino de Quito, un poco más de cincuenta años. “Chaupi punchapi tutayaca” exclamó una india saragura, para pintar su desgracia por la muerte de su hijo, el padre Solano lo traduce: “Anocheció en la mitad del día”. Podría decirse, aclara Pío, “que el destino hirió a la raza cuando se creyó feliz al amparo de los incas, pero que anocheció para su alma muy cerca de la alborada, en la mitad del día, y por eso es triste, porque nunca fue libre”.

En la época republicana escritores prominentes escribieron lo siguiente del indio: “El indio, como el burro, es cosa mostrenca, pertenece al primer ocupante. Me parece que lo he dicho otra vez. El soldado lo coge, para hacerle barrer el cuartel y arrear las inmundicias; el alcalde lo coge, para mandarle con cartas a veinte leguas; el cura le coge, para que cargue las andas de los santos en las procesiones; la criada del cura lo coge, para que vaya por agua al río, y todo de balde, si no es tal cual palo que le da para que se acuerde y vuelva por otro. Y el indio vuelve porque ésta es su cruel condición, que cuando le dan látigo, templado en el suelo, se levanta agradeciendo su verdugo: “Diu su lu pagui amu”, dice: Dios se lo pague amo, a tiempo que se está atando el calzoncillo, inocente, ¡inocente criatura! Si mi pluma tuviese don de lágrimas, yo escribiría un libro titulado ‘El Indio’ y haría llorar al mundo. No, nosotros no hemos hecho este ser humillado, estropeado moralmente, abandonado de Dios y la suerte; los españoles nos lo dejaron, como es y como será por los siglos de los siglos” Juan Montalvo.

Como la independencia fue obra de la aristocracia criolla, las instituciones políticas organizadas por ésta, mantuvieron en todo momento las antiguas servidumbres. Se asumió la legislación española y el indio resultó menos favorecido incluso que con el régimen colonial. Aclara que es un invento eso de la crueldad del español, del yugo español, de la ignorancia en que mantenía el español al americano. Esto quedó en la literatura durante un siglo, esto es una superchería que ninguna persona culta puede insistir. Los regímenes republicanos han sido crueles, esclavizadores y oscurantistas. “La crueldad española de la conquista fue tan sangrienta como la practicada por los ingleses en sus colonias, y más generosa que todas las conquistas históricas porque se mezcló, se confundió con los conquistadores y los americanos podemos estar orgullosos de nuestra sangre india y de nuestra sangre española”.

Le ubica al Padre Velasco como el gran defensor de los civilización americana y en palabras de los mas acreditados historiadores y filósofos prueba que existía un sistema político admirable, que realizaron obras estupendas de arquitectura, que habían tenido atisbos firmes en los campos científicos, que poseían, en fin, una cultura, y que éstos no pueden ser relegados al simple e inoficioso oficio de esclavos. Velasco realiza una defensa con sólidos argumentos. Ahora Pío se pregunta ¿Por qué el español negó al indio sus derechos de hombre y los sujetó a la servidumbre y el prócer de la independencia y el ciudadano de le República ha continuado esclavizándolo? Por egoísmo y por incomprensión, se contesta. Los gobiernos condenaron a la ignorancia, a la esclavitud y a los vicios que de estos males se derivan, y el indio le ha devuelto a la administración pública el contagio de su indolencia, de su servilismo y se ha convertido en un enorme peso inerte, de resistencia pasiva que entorpece toda la vida nacional.

“Los caciques han explotado al indio gratuitamente en la labor agrícola, le han robado, han estropeado su dignidad, le han deshonrado y empobrecido; mas, el indio ha enervado las energías nacionales, ha condenado la agricultura a la rutina, ha matado la posibilidad de la exportación y condenado a la miseria al patrón y al gobierno, ha cobrado su salario despreciado en el concertaje, en la troje que saquea, en el animal que mutila, en los negocios que deja de hacer por la colaboración nula de un ser humillado, sin estímulos, sin ambiciones, que tiene para la vida su desprecio y para el amo su odio, ese odio que traduce en la peor de las represalias: no hacer; convertirse en resistencia, debiendo ser actividad”.

“Pero el patrón ha creído resarcirse de todo acaparando las tierras, formando haciendas, de las cuales solo cultiva una pequeña parte y deja lo demás abandonado, mientras que el indio perece de hambre en los huasipungos, los pequeños lotes de tierra inculta que ha construido una choza rústica sin higiene, sin calor, sin pan”.

Por todo ello concluye que es necesaria una reivindicación agraria, la división de los latifundios, pero en este punto salta un argumento burgués, el reparto de las tierras implica una política socialista y ésta es una importación exótica a los países americanos, escasos en población y abundantes tierras baldías. Este argumento es un grave error, continúa Pío, ya que las actividades sociales son resultantes de los hechos, ya que los ideales germinan cuando encuentran una repercusión en la realidad de la vida. Es cierto que existe mucha tierra inculta, pero ésta para que sea beneficiosa es necesario construir caminos, ferrocarriles, desecaciones y dragamientos.

Por último, Pío ubica las cualidades del indio serrano las cuales son: inteligente, laborioso, gran colaborador en las haciendas que pagan el salario justo, se interesa por la instrucción, tiene ambiciones y se incorpora voluntariamente por el mestizaje a la obra de la cultura nacional. El indio de la Costa, o sea el montubio a las cualidades señaladas se añade su coraje.

Con respecto al catolicismo, indica que sigue siendo una aspiración teórica. Termina con la siguiente frase: “Y este problema del indio ha de resolverse perentoriamente; la cultura humana así lo exige”. Quito, 1922

4. CONTEXTO HISTÓRICO

En el período 1925 ­ 1960 se destacan dos momentos bastantes definidos: el uno que va de 1925 a 1948 y el otro de 1948 a 1960.

El primer momento, que parte de la revolución "juliana" y culmina con el inicio del gobierno Galo Plaza, fue un período de la historia ecuatoriana que estuvo marcado, al menos en sus primeros lustros, por la preocupación colectiva respecto a los problemas sociales, por la persistencia de la recesión económica, por las reorientación productiva, la agitación social y la inestabilidad política. En el segundo, se viviría un relativo clima de tranquilidad social y estabilidad económica y política, resultado, en mucho, de las prósperas condiciones creadas por el auge bananero. De todas formas, en gran parte del período, los ecuatorianos vivieron turbulentas y traumáticas experiencias como la misma juliana, la guerra de los cuatro días (1932), la guerra con el Perú (1941) y "la gloriosa" (144) que marcaron en los más profundo la conciencia colectiva de los ecuatorianos.

1925 a 1948 fue una etapa que se inicio con una transformación del aparato estatal, intensa lucha y carencia de hegemonía política de algún sector de la sociedad que dieron como resultado la ingobernabilidad y una enorme inestabilidad política. Ciertamente en esta época, es decir, en veintitrés años, se sucedieron alrededor de veintisiete gobiernos, ente dictaduras militares y civiles, gobiernos provisionales y regímenes democráticos.

En cambio ente 1948 a 1960, bajaron las tensiones políticas, los gobiernos democráticos se sucedieron en el marco constitucional, la planificación estatal apareció y un nuevo impulso modernizador vivió el Estado.

En todo el período, la gente entre cuartelazos, matanzas, crisis de la economía mundial y persecuciones vivió nuevas experiencias como la radio, el cine hablado, la aviación, las novedades del fútbol nacional y la mayor presencia del automóvil en las estrechas calles de las urbes que vieron crecer sus espacios. Más adelante experimentó con mayor fuerza la moda estadounidense y el miedo al nacionalsocialismo. Siguió con atención las noticias sobre la Segunda Guerra Mundial, y posteriormente, fue testiga de los primeros efectos de la "Guerra Fría", y de la tímida presencia de la televisión . Fueron hombres mujeres que se enamoraron al calor del pasillo, de "Benítez y Valencia", del tango, del bolero y posteriormente de Elvis y del rock, y se divirtieron con las películas mexicanas, con Cantinflas, y con las estampas de "Evaristo".

Por otra parte, desde los años veinte de este siglo se potenciaron las capacidades organizativas y de movilización de viejos grupos humanos (artesanos y militares) pero también hicieron su ingreso a la escena nacional nuevos actores sociales (obreros y clases medias) que exigieron su reconocimiento social y político. Las calles, el espacio público, fue el territorio donde, en forma generalizada, se expresaron las demandas. La tranquilidad pueblerina de antaño, alterada de cuando en cuando por los chismes, por cualquier escándalo social y por las luchas políticas y armadas de los caudillos y sus huestes vio, con asombro y no menos susto, la presencia de la organización y movilización popular, de la huelga obrera y de otras formas de reclamo y de presencia de los de "abajo". El Estado, las elites sociales, la opinión pública, el Ejército, la Iglesia y los intelectuales, desde sus particulares visiones, corrieron a explicarse y dar cuenta de este fenómeno. Prestos dieron nueva forma a los partidos políticos, reestructuraron la legislación, fundaron organismos estatales y reflexionaron, escribieron o pintaron retratos novedosos del ambiente social que les abrumó. En este marco surgió el realismo social y el indigenismo.

Semejantes percepciones de lo social y las subsecuentes acciones en este campo y, y sobre todo, los cambios que se dieron en el marco de representaciones de la gente, en su cosmovisión y en su cultura tuvieron directa y mayor relación con las transformaciones políticas y jurídicas que impulsó al Estado y, en menos medida, con las alteraciones surgidas de las estructuras social y económica del país.

De cualquier manera existieron algunas modificaciones en los aspectos económicos y social que incidieron en la estructuración de clases sociales, en sus relaciones y en la producción de las ideas.

La Juliana y la Medicina de la Moneda: El Mayor, Ildefonso Mendoza, en Guayaquil, y el General Francisco Gómez De la Torre, en Quito, dirigieron el movimiento de la joven oficialidad que dio al traste con el último gobierno de la Plutocracia. Se formó una Junta de Gobierno integrada por uno de los más firmes opositores de los regímenes costeños, Don Luis Napoleón Dillon, liberal de avanzada, cercano al socialismo y fundador de la fábrica textil más moderna de entonces, La Internacional. El fue el representante del sector social dirigente de la sierra que mayores intereses tuvo en una transformación económica y social. Luchas intestinas, desacuerdos y contradicciones llevaron a la Junta a su disolución y la proclamación por parte del ejército, en 1927, del doctor Isidro Ayora como encargado del poder. Este puso en práctica algunos ideales julianos de democratización de las relaciones sociales y de modernización del Estado.

Creó el Ministerio de Previsión Social, la Caja de Pensiones y acogió algunas demandas de los sectores subalternos. Sin embargo, la realización más firme estuvo en el campo de la economía y la modernización del Estado. Dictó medidas tendientes a la estabilización monetaria y al control inflacionario evitando las permanentes devaluaciones mediante las cuales los agroexportadores habían venido superando la crisis del cacao. Para esto, en un hecho sin precedentes en el país donde todos los bancos tenían capacidad de emisión, creó el Banco Central, institución encargada de emitir billetes y de promover la política monetaria del país. Con esto descargó un duro golpe contra los agroexportadores que, hasta ese momento, por su calidad de propietarios de las divisas y de los mayores bancos, habían impuesto su voluntad al Ecuador entero.

Además, siguiendo con el plan de reformas, creó al Banco Hipotecario para generar créditos a favor de la agricultura, fundó la Contraloría General del Estado, la Dirección General de Obras Públicas e instituyó la Superintendencia de Bancos. Más también, en el campo fiscal impulsó una Reforma Tributaria y una mejor estructuración del presupuesto.

Ayora, confirmado presidente por el Congreso de 1929, hizo un gobierno que favoreció los intereses de los industriales al promover una política proteccionista y dio al mismo tiempo gusto a los importadores al impulsar un esquema monetario, el patrón oro, que mantenía una "moneda sana".

La salud monetaria, en el marco de la crisis mundial de 1930, derivó en deflación, perjudicando a los negocios y particularmente a los agroexportadores que, sintiéndose afectados, decidieron, con el apoyo de otros sectores, desplazar en 1931 a Ayora del poder. Con este episodio se inauguró un momento de enorme inestabilidad política en el país.

Sin Cacao: A Producir Café, Arroz y Azúcar: A pesar de la caída del cacao, el país en este nuevo período tuvo una economía que, en su conjunto, siguió ligada a los ciclos de producción agrícola para el mercado internacional. La crisis del cacao obligó a los terratenientes costeños a diversificar sus cultivos y a reorientar la producción hacia el café, arroz y azúcar, aunque este último, en mucho, estuvo destinado al consumo nacional.

La industria no se estancó, al contrario tuvo un desarrollo incipiente, siendo la producción textil a que adquirió un papel importante en este período. En efecto, medio de la crisis mundial de los treinta, esta actividad fabril, en participar la de la sierra centro norte, creció en forma significativa. De igual manera, la exportación de sombreros de paja toquilla, cuyo centro de producción estaba en la sierra sur, tuvo un rol importante en el ingreso de divisas.

El sector hegemónico de la economía, el agroexportador, dependiente de los vaivenes del mercado mundial, en especial el de los Estados Unidos, nuestro principal abastecedor y comprador desde inicios del siglo, con la depresión de los países centrales a comienzos de los treinta, experimentó la reducción de la demanda para sus productos; sin embargo, en los albores de los cuarenta, la Segunda Guerra Mundial estimuló nuevamente la producción y exportación de materia prima, como caucho y balsa, utilizadas para sustentar el esfuerzo bélico, pero también de café, arroz e incluso cacao.

Terminaba la conflagración mundial (1944) decayó la demanda externa y aumentó la oferta de bienes de los países centrales, llevando la economía nativa a una nueva situación de crisis.

En este mismo período se avanzó hacia una mayor conformación de las clases sociales. Los empresarios fundaron o reconstituyeron sus organismos de representación, las Cámaras de la Producción; aunque para esto recibieron una gran presión por parte del Estado, a través del Ministerio de Previsión Social, Trabajo, Agricultura e Industrias. El crecimiento del aparato estatal, de la burocracia, del magisterio, del ejército y de la policía incrementaron la cada vez más creciente clase media. El aumento del número de industrias, ante todo en la sierra centro norte, fortaleció a la clase obrera que, sin embargo tuvo, a nivel social, un peso específico menor al del voluminoso sector artesanal.

La crisis económica y la diversificación de los cultivos de la costa propiciaron dinámicas en el campo que forzaron a buena cantidad de campesinos a trasladarse a las ciudades de la región. En ellas, algunos tendrían acceso a las pocas fábricas; los más, encontrarían cabida en los más bajos empleos, constituyendo esa gran masa marginal que crecerá violentamente en décadas venideras.

En esta coyuntura, así como los empresarios lograron construir sus espacios de identidad, los trabajadores pasaron de la organización de ayuda mutua a conformar sindicatos, los que sirvieron para canalizar más eficazmente sus demandas clasistas, sociales y políticas. Consiguieron con el apoyo de sectores políticos civiles y militares de tinte socialista la promulgación de un viejo ideal, el Código del Trabajo, (1938), y fundaron, luego de intensas luchas, su organización nacional como la CTE ­ Conferencia de Trabajadores del Ecuador, 1944 -. Empero antes, en 1938, la Iglesia católica y los grupos conservadores, luego de un largo camino habían promovido la creación de otra central obrera nacional, compuesta mayoritariamente por artesanos, la CEDOC - Conferencia Ecuatoriana de Obreros Católicos -, como repuesta al avance del "sindicalismo rojo".

Un presidente después de otro (1930 ­ 48): Derrocado Isidro Ayora se inicio un período de tremenda inestabilidad política que condujo al país, solo en la década de los treinta, a tener 14 distintos gobiernos. Esta situación, reflejo del momento de reorientación productiva, de la incidencia de la crisis mundial y del lento proceso, de constitución de las clases, dio lugar a la inexistencia de un sector hegemónico, dentro de las familias, grupos o clase dirigentes regionales, que tenga la capacidad y fuerza política, para articular un proyecto nacional estable y coherente que arrastre tras de sí a los demás componentes del bloque de poder. Este ha sido el principal drama del país desde su fundación: la carencia de un proyecto nacional de largo aliento.

Esta suerte de empate político entre las fracciones derivó en una intensa lucha que alternativamente llevó, por períodos cortos, a uno y otro sector, al control del aparato gubernamental.

El coronel Luis Larrea Alba, fundador de Vanguardia Socialista, y ministro del Gobierno de Ayora, le sucedió en el mando el24 de agosto de 1931; más pudo mantenerse en el poder hasta el 15 de octubre del mismo año. Asumió el cargo el presidente de la Cámara del Senado, Alfredo Baquerizo Moreno, expresidente de la época plutocrática. Baquerizo Moreno actuó en favor de los intereses de los agroexportadores y financistas costeños que requerían de reformas monetarias, como la supresión del patrón oro y la devaluación para compensar las pérdidas que, a raíz de la crisis mundial, estaban obteniendo. En octubre de 1931 convocó a elecciones que las ganó Neptalí Bonifaz, liberal moderado, terrateniente serrano, propietario de la famosa hacienda Guachalá y primer presidente del Banco Central del Ecuador, en cuya función ganó prestigio nacional.

La Misión Kemmerer: En resumen, la mayoría de los ecuatorianos esperaba con interés la llegada de Kemmerer, según un periódico, "como los israelitas esperaban con impaciencia los principios claros de su Moisés".

Demostraban, sin embargo, motivos encontrados al acoger a su Misión. Los defensores de la Revolución Juliana ­ especialmente Dillon y el ejército ­ contaban con Kemmerer para remediar los males económicos de la nación, particularmente las deficiencias en el sistema monetario y bancario.

Los partidarios quiteños, esperaban que la consolidación por Kemmerer del gobierno central y de su control de los asuntos financieros nacionales, fortalecerían su posición contra sus rivales de Guayaquil.

El endeble gobierno de Ayora, concebía la visita de Kemmerer como un mecanismo de legitimidad, tanto interna como externamente. Pedía justificar la prolongación del autoritarismo hasta que sus reformas se implantaran plenamente, ayudaría a convencer al Departamento de Estado de los Estados Unidos a que dejara de negar su reconocimiento a un régimen inconstitucional, y atraería préstamos extranjeros. Los adversarios del gobierno, especialmente los banqueros, compartían la esperanza de que la aprobación de Kemmerer traería inversiones extrajeras. Pero querían que promoviera la austeridad gubernamental en vez de la expansión. Puesto que los militares insistieron en la conclusión de las reformas financieras, antes de cualquier restauración de un régimen constitucional y civil, los dirigentes de los partidos y la Embajada de los Estados Unidos contaban con Kemmerer para acelerar ese proceso. Los conservadores, banqueros y costeños, por lo menos prefirieron cualquier cosa que recomendara Kemmerer a los rayos y centellas de las juntas. Los empresarios exhortaron a los trabajadores a que tuvieran fe en Kemmerer, en vez del socialismo, para resolver sus problemas económicos. Estas elites advirtieron a los obreros que suspendieran su agitación, a fin de no perturbar sus reformas ni a los inversionistas extranjeros. Finalmente, el Gobierno de los Estados Unidos y los representantes del sector comercial norteamericano pensaban que la Misión mejoraría la estabilidad política y el crecimiento económico del Ecuador, haciendo más propicio al país para el comercio y las inversiones norteamericanas. (TOMADO DE PAUL DRAKE, "LA MISION KEMMERER ENE L ECUADOR", EN REVISTA CULTURA, VOL. VII, NRO. 19)

La Guerra de los "Cuatro Días": Bonifaz subió con el apoyo de vastos sectores económicos y sociales de todas las regiones del país, más la imagen de rico latifundista y debido a su tendencia despótica y autoritaria, se granjeó rápidamente la oposición de sectores medios y populares que, con el paso del tiempo, organizaron y formaron una ola incontenible que arrastró a todas las clases sociales en su contra y que dieron al traste con su gobierno.

Por disposición constitucional Bonifaz debía asumir la presidencia en septiembre de 1932, casi un año después de su elección. Este período tan largo, que creó un vacío de poder, fue fatal para él. En este tiempo se enfrentaron el presidente electo en una lucha que terminaría con la blandengue democracia ecuatoriana. Si el Bonifaz de octubre del 31 era representante del consenso nacional, el de agosto de 32, por la deserción de los líderes de la costa, fue un abierto portavoz de los grandes intereses regionales, particularmente, de la sierra centro ­ norte. Este hecho, más la fuerte oposición popular de todas las regiones, que estuvo azuzada por un discurso patriotero que acusó a Bonifaz de poseer la nacionalidad peruana, llevó al Congreso, bajo el argumento de la supuesta nacionalidad peruana del presidente elegido, a descalificarlo como presidente de la República. Producto de tales discordias, que habían encendido los ánimos a favor o contra Bonifaz a niveles inauditos, se produjo en Quito, a fines de agosto e inicio de septiembre del 21, el enfrentamiento armado interno más traumático del siglo XX, la llamada guerra de los Cuatro Días.

Del Primer Velasquismo al Arroyismo: Derrotados los "compactados" ­ partidarios de Bonifaz organizados en la Compactación Obrera Nacional (CON), de composición mayoritariamente artesanal ­ asumió provisionalmente el poder Alberto Guerrero Martínez, presidente del Senado. Este convocó a elecciones, ganando uno de sus favorecidos, Juan de Dios Martínez Mera, miembro del Partido Liberal y ex gerente de la Compañía Agrícola del Litoral, legendaria por la explotación a miles de pequeños productores de tabaco y caña de azúcar.

José María Velasco Ibarra, joven y fogoso diputado, comandó la oposición de Martínez Mera. Desde el Parlamento se dedicaría a tumbar ministros hasta desgastar completamente al régimen.

Depuesto Martínez Mera el 19 de octubre de 1933, se encargó el poder a Abelardo Montalvo, quien convocó a elecciones de las que saldría ganando el presidente de la Cámara de Diputados y candidato del conservadorismo, José María Velasco Ibarra.

Velasco se posesionó de la presidencia el 1 de septiembre de 1934 y fue derribado el 20 de agosto de 1935. De igual manera que en los casos anteriores, la oposición, ahora dirigida por un connotado liberal, Alberto Arroyo del Río, hizo ingobernable el país. La falta de paciencia del turbulento mandatario dio lugar a que se "precipite sobre las bayonetas" e intente, en forma fallida, declararse dictador.

Asumió el poder Antonio Pons, último ministro de gobierno, quien, lejos de someterse a las presiones de liberales y conservadores, declinó ante un consejo de oficiales que, a su vez, nombró encargado del mando supremo de la República a un desconocido ingeniero que se había ocupado de la cartera de Obras Públicas: este fue Federico Páez.

Páez, inicialmente, hizo un gobierno acorde con el socialismo, la tercera fuerza política que desde la Juliana había crecido en el país. Al calor de tal revolución, el socialismo organizó en Quito su partido en 1926. En 1931, a raíz de la posición ecuatoriana respecto a la III Internacional, se dividió en dos sectores, el denominado Partido Comunista y el Partido Socialista.

Mientras tanto, la joven oficialidad del ejército, exjulianos, y sectores radicales del liberalismo, decepcionados de su partido, habían estructurado también una organización que la denominaron Vanguardia Revolucionaria Socialista. Todos estos partidos, sobre todo los dos primeros, a pesar de su mecánica comprensión del marxismo y de la realidad nacional, o de su filiación dogmática de los dictámenes de Moscú, caso del Partido Comunista, dieron cabida física e intelectual a importantes sectores medios, intelectuales, artistas, literatos, profesores, oficiales jóvenes, profesionales, empleados públicos, estudiantes y, en forma escasa, a trabajadores. Siendo expresión de tales sectores no pudieron sino impulsar, a nombre de los obreros, medidas de corte reformista que, en todo caso, ayudaron a empujar la dificultosa modernización del Ecuador y dotaron a las clases populares de instrumentos políticos y jurídicos para desplegar sus futuras luchas.

Efectivamente, Páez que se rodeó de elementos socialistas, expidió la Ley de Control de Cambios, Importaciones, e impidió la devaluación monetaria; creó el Instituto Nacional de Previsión, dictó reformas a las Leyes de Contrato y Desahucio de Trabajo, la Ley de Salario Mínimos para algunos sectores fabriles y el reglamento de asistencia médica. Sin embargo, después de un corto tiempo de ejercicio dio un viraje de 180 grados, colocándose contra el socialismo y desatando una feroz represión contra todo viso de progresismo. Estableció un Estado policíaco, del cual el ejército pronto se cansó y dejó de apoyarlo. A nombre de la Fuerza Armada, el 23 de octubre de 1937, el general Alberto Enríquez Galo lo destituyó y se proclamó jefe supremo.

El general Enríquez, influido por las ideas socialistas, en menos de un año hizo un corto gobierno de connotaciones democráticas y modernas, siendo sus fundamentales obras la promulgación del Código del Trabajo, la Ley de Comunas y la nueva ley de educación. En este campo hizo esfuerzos grandes a favor de la institucionalización de la educación técnica y del fortalecimiento de la formación en los maestros. Así, aumentó el presupuesto para educación; creó la Facultad de Pedagogía de la Universidad Central, el Instituto de Investigaciones Científicas, el Archivo Histórico Nacional y la Escuela de Ciencias Económicas de la Universidad de Guayaquil. En el plano de la seguridad interna profesionalizó a la Policía. Su compromiso con la democracia le obligó a abandonar el poder en agosto de 1938, dejando, sin que medie consenso político alguno, la primera magistratura en manos de Manuel María Borrero.

Este hecho y el evidente vacío de poder que es presentó, desató una crisis de sucesión avivado por las ambiciones personales y de partido. Con el fantasma del golpe de Estado, el socialismo ayudó a subir al poder a Aurelio Mosquera Narváez, jefe del Liberalismo. Este, muy ligado a los intereses más poderosos de Guayaquil, preparó el terreno para la elección de Arroyo del Río. Murió Mosquera Narváez en noviembre de 1937, encargándose de la presencia Arroyo del Río, a la sazón presidente del Congreso. Como este preparaba su campaña electoral encargó la presidencia a Andrés F. Córdova, presidente de la Cámara de Diputados y compañero del partido, quien convocó a elecciones.

Carlos Alberto Arroyo del Río, después de un claro fraude electoral contra José María Velasco Ibarra, subió al poder el 1 de septiembre de 1940. Este jefe liberal, abogado de empresas extranjeras y elemento relacionado con los bancos y con los agroexportadores costeños, hizo un gobierno favorable a estos sectores mediante la desarticulación de las medidas proteccionistas que durante regímenes anteriores se habían dictado.

El fraude electoral fue el estigma del nuevo gobernante, quien sufrió de ilegitimidad y aislamiento. Su soledad en el poder le obligó a extremar los mecanismos represivos y autoritarios para sostenerse frente a una oposición cada vez más fuerte. Para el efecto fortaleció y utilizó al cuerpo de carabineros (actual Policía Nacional), que llegó a constituirse en una suerte de guardia pretoriana del presidente.

Las políticas de seguridad externa e interna no fueron manejadas adecuadamente, cuestión que llevó al país a negociar en condiciones poco ventajosas la firma de un protocolo de límites con el Perú, situación que fue percibida por la población como derrota política y diplomática y como traición de parte del presidente y de su canciller. Como era de esperarse, esta situación profundizó la impopularidad del gobierno y su necesidad de sostenerse restringiendo las libertades públicas.

Es así que, a los pocos meses de asumir la presidencia, se precipitaron las acciones armadas en la frontera, ante lo cual Arroyo, por medio del sumiso Congreso, obtuvo facultades especiales que, antes que utilizarlas para repeler la agresión y organizar la defensa, las utilizó para someter a la oposición. De esta forma las Fuerzas Armadas mal equipadas, desguarnecidas e indefensas, sucumbieron ante la superioridad peruana. A renglón seguid el gobierno, acosado por la ocupación y por las presiones regionales y continentales, firmó el Protocolo del Río de Janeiro, el 29 de enero de 1942.

"La Gloriosa": La firma del Protocolo en las condiciones mencionadas y la derrota militar desarrolló en el conjunto de ecuatorianos un sentimiento de pérdida territorial y humillación histórica cuyo responsable fue identificado como el jefe de Estado. Adicionalmente, la incontrolada represión ejercida por el Cuerpo de Carabineros, los esquemas fraudulentos del ejercicio electoral, los negociados, el corte despótico del régimen y el desmejoramiento notable del nivel de vida en el período generaron un amplio movimiento social y político en su contra. Ciertamente, desde conservadores hasta comunistas llegaron a un acuerdo político para echar del poder al presidente. El movimiento cobró cuerpo y adoptó el nombre de Alianza Democrática Ecuatoriana (ADE) que, con la fuerza de os empleados públicos y privados, de la joven oficialidad, de la tropa, de los estudiantes, de los intelectuales, de los artistas, de los artesanos y obreros derrocaron al régimen el 28 de mayo de 1944. Esta insurrección popular de corte democrático y nacionalista, denominada "La Gloriosa", que tuvo el apoyo y movilización de amplios sectores de la ciudad, del campo y de las provincias, a la larga fue aprovechada y capitalizada por los experimentados políticos de la derecha al colocar a José María Velasco Ibarra como cabeza del movimiento y posteriormente como sucesor de Arroyo en la presidencia de la república.

Velasco, luego de ser nombrado, en Agosto de 1944 presidente de la república, por la Convención Nacional mayoritariamente izquierdista, comenzó su administración con intereses iniciativas democráticas, la mayoría de ellas restringidas al campo educacional, cultural y laboral. Bajo estos lineamientos se creó la Casa de la Cultura Ecuatoriana, ideada por el escritor socialista Benjamín Carrión, y se aprobó el funcionamiento de la Federación de Estudiantes Universitarios del Ecuador FEUE y de la Confederación de Trabajadores del Ecuador CTE, organizaciones sociales ampliamente dirigidas por los partidos socialista y comunista.

La mentada Convención Nacional entregó al país una Carta constitucional de características democráticas, que se convirtió en camisa de fuerza para el volátil y temperamental presidente de los ecuatorianos, cuya matriz ideológica se encontraba más cerca del conservadorismo. Esta situación y la acción del Congreso tendiente a una mayor democratización del país, cansó al mandatario que, en marzo de 1945, decidió proclamarse dictador.

Después de un año de sobresaltos en la política, de arrebatos y carencia de planificación en las obras políticas, Velasco convocó a una Asamblea Constituyente, mayoritariamente conservadora, que lo nombro presidente constitucional y dictó una nueva Carta Política.

En agosto de 1947 su ministro de Defensa, coronel Carlos Mancheno, lo destituyó a la fuerza, a través de un golpe que se lo denominó el "manchenazo". Durante pocos días este militar asumió el mando y posteriormente lo entregó al presidente del Congreso, al conservador Mariano Suárez Veintimilla. Después de trece días en el poder, por disposición del Congreso entregó la presidencia a Carlos Julio Arosemena Tola, designado hasta la conclusión del período legal, 31 de agosto de 1948.

A Producir Banano: Después de un largo reacomodo de la producción costeña, desde 1948 hasta los primeros tiempos de los setenta, el Ecuador continuó la vieja tradición del modelo de agroexportación. Ahora le tocó a un fruto, al banano, cuyas producción y exportación se constituyeron en eje de la economía durante la mitad de este siglo.

En la presidencia de Galo Plaza Lasso (1948 ­ 52), y aprovechando una caída profunda de la producción bananera centroamericana causada por las plagas, la costa ecuatoriana comenzó a producir la fruta. Estimuladas por el mercado, dichas producción y exportación alcanzaron niveles espectaculares, sobrepasando los cien millones de dólares de exportación de 1955. Este hecho visiblemente contrasta con el promedio de 7.4 millones de dólares obtenidos por el país por las exportaciones durante la década de los treinta.

Lamentablemente esta situación se modificó desde fines de los cincuenta, cuando comenzaron a recuperarse las plantaciones centroamericanas, lo que devino en mayor competencia y contracción de los mercados para nuestra fruta. Entonces, los niveles de exportación crecieron lentamente, en tanto que la producción alcanzaba cifras nunca antes vistas. Sobrevinieron crisis de sobreproducción que afectaron particularmente a los pequeños y medianos finqueros, que fueron la base de la primera expansión del banano. Además de esto, la difusión de plagas y el agotamiento del suelo tropical afectaron a los productores menos capitalizados, que no pudieron reaccionar ante la crisis. Resultado de tal proceso fue el surgimiento de la gran plantación como eje de la producción bananera y la quiebra de los pequeños productores.

Al finalizar los sesenta, la exportación bananera conservó aún la hegemonía dentro de la economía ecuatoriana, no obstante había bajado significativamente su importancia . Empero, a inicios de los setenta, bajo el mismo modelo primario exportador, el petróleo ocuparía el lugar del "oro verde".

Vamos a industrializar el País: Los importantes ingresos fiscales provenientes de la tributación por exportación bananera fueron canalizados para apuntalar proyectos viales de gran envergadura y para afianzar un nuevo modelo de desarrollo cuyo eje debía ser la industrialización.

Hasta estos años la economía ecuatoriana había funcionado con un modelo de producción y exportación de materias primas y de importación de manufacturas, maquinaria y tecnología. Salvo contados y fugaces casos en nuestra historia económica, las exportaciones habían superado a las importaciones; la regla más bien había sido el permanente déficit comercial y la fuga indiscriminada de nuestros limitados recursos naturales y monetarios. En fin, el modelo aplicado desde la fundación de la República reducía al país a una fuerte y peligrosa dependencia del mercado mundial, de los vaivenes del comercio internacional, cuestión que había retrasado su desarrollo y agudizado su situación de pobreza.

Desde los cincuenta, por incidencia de la CEPAL ­ Comisión Económica para América Latina -, organismo de las Naciones Unidas, se empezó a pensar en posibilidades de desarrollo y crecimiento independiente para la región. La CEPAL planteó que el camino para nuestro país, como para el resto de países de América Latina, llamados de la "periferia", era, en una primera etapa, impulsar un proceso industrial "sustitutivo de importaciones", para lo cual había que obligadamente desarrollar un mercado interno.

Par la aplicación de este nuevo modelo, el Estado debía tener un rol protagónico. De esta manera, ya desde 1948, el gobierno ecuatoriano decidió aplicar el esquema de desarrollo vía industrialización. Así las autoridades del Estado encontraron el mejor respaldo técnico en el Banco Central, institución que aportó con varios de sus técnicos, como José Corsino Cárdenas y Germánico Salgado, para que integraran las misiones de la CEPAL. El Banco Central, en primer instancia, se dedicó a investigar la realidad económica y social del Ecuador . Gracias a esto, el Ecuador contó por vez primera con estudios serios sobre su economía y con series estadísticas confiables, basadas en varios censos nacionales.

5. CONTEXTO FILOSÓFICO

5.1. Construcción del sujeto histórico – Carlos Paladines

"A lo largo de un complejo proceso, se reconoce a un nuevo Sujeto Histórico como realidad insoslayable para la construcción futura del país en su totalidad. El nuevo Sujeto histórico ha forzado a abrir las puertas y los canales de "reconocimiento" y "participación" sin parangón con expe­riencias pasadas, al menos en el Ecuador.

Hoy el indígena, en la gran batalla por su reconocimiento despliega su presencia y actividad en mil frentes. Sólo el programa nacional ‘500 años de resistencia india’ dio pie a un sinnúmero de debates en radio, prensa y televisión; ha impulsado pro­yectos de promoción, capacitación y difusión de la problemática indígena; ha desarrollado programas de estudio e investigación científica, y ha coadyuvado en definitiva al "rescate" de la memoria indígena a través de publicaciones, seminarios y encuentros de carácter local, regional, nacio­nal e incluso internacional.

Aspecto también importante en la constitución del nuevo Sujeto Históri­co fue el desarrollo de su auto-conciencia y autovaloración.

La riqueza de la descripción hegeliana de la conciencia, particularmente de la figura del Amo y el Esclavo, al igual que el mito de Calibán que reformulara el cubano Roberto Fernández Retamar, ilumi­nan la faceta tanto individual como histórica y social de unos de los ni­veles más profundos del desarrollo de la persona humana, aquel por el cual el hombre, en este caso el indígena, se va constituyendo en Sujeto, transforma al en sí en para sí, a pesar de los obstáculos que se levantan para impedir la autoafirmación de sí mismo como valioso y como actor de su propio hacerse y gestarse. "

5.2. El Indígena como valioso – Carlos Paladines

El reconocimiento del mundo indígena como valioso de parte de la ‘comunidad nacional’ se orientó, en un primer momento, a desarticular o desmontar la visión de inferioridad y de desprecio del indígena formulada por los ‘señores de la tierra y la intelectualidad’, que los miraban como un grupo social minusválido dadas las múltiples carencias de que daban muestras y el bajo nivel de ‘educación’ y ‘cultura’ que a su criterio les caracterizaba, marcas estas con que al mismo tiempo que se los desvalorizaba se facilitaba su exclusión y dominación.

Con este primer enfrentamiento JA y con él la elite intelectual liberal radical y amplios sectores de clase media ligados al mundo de la cultura iniciaron la tarea de des-construcción y crítica de la cosmovisión conservadora, de ancestrales formas de concebir el mundo indígena, algunas de ellas cargadas de prejuicios y hasta de racismo, paso necesario de desmontar para acceder al reconocimiento y la revaloración de su mundo.

No se va a dibujar un panorama general sobre los detalles de este rescate historiográfico que por su riqueza excedería los propósitos de estas páginas, simplemente se señalará algunas de las medidas que con sorprendente valentía e imaginación desplegó JA para cimentar el reconocimiento y valoración de lo indígena al interior de la narración histórica.

Primera: la visión tradicional de la historia había “olvidado” que la conquista produjo un genocidio demográfico, cultural, político, religioso y económico que sumió a los indígenas en una situación de desventaja, sin parangón en la historia de Occidente y de la cual no han llegado a reponerse aún estos pueblos.

Segunda: la visión tradicional de la historia también había ‘olvidado’ los valores que encerraba la Historia del Reino de Quito de Juan de Velasco, "uno de los libros, a decir de Arturo Roig, más actuales que hayan sido producidos por la inteligencia latinoamericana".

Tercera: También se había ‘olvidado’ que Juan de Velasco no solo produjo materiales importan­tes para el proceso de autoreconocimiento y valoración de la Audien­cia de Quito; rol importante jugó en la construcción de un discurso reivin­dicatorio de América y de los americanos, a través de la crítica a las versiones denigrativas de América. Juan de Velasco consideró a tales ‘doctrinas’ expresamente como ‘calumnias’, parte de la ‘leyenda negra de América’ y frente a ellas se sintió impulsado a desvirtuarlas.

Cuarta: En esta amplia perspectiva de defensa de nuestra realidad multinacional y pluricultural, también cabe destacar la posición o compromiso político de nuestro autor en contra de los principales beneficiarios de la esclavitud de los indígenas.

Este nuevo punto de arranque condujo a la revaloración de las diferencias culturales, históricas y étnicas, mas no raciales, y a la búsqueda de su asimilación pero a través de una ‘Unidad’ construida en base a las ‘Diferencias’, de una unidad levantada en el marco del respeto y valoración de lo multinacional y pluricultural. En la visión tradicional, contra la que reaccionó JA, la unidad era de naturaleza ‘indiferenciada’, homogenizadora y se ejercía por ende a través de la imposición o hegemonía étnica y cultural, como también política y económica, de un solo grupo sobre otros, a quienes además se enseñaba y educaba en una cosmovisión e interpretación que les excluía al mismo tiempo que les llamaba a la integración. Para entrar al círculo de los escogidos había que abandonar el idioma, las costumbres, la educación, la religión y más aspectos de su específica cultura indígena (unidad excluyente).


5.3. Aspectos de la Filosofía del Indio – Leonidas Proaño

"Debo agradecer por el privilegio que se me ha concedido al otorgarme el título de Doctor Honoris Causa de esta distinguida Universidad de Saarland. Quiero hacerlo, no en cumplimiento de un mero formalismo, sino de corazón. Quiero hacerlo, no porque yo me considere merecedor de un título semejante, sino porque en este acto, descubro la bondad, la generosidad, el espíritu de estímulo de los conductores y estudiantes, y, creo yo, de los hermanos alemanes. Quiero hacerlo, reconociendo con sencillez, que cuanto he vivido, y aprendido no ha sido extraído de las aulas universitarias de mi país o de algún otro país del mundo, sino de la cantera del pueblo, porque mi universidad ha sido el pueblo y mis mejores maestros han sido los pobres en general, y particularmente los indígenas del Ecuador y de América Latina, considerados en Puebla como “los más pobres entre los pobres”…

La situación de los indígenas, desde todo punto de vista era deplorable. Los indígenas estaban hundidos en la miseria total: económicamente desposeídos de sus tierras y explotados; socialmente marginados y despreciados; culturalmente reducidos a la ignorancia y al analfabetismo; políticamente considerados como cero a la izquierda, puesto que, por analfabetos, no tenían derecho a dar su voto para elegir mandatarios o legisladores. Desde el punto de vista psicológico, eran víctimas de múltiples y destructivos complejos, tales como la ignorancia, el miedo, la desconfianza, la fatalidad, el fatalismo…

Nos aproximamos al año de 1992, en el que se cumplirá el quinto centenario del llamado descubrimiento de América, y de la primera evangelización de sus habitantes, los indios. A estas altura de la historia, los indios de la provincia de Chimborazo (Diócesis de Riobamba), los indios del Ecuador (más de tres millones), han comenzado a abrir los ojos, han comenzado a ver, han comenzado a desatar su lengua, han comenzado a recuperar su palabra, han comenzado a decirla con valentía; han comenzado a ponerse de pie, han comenzado a caminar, han comenzado a organizarse y a realizar acciones que pueden convertirse en acciones de trascendental importancia para ellos, para los países de América, para muchos países del mundo….

En definitiva, el hombre se alimenta de las tierra, de las sustancias que componen la tierra, de la misma manera como el niño se alimenta de la leche de su madre. Existiendo un relación vital tan estrecha, ¿cómo ha podido el hombre olvidar que es tierra? El hombre indio no lo ha olvidado. Recogiendo su pensamiento el Documento de Bogotá antes citado dice: “.. no son ellos los que poseen la tierra sino que es la tierra la que posee a ellos, más aún, los indígenas son la tierra”.

Es cierto que de esta manera de pensar está en abierta contradicción con el pensamiento de la cultura occidental economicista y dominante. Es cierto que muchísima gente puede opinar que de esta manera de pensar acerca de la tierra es primitiva, anticuada y contraria al ímpetu irresistible del progreso, que anima al hombre moderno. Sin embargo, creo que estamos en la última hora que nos permite todavía detenernos a reflexionar para examinar si lo que llamamos progreso no es una carrera loca hacia la destrucción y la muerte, y si no estamos obligados también en este caso, a volver a las fuentes para redimir la vida.

La visión armónica que tiene la creación del pueblo indígena, su respeto a la naturaleza y su cuidado de las reservas, pueden educar la conciencia ecologista de los hombres de Europa y de otras partes del mundo, y contribuir a que se haga un alto a la explotación destructora de los recursos naturales.

… Tanto el genocidio como el etnocidio son crímenes abominables. ¿Es justo comprar el progreso económico conduciendo a la muerte, a costa de la destrucción de la vida de seres humanos y de pueblos que tienen “un especial derecho adquirido a lo largo de generaciones” a un “espacio vital” que sea base, no sólo para su supervivencia, sino también para la preservación de su identidad como grupo humano, como verdadero pueblo y nación? (Juan Pablo II, Discurso a los indígenas de la Amazonía, en Manaos, Brasil, el 10 de julio de 1981)."

6. EL INDIANISMO

6.1. Discurso indianista

En el siglo XIX el pensamiento europeo lle­ga con Marx a su más alta expresión. El marxismo llegó al mundo como la esperanza cierta para, la liberación del hombre. Cien años de marxismo ¿y qué?. Un fracaso. La ex-URSS gra­cias a sus Bombas Atómicas se han convertido en un aliado del imperio. Ahora la humanidad gime de miedo bajo el terror capitalista. La tiranía del mercado se yergue hoy con mayor brutalidad, su racismo y su egoísmo, muestran el fondo perverso de su naturaleza humana, y hacen de la devota "fiera blanca que habla ingles", al gamonal mundial que quiere vigilar a sus esclavos enajenados bailando al compás de sus caprichos.

En medio del resplandor tétrico de estas sociedades mercantilistas neoliberales y globalizadoras, colonizadoras y depredadoras innatas, florece el INDIANISMO como la providencia natural. El INDIANISMO, religión y filosofía cósmica, toma al hombre como "parte indesligable del cosmos", al mismo tiempo que la lucha contra la segregación centenaria nos dota de una lúcida conciencia de libertad. El hombre, materia y espíritu actuando llega a su plenitud dentro la armonía cósmica. Su sentimiento de solidaridad va más allá de su ser; porque cree y se siente "hermano de la estrella de la más lejana galaxia''.

El INDIANISMO, anuncia a la humanidad esta nueva: "tu prójimo eres tu mismo” Es como si vieras tu misma imagen ante un espejo... El INDIANISMO es la más alta expresión del pensamiento humano de todos los tiempos.

El "ama llulla, ama súa, ama khella" es la ley más sabia que ha salido de la conciencia del hombre. Ninguna civilización ha llegado a tamaña cumbre en la práctica de "su" moral social. Muy posible que ha debido pensarse y hasta sentirse en otras épocas y en otros lugares cosa semejante; pero lo insólito y sui géneris, es que aquí no sólo que se piensa y se siente sino que SE VIVIÓ Y SE VIVE. ¡He ahí la estupenda diferencia y el heroísmo sublime del hombre del Ande!

La fuerza ideológica del INDIANISMO es incontrastable, Todas las corrientes ideológicas están en su ocaso, es “El fin de las ideologias” diría Fukuyama; en tanto que él INDIANISMO es el clamor del alba. Y la juventud que deambula en busca de trabajo, que colma las escuelas, las normales, los cuarteles de las FF.AA., es la sangre y el espíritu placentario del INDIANISMO. Frente a esta realidad, por ley de mayoría el indianismo se propone convertir la conciencia extranjerizada de Bolivia en vigor bolivianizado originario. Es pues necesario, adecuar a los empresarios, profesores, jueces, generales, administradores; a la par que despertar e iluminar el cerebro y la conciencia de las juventudes, con la VERDAD y la LIBERTAD, para edificar la Comunidad Amaútica que velará por la vida, evocando lo que somos: “Conciencia del Cosmos”.

Los pobladores abstraídos, al fin, producto de la contradicción de sus clases sociales de origen, llevan en su cerebro ideologías diversas y las rodillas encallecidas.

El terno “armandi”, el sable y el evangelio en Bolivia son los grandes partidos políticos, que apoderándose de las doctrinas más avanzadas de nuestro tiempo, remachan las cadenas de la neocolonización y no hacen mas que cuidar con celo de avaro, la parte de Poder que detentan. Astutos estadistas, castrenses y clérigos, aferrados al cuoteo, a las juntas y al negocio del diezmo, enfática y públicamente se reúnen en congresos políticos; discuten ideologías, tácticas y estrategias para no soltar el Poder. Todo su esfuerzo lo vuel­can en mantener las disposiciones engalanadas para asimilar al ser autóctono a una sociedad insípida, diseñada para aprovecharse de nuestro trabajo y apoderarse de nuestras tierras.

6.2 CISA - Consejo Indio de Sud América

Declaración de Chukuyto: Las organizaciones de los Pueblos del Tawantinsuyo reunidas en la VII Asamblea Ordinaria del CONSEJO INDIO DE SUDAMERICA, realizada en la ciudad de Chukuito, capital milenaria de los LUPAJAKIS, del 19 al 21 de junio del año 2001 del calendario gregoriano, declaramos:

En el mundo habían dos campos políticos, el socialista y el capitalista. Con la desintegración de la URSS se ha cambiado el eje de lucha, ahora se confrontan el hemisferio norte contra el sur. La mundialización del neoliberalismo ha provocado que las transnacionales finacieras y religiosas monoteistas tengan más poder que los estados, expandiendo el hambre, la miseria, la destrucción de la naturaleza y borrando la identidad de los pueblos Indigenas al pretender uniformizarlos.

Durante estos cinco siglos los pueblos indios hemos estado en permanente proceso de reconstitución y en las últimas décadas vamos saliendo de la clandestinidad y hacemos noticia, aunque todavía no siempre con una orientación propia.

Son 20 años que el CISA existe, resiste y persiste con la filosofía indianista. En este periodo el CISA ha ido consolídando la presencia ideológica del pensamiento indio en diferentes lugares del continente "americano" y también en las Naciones Unidas y se ha ido convirtiendo en la expresión política genuina de los pueblos indígenas.

Frente a la acción destructiva de la mundialización neoliberal la juventud y los pueblos del mundo reaccionan buscando nuevos caminos de solución. Ante este panorama desolador, el CISA propone a la humanidad aquello que nos ha permitido a los pueblos del Tawantinsuyo resistir 500 años de genocidio, esclavitud y colonialismo.

Nuestra alternativa de vida diferente a la occidental, está basada en la JUSTICIA, base del AYLLU, y en la convivencia armónica entre el humano y la naturaleza. No es un proyecto a probarse, es la realidad experimentada en miles de años. CHUKUYTO, PERU 19 de junio de 2001.

El CISA existe y resiste: En la Isla Taquile, del lago Titikaka, donde se siente el espíritu del Mallku Qhapaq y Mama Ajlla, convertido en la brisa lacustre a 3.800 m. sobre el nivel del mar, en cuyo espejo lacustre se retratan los Achachilas tutelares de la Nación Aymara. Al cabo de 18 años del I Congreso de Movimientos Indios de Sud América, efectuado en Ollantaytambo (Qhusqu, marzo de 1980), donde se creo el Consejo Indio de Sud América (CISA). En el tiempo transcurrido, el CISA, existe y resiste en defensa de los derechos y libertades fundamentales de los Pueblos Indios y en el seno de las Naciones Unidas (Ginebra-Suiza, Nueva York-USA y Viena-Austria).

Nosotros, en este paraje ancestral nos hemos concentrado en una ASAMBLEA ESTATUTARIA, entre los días 30, 31 de enero y 1o de febrero 1998, y conforme a las necesidades institucionales de nuestro tiempo, hemos examinado el primer ESTATUTO ORGANICO. La mencionada Asamblea, en cumplimiento de los PRINCIPIOS IDEOLOGICOS dados en Ollantaytambo, ha revisado este cuerpo legal que consta de once capítulos y cuarenta artículos, que sustentan el mismo espíritu indianista de Ollantaytambo y que a partir de la fecha regirán los destinos del CISA. Tales principios, para considerar su valor permanente transcribimos líneas abajo. Isla Taquile (Perú), 1o de febrero de 1998.

Ideología y Filosofía indianista, dada en Ollantaytambo, l980. Considerando: Que el pensamiento cósmico de la vida y del mundo que nos rodea, es la base sustantiva para comprender la IDEOLOGIA INDIANISTA, la cual significa: orden en constante movimiento y la armónica sucesión de opuestos que se complementan;

Que, la IDEOLOGIA INDIANISTA como el pensamiento del mismo Indio, de la naturaleza y del universo, es la búsqueda, el reencuentro y la identificación con nuestro glorioso pasado, como base para tomar en nuestras manos la decisión del destino de los pueblos indios;

Que, el INDIANISMO se nutre en la concepción colectivista y comunitarista de nuestra civilización tawantinsuyana, basada en la filosofía del bienestar social igualitario;

Que la concepción científica india, define al hombre como parte integrante del cosmos y como factor de equilibrio entre la naturaleza y el universo, ya que de ello depende el desarrollo de su vida creadora en la tierra;

Por tanto, nos definimos:

1.- Los PUEBLOS INDIOS de este continente nos llamamos INDIOS, porque con este nombre nos han sojuzgado por 5 siglos y con este nombre definitivamente hemos de liberarnos. SER INDIO ES NUESTRO ORGULLO. EL INDIANISMO propugna al indio como el autor y protagonista de su propio destino, por eso es nuestra bandera de lucha y una consigna de liberación humana.

2.- Los PUEBLOS INDIOS somos descendientes de los primeros pobladores de este continente; tenemos una historia común, una personalidad étnica propia, una concepción cósmica de la vida y como herederos de una cultura milenaria, al cabo de más de 500 años de separación, estamos nuevamente unidos para vanguardizar nuestra propia liberación del colonialismo occidental.

3.- Reafirmamos el INDIANISMO como la categoría central de nuestra Ideología, porque su filosofía vitalista propugna la autodeterminación, la autonomía y la autogestión socio - económico - político -cultural de nuestros pueblos y porque es la única alternativa de vida para el mundo actual.

4.- Rechazamos el INDIGENISMO porque corresponde a la ideología de la opresión y el parternalismo, ya que desde su mismo origen ha servido a los intereses racistas de los Estados (gobernantes), de las Misiones (sectas religiosas) y de la Antropología (Ciencias Sociales).

5.- Reivindicamos el COLECTIVISMO Y COMUNITARISMO, pauta de conducta diaria de nuestros antepasados, traducida en el ayni, la mink'a, el camayaji, el yanapacu y otras formas colectivistas que se practicaron en todo el continente, avaladas por la alta moral justiciera del "ama suwa, ama llulla y ama qhilla"; la cual es completamente diferente y anterior al Capitalismo y al Socialismo del Occidente.

6.- Rechazamos las CORRIENTES POLITICAS ajenas a nuestros intereses, porque no propugna nuestra liberación.

LA DERECHA en sus diversos matices, es opresora del Indio y la IZQUIERDA en sus variadas facciones, divide a nuestros pueblos en clases sociales antagónicas. Ambas son criaturas de la misma casta dominante que odia al INDIO.

7.- Repudiamos el RACISMO por sustentar una teoría no demostrada de la superioridad biológica permanente de una raza humana sobre otras, pretexto que han utilizado y utilizan los euroespañoles invasores y sus descendientes para exterminar físicamente a nuestros pueblos, y NO SOMOS RACISTAS porque nunca hemos pretendido ser SUPERIOR ni hemos aceptado ser INFERIOR a ningún otro pueblo de la tierra.

Y puestos de pie, por la memoria de nuestros mártires indios, PROMETEMOS restaurar nuestras ciudades de piedra (Tiwanaku,Tunupa,Samaypata) y retomar nuestro destino político, reinvidicar nuestra personalidad histórica, revalorar nuestra cultura milenaria, proclamando nuestro orgullo de ser PUEBLO INDIO.

6.3 El Etnodesarrollo

En vez de un indigenismo que pretende "salvar al indio de sí mismo", Bonfil (1982) propuso el proceso de etnodesarrollo como alternativa a la integración y al desarrollismo.

Las organizaciones indígenas han ido asumiendo decididamente reivindicaciones de autonomía y autodeterminación y la diversidad cultural ha empezado a ser reconocida como riqueza por los estados y sociedades, de manera que el indigenismo etnocentrista ha cedido campo al pluricentrismo y el reconocimiento de la diversidad, aunque es una lucha viva del siglo XXI.

7. RECONOCIMIENTOS DE LAS NACIONES UNIDAS

Histórico reconocimiento de las Naciones Unidas a los aborígenes (Septiembre del 2007): La Declaración de los Derechos de los Pueblos Indígenas fue apoyada por 143 países y rechazada por cuatro, entre ellos Estados Unidos. Establece derechos a la tierra y a su identidad cultural.

Luego de veintidós años de negativa de los países desarrollados, la Organización de Naciones Unidas (ONU) aprobó la Declaración de los Derechos de los Pueblos Indígenas, equiparada a la Declaración Universal de los Derechos Humanos, pero específica para poblaciones originarias. La medida, señalada como histórica, involucra a 370 millones de personas en todo el mundo. Hace hincapié en los derechos colectivos, la identidad, el territorio y la autonomía de los pueblos. El texto final tuvo el apoyo de 143 países, en tanto que cuatro votaron en contra (Estados Unidos, Canadá, Australia y Nueva Zelanda) y once se abstuvieron. El presidente de Bolivia, Evo Morales, festejó la sanción y, en Argentina –donde la población originaria ronda el millón y medio de personas–, las organizaciones aborígenes le dieron la bienvenida aunque advirtieron que la declaración sólo será aplicada “si existen comunidades organizadas que luchen por esos derechos”.

La Declaración, aprobada el miércoles a última hora, tiene 46 artículos, gran parte de ellos dedicados a los derechos de los pueblos indígenas sobre las tierras que ocupan, los bienes naturales que poseen, la preservación del medio ambiente, la autonomía y la promoción de la plena y efectiva participación indígena en todos los asuntos que les conciernen. Además, trata sobre los derechos individuales y colectivos, cultura, identidad, educación, salud, empleo e idioma, entre otros.

“Estas normas permitirán hacer respetar nuestros derechos y los de todos los pueblos”, festejó Evo Morales, el primer presidente indígena de América latina.

En Argentina, el Movimiento Nacional Campesino Indígena (MNCI), integrado por 15.000 familias organizadas de siete provincias, fue más prudente: “Creemos que nos da un nuevo paraguas judicial para defendernos, pero la forma de validar nuestros derechos seguirá siendo la organización de las comunidades y la lucha diaria”.

Gustavo Macayo, abogado de comunidades originarias de Chubut, afirmó en el mismo sentido que “un tratado internacional siempre es un avance, ordena al Estado Nacional a adecuarse, pero también es cierto que muchas veces se cuenta con leyes y el Poder Judicial no las aplica y el poder político las viola”. Mauro Millán, de la organización mapuche-tehuelche 11 de Octubre, recordó que existen convenios internacionales (como el 169 de la OIT) de avanzada y que no son aplicados por la Justicia de Argentina. “Los tratados internacionales suelen ser instancias meramente declarativas que suelen ser omitidas por los jueces. Y en eso tiene mucho que ver la política de derechos humanos de los gobiernos, donde el tema indígena está ausente.”

Estados Unidos, Australia, Canadá y Nueva Zelanda –los cuatro países que votaron en contra– tienen una numerosa población indígena y fueron denunciadas reiteradamente ante la ONU por el trato indigno que dan a sus pueblos ancestrales. La férrea oposición a la Declaración estuvo motivada por la resistencia a varios artículos, sobre todo los que refieren a la libre determinación, los derechos a territorios y recursos, la obligación de contar con consentimiento y participación indígena en los asuntos que los involucren, y el reconocimiento del derecho a sus costumbres. En todas estas particularidades, la Declaración fue considerada un paso superador a la legislación nacional de esos cuatro países.

En Argentina, recién con la reforma de 1994, la Constitución reconoció los derechos indígenas: en su Artículo 75 inciso 17 se reconoce la preexistencia étnica y cultural de estos pueblos, se garantiza el respeto a su identidad y el derecho a una educación bilingüe e intercultural, se reconoce la posesión y propiedad comunitarias de las tierras que tradicionalmente ocupan y se asegura la participación en la gestión referida a sus recursos naturales y a los intereses que los afecten, entre otros derechos. La Constitución de 1853, en su Artículo 67, inciso 15, discriminaba específica y explícitamente a los pobladores ancestrales: “Corresponde al Congreso proveer a la seguridad de las fronteras, conservar el trato pacífico con los indios y promover la conversión de ellos al catolicismo”.

8. CONCLUSIONES

Según PJA, “El indio ecuatoriano” despertó juntamente con el “realismo social” una sensibilidad para la acción desde las leyes, tales como la creación de una ley de indios o ley agraria.

Podemos afirmar también que PJA fue un investigador que visualizó la realidad desde afuera, es decir: “un blanco o mestizo para lectores blancos o mestizos”, sin inmiscuirse en el pensamiento mismo del indio.

En efecto, lo que impulsó a hacerlo fue su sensibilidad social como se puede apreciar del siguiente texto del Indio Ecuatoriano: “ … y el mantenimiento del concertaje de indios en América solo indica un feudalismo uranio, sin caballerosidad, sin nobleza”, concluyendo: “nobleza obliga”, es decir se sentía moralmente obligado. Esto nos pone a pensar que haciendo de lado sus “buenas intenciones”, jamás buscó el pensamiento objetivo del indio, pues de hecho no encontramos referencia a ello en su libro.

Para PJA el indio no actúa sino que reacciona motivado por su resentimiento de su historia de cientos años, generando una entropía negativa, incluso hacia el trabajo agrícola. Esto en efecto, propició la aparición de un socialismo práctico que devino en una ley agraria.

PJA no aportó en el “orgullo del indio por el indio”, sino que tomando las ideas de Carlos Paladines, observa un indio lleno de resentimiento, ahogado por sus penas. Por ello, qué ve una persona que se asume mestiza o blanca frente a este cuadro dibujado por PJA y posteriormente por escritores y pintores reconocidos?. Nos contestamos: sólo compasión y lástima.

Peor aún, como se observa el indio frente a este mismo cuadro?. Nos contestamos también que éste lo ignoraría y lo rechazaría; pues como se indicó anteriormente, no aportó al fortalecimiento de su conciencia del indio para el indio.

Si bien PJA aborda y toma ideas socialistas, alienta a lo largo de su trabajo prácticas de legalidad o movimientos no violentos, es decir, contrario a lo que en esos momentos vivía el mundo: la revolución comunista en la Unión Soviética.

Ubicamos también la postura de Leonidas Proaño en este trabajo, por cuanto a diferencia de PJA el primero participó y vivió con los indios, buscó su pensamiento, lo levantó y realzó.

Con respecto al discurso indianista en general, podemos decir que es muy emotivo y que pese a cualquier crítica que se le pueda hacer, se puede afirmar que es un levantar de la conciencia del indio. Es el mismo indio que se levanta con su propio pensamineto. No obstante, al mismo tiempo, evidencia la creación de un nuevo dogma, una nueva verdad, una nueva utopía, sobre la cual nos preguntamos si se sacrificarán las generaciones por venir en busca de este nuevo sueño (irónicamente es un volver). Vemos como punto negativo que el Indianismo es excluyente, es decir, es racista, ya que nadie puede participar de él sin ser un indio.

Por último, el gran aporte del pensamiento del indio, es su carácter ecológico a la humanidad, pues su pensamiento respecto a la conservación del ambiente, es vital en el devenir del hombre, es por ello también que podemos calificarlo como la conciencia del hombre en tomar solamente lo que necesita.

BIBLIOGRAFÍA
· http://www.willka.net/Documentos-filer/(XIX).htm
· (Partes del Discurso de Monseñor Leonidas Proaño con oportunidad de la entrega del Doctorado en Filosofía Honoris Causa, por parte de la Universidad de Saarland, Alemania Federal, en 1988)
· Jaramillo Alvarado, Pio, La Presidencia de Quito, El Comercio, 1938, Tomo I y Tomo II
· Jaramillo Alvarado, Pio, Historia de Loja y su Provincia, Honorable Consejo Provincial de Loja 1982, Segunda Edición
· Jaramillo Alvarado, Pio, Los Profetas de Gorivar, Casa de Cultura Ecuatoriana, 1950
· Grupo América, Homenaje al Dr. Pío Jaramillo Alvarado, Publicaciones del Grupo América, 1965
· Subsecretaría de Cultura, Dirección Provincial de Educación, Departamento de Cultura de Loja, Visión Actual de Pio Jaramillo Alvarado, Fundación Friederich Naumann, 1988
· Banco Central del Ecuador, Varios Autores, Pensamiento Indigenista del Ecuador, Corporación Editora Nacional, 1988
· Banco Central del Ecuador, Peralta José, Pensamiento Filosófico y Político, Corporación Editora Nacional, sin año.
· Ayala Mora, Enrique, Resumen de Historia del Ecuador
· Tomado de "Historia de Nuestra Cultura", David Andrade Aguirre,
· Luis Alberto Luna Tobar, Monseñor Leonidad Proaño, Pensamiento Fundamental, Corporación Editora Nacional, primera edición 2006.
· Kim Clark, La medida de la diferencia: las imágenes indigenista de los indios serranos en el Ecuador (1920 a 1940).
· Carlos Paladines, Pio Jaramillo Alvarado, La defensa de la condición humana de los indígenas en las primeras décadas del siglo XX, Agosto del 2006.
· Carlos Paladines, Discurso indígena y discurso de ruptura.
· http://www.dlh.lahora.como.ec/paginas/historia/historia10.htm
· http://www.pagina12.com.ar/diario/sociedad/3-91399-2007-09-15.html

lunes, 16 de febrero de 2009

ACTOS POLÍTICOS

Por Yolanda Vega
29 de Junio 2007
A lo largo de este semestre hemos estudiado nueve autores y sus elaboraciones teóricas sobre filosofía política. Partimos de Platón para quien hay una muy profunda implicación entre política y ética, de manera que los dos son conceptos inseparables. En Platón, el sentido de la política es la búsqueda del bien supremo para mantener el desarrollo de la sabiduría, que es en último término la felicidad. Bien y felicidad que remiten a la metafísica, a algo más allá de las apariencias humanas. El mejor gobernante sería el filósofo. Platón defiende la aristocracia, el gobierno de los mejores como forma óptima de gobierno en lugar de la timocracia, la oligarquía, la democracia y la tiranía. Plantea que todas las formas de gobierno se corrompen, y que no existe un modelo ideal de gobierno que haya existido y funcionado. En Aristóteles la finalidad de la política tampoco está separada de la ética elevando aún más que en Platón la noción de justicia como facultad y finalidad tácita en la política. Las formas de gobierno son monarquía, aristocracia, república, que degeneran en tiranía, oligarquía, democracia. Para Aristóteles, al igual que para Platón, la mejor forma de gobierno es la Aristocracia. En los dos autores, política se circunscribe a vida en la polis, la ciudad estado griega. La actividad política no incluye mujeres, niños, esclavos ni extranjeros. De modo que el acto político en los dos es la participación en la polis por parte de aquellos quienes tienen la posibilidad de hacerlo, dada por el hecho de ser hombres, tener sus necesidades materiales cubiertas, haber nacido en esa polis y no ser extranjeros, y tener la cualidad humana del razonamiento y la palabra.

En Maquiavelo se separan política y ética, pensándose la política como estrategias de adquisición y mantenimiento del poder. De modo que política es un campo aparte, con el objetivo único del poder pero ya no con la búsqueda del bien o la felicidad. El acto político en este autor es la habilidad de convencer para obtener y conservar el poder. Luego para Hobbes lo más importante es el orden, la jerarquía monárquica como sistema político que garantice el funcionamiento efectivo de la administración económica priorizada sobre cualquier otra dimensión de lo humano. El estado de guerra, la ley natural, el contrato, el poder absoluto del soberano caracterizan la teoría de Hobbes.

Para Locke (1690) el estado de naturaleza, regido por la racionalidad natural que dicta el natural derecho a la conservación y por lo tanto a la propiedad privada. División de poderes. El aparecimiento del contrato social tiene el sentido de regular la asociación humana con el fin de asegurar el derecho a la propiedad y la seguridad económica.

Para este punto lo humano en el sentido de lo particular, lo propio al ser humano, diferente a lo animal y al instinto gregario animal para el fin máximo de la supervivencia, se ha perdido. En estas concepciones predomina lo práctico, lo funcional y se ve un casi completo desaparecimiento de lo estético, lo imaginativo, la vida interior del sentimiento y la fantasía. El ser humano de Locke es un acumulador de propiedad privada y seguridad económica. Acto político en Locke es el orden, el respeto que conserva el contrato social y la actividad que genera propiedad de cada miembro de la sociedad. El siguiente autor que vimos fue Rousseau en quien se ve un movimiento hacia priorizar la vida subjetiva, interior, romántica, natural y otro hacia la decisión de vivir en comunidad renunciando voluntariamente a una parte de sus beneficios para garantizar el bien común en la vida en sociedad. Hay entonces alguna intención de integrar en la dimensión política algo del carácter afectivo de la ética más allá de la funcionalidad, la eficiencia, la eficacia pragmática del contrato social. El acto político en Rousseau es la creación del contrato social, en la cual todos son activos y cuya consecuencia principal en la Revolución Francesa muestra hasta ahora el cambio en el paradigma de la responsabilidad personal asumida en el gobierno de todos. Tras Rousseau, estudiamos Hanna Arendt, en un salto en el tiempo, de 1789 a 1958 quien diferencia acción política como el único espacio en verdad humano, a diferencia de labor y trabajo. Destaca la diferencia entre mundo privado y mundo público, político. En Arendt el acto político, retomando el sentido original griego, es exclusivamente humano y es el espacio de la política entendida como el espacio de relación con los otros, caracterizado por la posibilidad de discusión, cuestionamiento, reflexión y persuasión en base a la palabra y la acción en profundo contraste con el espacio privado, familiar en el cual la jerarquía impide el cuestionamiento. Entonces estudiamos a Rawls y finalmente a Habermas. Rawls prioriza el procedimiento sobre el contenido. Plantea la teoría de la justicia como equidad y como imparcialidad y para esto el principio de libertad y el de diferencia. La sociedad es, para Rawls, un sistema equitativo de cooperación, en el cual se aplican los términos equitativos y en el cual las personas deben concebirse como libres e iguales. Más que acto político, la mejor solución política para Rawls sería cooperar siguiendo unos criterios de equidad, que todos, como libres e iguales, puedan (y deseen) públicamente refrendar.

El último autor estudiado ha sido Habermas y teoría de la acción comunicativa más allá de la acción instrumental o el estado democrático de derecho en términos de la teoría del discurso. Retomando la vigencia del universalismo de las ideas de la Revolución Francesa, apuesta por la institucionalización de iguales libertades en el estado de consciencia de la acción histórica. Estado caracterizado por “la disponibilidad a la acción y la orientación político-moral hacia el futuro”.[1] El Estado democrático de derecho se convierte en proyecto (el cual, a la vez que resultado, es también un catalizador acelerante) de una racionalización del mundo de la vida que apunta mucho más allá de lo político. Único contenido del proyecto es la institucionalización gradualmente mejorada de procedimientos de formación racional de la voluntad colectiva, los cuales no pueden prejuzgar las metas concretas de quienes se implican en ellos.”[2] Los actos políticos son en este autor, productos de la dinámica cultural de vanguardias formadoras de opinión, desde donde se buscaría entender la soberanía popular como un producto cultural, siempre que estos discursos tengan una participación extensa y activa, “a la vez diseminante y dispersante”, la cual a su vez exige el trasfondo de una cultura política igualitaria.

Decir que cada pensador es producto de su época, de sus características locales culturales, sus circunstancias, su historia y su tiempo, no dice mucho sobre filosofía política. Señalar el momento en el que se diferencia política de ética, implica un deseo de preguntar por el sentido, más allá del funcional, de esta separación. Encontrar las relaciones directas entre el concepto de lo político en Rawls a partir de Locke puede ser un ejercicio interesante. Comparar los diferentes conceptos de política, los cambios implícitos en el concepto de ser humano para cada época y cada planteamiento me parece largo e interminable. Me pregunto, ¿Dónde, en qué momento, se separó la pregunta por el ser de la pregunta por el cómo, ¿Cómo hacer mejor el acto político? ¿Qué sería, además, el acto político?

Como ya se dijo antes, en Platón y Aristóteles, la política es la actividad más importante de los ciudadanos en la polis, actividad que está basada en la palabra, la persuasión, el discurso según Hanna Arendt, para quien la política es la actividad de la relación con los otros, es el espacio de intercambio de ideas, muy diferenciado del mundo familiar o doméstico en el cual la palabra tiene menor importancia y la jerarquía es incuestionable. En el mundo político, precisamente es la posibilidad de cuestionamiento lo más destacable.

Acto en psicoanálisis es una acción consciente, que tras ser analizada, razonada, pesada en sus consecuencias, decidida y llevada a cabo, produce un cambio en el sujeto, en su posición interna y en sus circunstancias externas: “El acto inaugura siempre un corte estructurante que permite a un sujeto reencontrarse, en el “après-coup”, radicalmente transformado, distinto del que había sido antes de este acto.”[3]

Un acto político podría pensarse, desde la teoría psicoanalítica hacia la filosofía política, como un acto que cambia algo en la esfera de lo público y a la vez en la esfera de lo subjetivo.
Tomo de Zizek el concepto de acto propiamente político, quien a su vez lo toma de Rancière para hacer una lectura psicoanalítica que me es alcanzable, e interesante.

Acto político es el acto en el cual la no-parte, la parte que debe ocupar el no- lugar, no ser vista, no participar, no contar en el todo social, pide reconocimiento, se apropia, se responsabiliza y exige o pide ser reconocida como existente. Contemporáneamente se diría que se visibiliza. (Aunque el acto va más allá de lo que se ve, más allá de la imagen y lo imaginario).
“es un fenómeno que apareció por primera vez en la antigua Grecia, cuando los miembros del demos (es decir, las personas que no tenían ningún lugar firmemente determinado en el edificio social jerárquico) exigieron que se los escuchara contra quienes ejercían el poder y el control social.”[4]

De modo que el gesto elemental de politización es “la identificación de la no-parte con el todo, de la parte de la sociedad sin ningún lugar adecuadamente definido en su seno (o que se resiste a ocupar el lugar subordinado que se le asigna) con lo universal, y que es discernible en todos los grandes acontecimientos democráticos, desde la revolución francesa hasta el derrumbe del socialismo real en Europa.”[5]

Esto implica que política se entienda como democracia: como un pedido o una exigencia de reconocimiento de legitimidad, pertenencia e inclusión del demos griego o sus subrogados actuales al todo social, y que lo antidemocrático sea la despolitización, la exclusión, la negación de pertenencia de una parte al todo social, la exigencia de que “las cosas vuelvan a la normalidad y cada uno se dedique a su tarea.”[6]

Entonces, para Zizek, los rasgos fundamentales del acto político están por un lado en la exigencia o pedido de un sector de ser reconocido, admitido, legitimado como parte de un todo social, pedido que visibiliza a una parte antes no vista, no visible que no tiene un lugar o debe tener un no-lugar de participación en el juego que sobre sus circunstancias las otras partes juegan, deciden. Pedido que puede o no significar violencia en su manera. Con su presencia antes ausencia, por otro lado, se desencadena un reacomodo, un ajuste, un cambio en el esquema y el funcionamiento total, lo que produce un trauma, que entendido desde el psicoanálisis, es la presencia, imposible de simbolizar, de un real que provoca precisamente un impacto. Y ante el cual, para Zizek, la filosofía política se presenta como un mecanismo defensivo que busca devolver o recuperar la estabilidad. De modo que el acto político auténtico es la presentificación invasiva, imposible de un núcleo de lo real traumático, potencialmente desestabilizador y por tanto amenazante a la organización dada, que puede acarrear violencia estructural.

Ante este aparecimiento de lo real, los mecanismos de defensa (la filosofía política) utilizados son negación y renegación en cuatro formas:
“1. La arquepolítica: los intentos “comunitarios” tendientes a definir un espacio tradicional cerrado, homogéneo, orgánicamente estructurado, sin ningún vacío que permita la emergencia del acontecimiento-momento político.
2. La parapolítica: el intento de despolitizar la política (de traducirla a la lógica de la policía), se acepta el conflicto político, pero reformulándolo como una competencia, dentro del espacio representacional, entre las partes/agentes reconocidos, que luchan por la ocupación (temporaria) de lugar del poder ejecutivo.
3. La metapolítica marxista (o socialista utópica): el conflicto político se afirma sin reservas, pero como un teatro de sombras en el cual se despliegan acontecimientos, cuyo lugar propio está en “otra escena” (la de los procesos económicos), la meta final de la “verdadera” política es entonces su autocancelación, la transformación de la “administración del pueblo” en la “administración de las cosas”, en le seno del orden de la voluntad colectiva, racional y perfectamente transparente para sí mismo.
4. La cuarta forma, la versión más astuta y radical de la renegación (no mencionada por Rancière) es lo que me siento tentado de denominar ultrapolítica: el intento de despolitizar el conflicto, llevándolo a un extremo por medio de la militarización directa de la política, reformulándolo como la guerra entre “nosotros” y “ellos”, nuestro “enemigo”, sin ninguna base común para el conflicto simbólico; es profundamente sintomático que, en lugar de lucha de clases, la derecha radical hable de guerra de clases (o de los sexos).”[7]
La filosofía política es en este sentido un intento de domesticar, dominar, controlar para poder manejar, la dimensión traumática de lo propiamente político, suspender el potencial desestabilizador de lo político, denegarlo, regularlo o ambas cosas.
De manera que la filosofía política, para Zizek, sería la especie de mecanismo de defensa, frente al auténtico sentido político en sí, que sería la aparición de un núcleo real que tiende a desestabilizar o a destruir para cambiar el orden simbólico precedente. Y de ahí se podría extender a la dimensión normativa de la filosofía política como defensiva. Y a la despolitización, que, sería cada acción dedicada a evitar el conflicto, el antagonismo, y conservar la impresión de quietud, orden y estabilidad del sistema social.

En estos días he asistido a dos diferentes eventos organizados por dos diferentes instituciones el uno sobre la ley de educación sexual y el otro dedicado a la promoción de los derechos humanos de las mujeres. En los dos he escuchado sobre los aspectos legales, psicológicos, éticos, filosóficos, ideológicos de estas intenciones de dar vigencia a los derechos. Sin entrar en más detalles ni pormenores, se me presentan preguntas acerca de las posibilidades y las razones para trasplantar derechos mediante decretos, acuerdos y convenciones que representantes de países firman en un momento dado. Una primera lectura de esto, sería que se reúnen las personas, conversan, dialogan, se comunican, se escuchan y apelando a la razón acuerdan lo que es conveniente y beneficioso para todos los involucrados, directa o indirectamente, presentes y ausentes, en relación a los temas tratados. Pero esta interpretación me parece ingenua, superficial e incompleta. Pienso, ¿Se pueden importar/exportar los derechos? ¿Qué se importa con/en los discursos oficiales? ¿Son trasplantables, comercializables, susceptibles de mercadeo los procesos históricos o sus resultados? ¿Es o fue el contrato social, un exitoso producto mercadeable? De la misma manera que el mercado de los celulares, ¿Hay mercado de ideología?
Buscando aterrizar en el tema de la filosofía política, me planteo ¿si la política, como teoría y como aplicación, y los actos políticos en sí, son mercadeables,[8] susceptibles de ser propuestos y tratados como productos, promocionados, publicitados, puestos un precio, ubicados en plazas para su distribución, y si cuando se agota el stock, se provee al mercado de novedades?


BIBLIOGRAFÍA


Chemama Ronald y Vandermersch Bernard, Diccionario del psicoanálisis, Amorrortu, Buenos Aires, 2004.


Zizek Slavoj, El espinoso sujeto, el centro ausente de la ontología política, Paidós, Buenos Aires, 2001.


Copias de la clase.
[1] Habermas, Facticidad y Validez, p. 593
[2] Idem p. 615
[3] Chemama y Vandermersch, Diccionario del Psicoanálisis, p. 3
[4] Zizek, El espinoso sujeto, p 201 y 202
[5] Ibid.
[6] Ibid.
[7] Ibid. p. 204, 205 y 206.
[8] Comerciables y negociables tiene otro sentido. Mercadeable en ser objeto de mercadotecnia, tratado como un producto más del mercado.


miércoles, 21 de enero de 2009

IDENTIDAD, NACIONALISMO Y LATINOAMERICANISMO

Francisco Morales
2008-06-23



1. INTRODUCCIÓN

La idea de que es necesario, incluso imperativo, conocer y construir una “filosofía latinoamericana” parecería de sentido común. “¿Cómo es posible que leamos a los europeos y no a los nuestros?” es una pregunta cuya sensatez pocos dejarían de calificar como evidente en sí misma. Tendemos a olvidar, no obstante, que el sentido común y lo inmediatamente “evidente” no necesariamente son correctos.

Preguntémonos, en primer lugar, ¿qué es filosofía latinoamericana? Dejando de lado el simple origen geográfico, el término puede entenderse en al menos dos sentidos:

1) Por filosofía latinoamericana podemos referirnos a una posible escuela o una corriente de pensamiento con ciertas características propias de autores nacidos en esta zona del planeta en determinado momento histórico. Se trataría de algo análogo a lo que a veces algunos llaman “filosofía alemana” o “filosofía anglosajona”, para tratar de clasificar estilos de filosofía, aunque vale aclarar que tales calificativos geográficos nunca están exentos de dificultades.

Exista o no semejante “escuela latinoamericana”, el requisito sería que sus estudios trataran sobre problemas filosóficos válidos para todo lugar, en plano de igualdad con el resto de autores. Semejante “escuela” debería participar de una comunidad mundial de pensadores, en la que se debatieran temas de interés universal.

2) Filosofía latinoamericana como sinónimo de “latinoamericanista”. Aquí se trata de la preocupación por la identidad latinoamericana. Este es un tema legítimo de la filosofía, pero podríamos considerarlo más bien de “filosofía aplicada”. La pregunta acerca de la identidad latinoamericana claramente no es de interés universal; aunque el problema de la identidad, en abstracto, sí podría serlo.

El presente ensayo pretende justamente esto último. Realizaremos un análisis sobre el fenómeno de la identidad, con la intención de iluminar en términos teóricos la pregunta sobre la identidad latinoamericana. En primer lugar, haremos una crítica a la aproximación ontológica, que consideramos se encuentra extraviada en una confusión conceptual. Veremos que la identidad no puede entenderse adecuadamente si no nos ayudamos de análisis tanto psicológicos como sociológicos (es lo que elaboraremos en los puntos 3 y 4). Finalmente presentaremos una breve reflexión sobre los problemas éticos que nos plantea el fenómeno de la identidad y específicamente el latinoamericanismo (punto 5).

2. ¿CÓMO ENTENDER LA IDENTIDAD?

La pregunta “¿quiénes somos?” o “¿qué significa ser latinoamericano?” es muy susceptible de jugarnos malas pasadas lingüísticas. El verbo ser nos tienta demasiado a formular respuestas en términos ontológicos, y esto nos puede acercar peligrosamente a una concepción metafísica y esencialista respecto de la identidad latinoamericana.

Una de las propuestas mejor elaboradas sobre este tema, la de Arturo Roig en su Teoría y crítica del pensamiento latinoamericano, toma como punto de partida justamente la pregunta sobre el “nosotros latinoamericano”. De acuerdo con la perspectiva hegeliana que maneja Roig, el “nosotros” tiene que ver con la conciencia de un “sujeto histórico” al que se le plantea ‑­
la necesidad de “querernos a nosotros mismos como valiosos” y “tener como valioso el conocernos a nosotros mismos”. A esto Roig lo llama el “a priori histórico”[1].

La postura de Roig tiene la ventaja de que se aproxima al “nosotros latinoamericano” como un proceso de construcción histórica: “ese ‘nosotros’ hace referencia a un sujeto que si bien posee continuidad histórica, no siempre se ha identificado de igual manera”[2]; con lo cual evita caer en posturas esencialistas. Sin embargo, puesto que desde esta perspectiva resulta que siempre somos latinoamericanos, y que, no obstante, la definición es cambiante y se construye desde perspectivas históricas muy diferentes, entonces no queda realmente claro qué somos y qué no somos.

Hay, pues, más confusión que claridad. Esto nos lleva a preguntarnos si realmente la dialéctica hegeliana nos resulta útil para entender el “nosotros”, o si, más bien, en lugar de esclarecer el problema, lo estamos complicando innecesariamente.

Quizás la pregunta no está bien planteada, o no tenemos muy claro exactamente qué es lo que estamos preguntando. ¿A qué nos referimos cuando nos interrogamos por nuestra identidad?

El primer paso para elucidar esta cuestión consiste en reconocer que cuando preguntamos sobre la identidad latinoamericana, o cualquier otra semejante, no estamos preguntando sobre el sentido lógico de identidad. Ernst Tugendhat nos advierte que el término identidad tiene dos usos diferentes. El primero se refiere a la identidad de un individuo en términos lógicos, por ejemplo, cuando decimos “que la cucaracha que está ahora en esta esquina del cuarto es la misma, que es idéntica con la cucaracha que hace un rato había estado en aquella otra esquina”[3]. Se trata del viejo enigma que se suele formular en los siguientes términos: “¿cómo es posible que, a pesar de que he cambiado, siga siendo yo mismo?”.

Respecto a esta pregunta, Tugendhat considera que el problema se basa en una confusión entre los conceptos de no-identidad y cambio, pues el cambio no significa que una cosa deba morir y dejar de ser ella misma:

Casi todos los que se ven confrontados por primera vez con el concepto de identidad individual creen descubrir un problema que les parece profundo y paradójico […]. También a muchos filósofos importantes esto les parecía una paradoja fatal (o quizás no fatal sino feliz, porque así ponen de manifiesto que el mundo es paradójico), empezando por Heráclito cuando afirmaba: ¿cómo se puede decir que me baño dos veces en el mismo río si las aguas son cada vez diferentes? Nos enfrentamos aquí con otra confusión: entre no-identidad y cambio. El hecho de que algo cambie no significa que algo termine y algo otro empiece; nuestros criterios para cambios son diferentes de los criterios para nacer y morir; en el cambio, una y la misma cosa tiene características diferentes en momentos diferentes. En esto no hay ninguna paradoja. Y tampoco la hay en que seres complejos como ríos, cucarachas y personas formadas por partes puedan seguir siendo las mismas cuando sus partes cambien. Nos podemos bañar en el mismo río a pesar de que las aguas sean otras porque los criterios para la mismidad de un río son diferentes de los criterios para la mismidad de una gota.[4]

En realidad, no es este sentido de identidad al que nos referimos cuando nos preguntamos sobre la identidad latinoamericana. La pregunta se refiere al segundo uso del término: la identidad psicológica. A ésta Tugendhat llama “identidad cualitativa”, distinta a la “identidad individual” a la que nos referimos antes. Y la diferencia entre ambas es crucial:

Cuando cada uno de nosotros se pregunta “´¿qué es mi identidad?”, no se refiere a su identidad individual, porque esta es obvia y ya está definida: yo soy E.T., que nació en aquella ciudad de Checoslovaquia y que ha recorrido todo este camino biográfico ‑­
individual. Esto es un hecho, pero mi identidad cualitativa no es un hecho o, por lo menos, no totalmente...[5]

Así, nos dice Tugendhat, la pregunta por la identidad se refiere en realidad no tanto a “¿quién soy?”, sino más bien a “¿quién quiero ser?”. Acertadamente, Tugendhat afirma que la mezcla entre estos dos conceptos de identidad “ha confundido casi toda la literatura sobre el concepto de identidad personal”[6]. De esta confusión surge precisamente el intento de resolver el “problema de la identidad” a partir de la necesidad de “reconocer” lo que somos, o de afirmarnos como seres “para sí”, según la jerga hegeliana. Esto es simple confusión lingüística.

Para el caso de la identidad latinoamericana, deberíamos diferenciar entre el hecho histórico latinoamericano (“¿qué es lo latinoamericano?”) y el fenómeno de la identidad latinoamericana (“¿por qué quiero ser latinoamericano?”). El primero es una cuestión que puede abordarse con pretensión de objetividad: una vez definida de manera conceptual la delimitación geográfica e histórica de lo que consideramos “latinoamericano”, podemos describir los procesos propios de esta zona, así como las diferencias que existen al interior; incluso podríamos elaborar características propias de una “cultura latinoamericana” (que esto último exista en la realidad o no —opinamos que no— ya es otro asunto). El fenómeno de la identidad se refiere a algo muy distinto: es un proceso psicológico que consiste en el deseo de considerarse parte de un colectivo al que llamamos “latinoamericano”, y ese deseo requiere que esa pertenencia se considere valiosa.

Ambas cuestiones, tanto la lógica como la psicológica, son perfectamente legítimas; el problema es confundir discursos con pretensión de objetividad con discursos valorativos detrás de los cuales se encuentran deseos psicológicos. La pregunta “¿qué es lo latinoamericano?” es muy distinta a la pregunta “¿por qué es bueno considerarse latinoamericano?”

Nuestra tesis es, pues, que la filosofía latinoamericanista está motivada por un proceso psicológico de fondo, al que llamamos identidad. Esta filosofía no puede dejar de interesarse en comprender este fenómeno en términos propiamente psicológicos. Este es el verdadero “a priori antropológico” de todo discurso sobre el “nosotros” latinoamericano.

3. EL ORIGEN PSICOLÓGICO DE LA IDENTIDAD
Los primeros intentos sistemáticos de estudiar la identidad como fenómeno psicológico se encuentran en los trabajos de Erik Erikson. A pesar de que Erikson no siempre es del todo claro en sus definiciones, encontramos en sus propuestas algunos elementos importantes para la definición del concepto de identidad y para la comprensión del fenómeno.

La identidad como tal no ha sido abordada por la teoría freudiana. No obstante, Erikson toma como punto de partida un discurso de Freud en el que habla de su identificación con el pueblo judío. En este discurso, Freud expresa que, a pesar de no ser religioso y de tratar de suprimir el entusiasmo nacional por considerarlo perjudicial y erróneo, existen en él “muchas oscuras fuerzas emocionales que eran tanto más poderosas cuanto menos se las podía expresar con palabras, así como también la clara conciencia de una identidad interior, la privacidad de una construcción mental común que proporcionaba seguridad”[7]. Freud también menciona que esta identidad está acompañada de cierto sentimiento de orgullo por pertenecer a la comunidad judía:
… existía una percepción de que sólo a mi naturaleza judía le debía las dos características que se me hicieron indispensables en el difícil camino de mi vida. Porque era judío me encontré libre de muchos prejuicios que restringían a otros en cuanto al uso de su ‑­ intelecto, y como judío estaba preparado para unirme a la oposición y para prescindir de cualquier acuerdo con la “mayoría compacta”.[8]

Erikson detecta en Freud una contraposición de la identidad positiva de los judíos (la libertad de pensamiento) con un rasgo negativo de los pueblos entre los cuales viven los judíos (los prejuicios que restringen el uso del intelecto). En consecuencia, nos dice Erikson: uno empieza a comprender que la identidad de una persona o de un grupo puede ser relativa y definirse por contraste con la de otra persona o grupo, y que el orgullo de lograr una identidad firme puede significar una emancipación interior con respecto a una identidad grupal dominante…[9]

A partir del texto de Freud y del análisis de Erikson podemos detectar dos elementos clave de la identidad:

1) Se trata de un fenómeno emocional, expresable en palabras más míticas que conceptuales (las “oscuras fuerzas emocionales”).
3) La identidad se construye en términos relativos, es decir, se define por contraste con la identidad de otra persona o grupo.
Respecto a esta última característica, más adelante Erikson describe la identidad a partir de los siguientes rasgos:
a) La formación de identidad es un proceso en el que el individuo se juzga a sí mismo a la luz de lo que percibe como la manera en que los otros lo juzgan a él comparándolo con ellos y en los términos de una tipología significativa para estos últimos.
b) Al mismo tiempo, el individuo juzga la manera en que es juzgado, a la luz del modo en que se percibe en comparación con otros y en relación con tipos que han llegado a ser importantes para él.[10]

En resumen, podemos decir que la identidad es un proceso de origen emocional que impulsa al individuo a juzgarse a sí mismo a partir del juicio que otros hacen de él. Dado que la identidad tiene un fundamento emocional, se trata, en principio, de un fenómeno individual; sin embargo, la identidad individual siempre se define por la relación con los otros y por el juicio que éstos realizan acerca del individuo en cuestión. La identidad siempre es un fenómeno psico-social.

Ahora bien, Erikson también llegó a la conclusión de que la identidad individual dependía de la adecuada integración en un grupo y, por lo tanto, del sentimiento de pertenencia a un grupo. Esto significa que el juicio que las personas realizan al grupo como un todo también definirá el juicio que el individuo se hace de sí mismo.

Esta compleja dinámica entre identidad individual e identidad de grupo ha sido estudiada por el psicólogo social Henri Tajfel. De acuerdo con Tajfel, la pertenencia a un grupo social tiene tres componentes:

Componente cognitivo, en el sentido del conocimiento de que uno pertenece a un grupo; un componente evaluativo, en el sentido de que la noción de grupo y/o de la pertenencia de uno a él puede tener una connotación valorativa positiva o negativa; y componente emocional, en el sentido de que los aspectos cognitivo y evaluativo del grupo y de la propia pertenencia a él pueden ir acompañados de emociones (tales como amor y odio, agrado o desagrado) hacia el propio grupo o hacia grupos que mantienen ciertas relaciones con él.[11]

Solo cuando el grupo social incluye el componente evaluativo y el emocional se vuelven significativas para el individuo, en términos de identidad, las comparaciones entre “nosotros” y “ellos”, o lo que Tajfel denomina “endogrupo” y “exogrupo”. La identidad social es, justamente, consecuencia de la introducción de elementos de valor en las categorizaciones ‑­ sociales; de allí la definición de Tajfel: “entenderemos por identidad social aquella parte del autoconcepto de un individuo que deriva del conocimiento de pertenencia a un grupo (o grupos) social junto con el significado valorativo y emocional asociado a dicha pertenencia”[12].

La importancia de este análisis es inmensa. Nos ayuda a comprender que identidad no es exactamente igual a clasificación objetiva. Podemos pertenecer a determinado grupo social de manera neutral, por ejemplo, mi pertenencia al grupo de personas con miopía no tiene mayor relevancia, pero cuando me defino, por ejemplo, como judío, la cosa cambia. La diferencia se encuentra precisamente en el componente evaluativo y emocional presente en la segunda definición.

Esto nos permite comprender por qué la identidad suele funcionar por medio de estereotipos que definen al endogrupo en términos de valoración positiva y al exogrupo en términos de valoración negativa. De acuerdo con Tajfel, los estereotipos poseen un aspecto cognitivo, puesto que implican generalizaciones, y, en ese sentido, forman parte del proceso cognoscitivo general de la categorización. Pero los estereotipos no son simples categorías; además de la función cognitiva, cumplen con otras tres funciones: 1) ayudan a los individuos a defender o preservar su sistema de valores; 2) contribuyen a la creación y mantenimiento de ideologías de grupo que explican y justifican una diversidad de acciones sociales; 3) ayudan a conservar y crear diferenciaciones positivamente valoradas de un grupo respecto de otros grupos[13].

En conclusión, las categorías de identidad no pueden abordarse como si fueran categorías sin más. Cuando nos preguntamos acerca de nuestra “pertenencia” a determinado grupo debemos tener claro si estamos tratando con una categoría neutral o si se trata de clasificaciones dotadas de valor. La identidad siempre hace referencia a las segundas.[14]

4. EL LATINOAMERICANISMO COMO NACIONALISMO

La anterior exposición psicológica, si bien muy simplificada y limitada, nos ofrece ciertos elementos de base para comprender lo que se encuentra detrás de la pregunta sobre el “nosotros latinoamericano”. Debería quedar claro que lo “latinoamericano” en este sentido no es una simple clasificación sino una categoría de identidad, lo cual implica carga valorativa y emocional. Sin embargo, para comprender adecuadamente al latinoamericanismo debemos penetrar un poco más en sus detalles. Dado que se trata de una identidad política, debemos discutir la cuestión del nacionalismo.

En primer lugar, señalemos que la identidad latinoamericana, si bien funciona básicamente en los términos psicológicos que señalamos antes, forma parte de una versión peculiar de sentimiento de pertenencia: la “comunidad imaginada”. Benedict Anderson acuñó este término para describir a la nación: se trata de una comunidad en el sentido de que se concibe ‑­ como una relación horizontal, de “compañerismo”; pero es imaginada “porque aun los miembros de la nación más pequeña no conocerán jamás a la mayoría de sus compatriotas, no los verán ni oirán siquiera hablar de ellos, pero en la mente de cada uno vive la imagen de su comunión”[15]. Esta característica diferencia a la nación de otros grupos de identidad que constituyen comunidades cara a cara, por ejemplo, la familia.

Ahora bien, aún no tenemos claro qué entendemos por identidad nacional. Al respecto, es necesario advertir que el concepto de “nación” es uno de los más ambiguos del lenguaje político y de ninguna manera debería tomarse a la ligera. La definición de este concepto es un tema sumamente complejo y polémico dentro de la teoría política.

Max Weber, en uno de los intentos más tempranos por definir el término con rigurosidad, llamaba la atención sobre lo problemático que resulta encontrar los fundamentos de lo nacional. En muchos casos la nacionalidad pretende identificarse con una “comunidad lingüística”, tanto así, nos dice Weber, que “de hecho se consideran hoy conceptualmente idénticos el ‘estado nacional’ y el ‘estado’ montado sobre la base de unidad de lenguaje”[16]. Pero esta identificación de lo nacional con lo lingüístico, tan común en los movimientos nacionalistas europeos a partir de las últimas décadas del siglo XIX, no está exenta de dificultades. Weber pone, entre muchos otros, el ejemplo de los alsacianos de lengua alemana, que no ven problema en sentirse parte de la nación francesa.

En realidad, las bases del “sentimiento nacional” son múltiples y variadas, y no existe un solo elemento cultural, o de ningún otro tipo, que podamos tomar como base definitiva del concepto de nación: “… los sentimientos colectivos que se designan con el nombre genérico de ‘nacionales’ no son unívocos, sino que pueden ser nutridos por diferentes fuentes: […] los recuerdos políticos comunes, la confesión religiosa, la comunidad de lenguaje y también el habitus condicionado racialmente, pueden actuar como fuentes”[17].

Ahora bien, lo que tiene en común todo concepto de nación, sin importar cuáles sean sus bases, es su orientación hacia un proyecto político. A partir de aquí Weber elabora su definición:
Siempre el concepto de “nación” nos refiere al “poder” político y lo “nacional” —si en general es algo unitario— es un tipo especial de pathos que, en un grupo humano unido por una comunidad de lenguaje, de religión, de costumbres o de destino, se vincula a la idea de una organización política propia, ya existente o a la que aspira, y cuanto más se carga el acento sobre la idea de “poder”, tanto más específico resulta ese sentimiento patético.[18]

De acuerdo con estos conceptos, preguntémonos: ¿es el latinoamericanismo un nacionalismo?
Nikolaus Werz, en su Pensamiento sociopolítico moderno en América Latina, describe las diferentes corrientes de pensamiento (culturalistas, anti-imperialistas, populistas, etc.) que han tratado de definir lo específicamente latinoamericano. A pesar de la variedad de respuestas ofrecidas por las corrientes descritas por Werz, es posible observar una constante en todas ellas: la búsqueda de contraste con la nación norteamericana[19]. En efecto, la comunidad imaginada de los “latinoamericanos” se define, en principio, por oposición a la comunidad imaginada “americana” (a secas), que constituye el exogrupo. Este exogrupo, sin importar cuál sea su contenido, será caracterizado a partir de determinado estereotipo (con valoración negativa), y, en contraste con él, se definirá también el estereotipo del endogrupo latinoamericano (por supuesto, con valoración positiva).

Recordemos que la palabra “América Latina” surge en las últimas décadas del siglo XIX como un intento de diferenciar culturalmente a esta zona geográfica en contraste con la zona anglosajona, y que su difusión se debió a la creciente penetración política de Estados Unidos en varios países del Sur, especialmente México y Centroamérica. Así pues, el aparecimiento, en la segunda mitad del siglo XIX, de un Estado americano que, a diferencia de todos los demás del continente, empezaba a constituirse como una potencia geopolítica con ambiciones imperiales, motivó a muchos intelectuales y políticos americanos no-estadounidenses a cuestionar el panamericanismo y construir una identidad distinta. Dado que cualquier identidad se entiende siempre por oposición a otro, Latinoamérica no puede entenderse si no es en oposición a Estados Unidos.

Tenemos, como consecuencia, intentos de diferenciación como el del Ariel de Rodó, en donde se critica el utilitarismo anglosajón y se rescatan las virtudes clásicas de los latinos (ojo con los estereotipos). Aunque con contenidos muy distintos, el fenómeno de identidad es el mismo en todos los pensadores y políticos interesados en destacar la unidad de lo latinoamericano por oposición al otro: Vasconcelos (con su defensa de la herencia española), Martí, Haya de la Torre, etc.[20]

Deberíamos prestar atención a la similitud que este fenómeno tiene con ciertos movimientos intelectuales y políticos europeos. El romanticismo alemán, y el eventual nacionalismo alemán, fue producto del dominio político y cultural que los franceses ejercían en la Europa continental en los siglos XVIII y primeras décadas del XIX. Varios intelectuales alemanes denunciaron el “afrancesamiento” de sus países y trataron de rescatar las peculiaridades “nacionales” en términos de contra-ilustración: “Contrapusieron su propia y profunda vida espiritual, la poesía del alma de la nación, la sencillez y nobleza de su carácter, frente a la vacuidad y la despiadada sofisticación de los franceses”[21].

Como comenta Isaiah Berlin, la reacción alemana, especialmente después de la invasión de Napoleón, se convirtió en el ejemplar original de la reacción de muchas sociedades atrasadas, explotadas o, en cualquier caso, tratadas con condescendencia, y que, resentidas por la aparente inferioridad de su propio estatus, reaccionaron recurriendo a los triunfos y glorias reales o imaginarias de su pasado, o bien a los atributos envidiables de su propio carácter nacional o cultural.[22]

El modelo del romanticismo alemán fue adoptado también por los rusos. Después de vivir su época de intenso “afrancesamiento” y, en general, “occidentalización” impulsada a partir de Pedro el Grande, la reacción romántica y nacionalista se experimentó con fuerza en la Rusia de las últimas décadas del siglo XIX. Los intelectuales llamados “eslavófilos” impulsaron un movimiento de rescate de las virtudes espirituales del “pueblo” ruso en oposición a la decadencia racionalista de “Occidente”. Por ejemplo:

En su Nuevo principio en filosofía, Iván Kireyevski trazó claras distinciones entre la mentalidad occidental y la mentalidad del resto del mundo, siendo Rusia, por supuesto, el paradigma de la mentalidad no occidental […]. Identificaba la mentalidad occidental con lo abstracto, con el razonamiento fragmentado, desgajado de la totalidad del mundo. La mentalidad rusa, orgánica, está en cambio guiada por la fe, y es capaz de aprender la totalidad de las cosas.[23]

No hay que pensar que el nacionalismo tiene necesariamente esta perspectiva romántica; no obstante, vale destacar que no pocas veces en la historia moderna, sociedades que se consideran en desventaja económica, política y científica han intentado valorarse (tanto desde dentro como desde fuera) a partir de la construcción de un estereotipo de culturas artísticas, espirituales e incluso míticas. Aparte de los casos alemán y ruso del siglo XIX, es muestra de esto el orientalismo (por ejemplo, la “India espiritual”) y ciertas versiones de latinoamericanismo (por ejemplo, la “América Latina mágica”).

Pero aún no hemos respondido nuestra pregunta: ¿es el latinoamericanismo un nacionalismo? Notemos que existe una importante diferencia con los casos alemán y ruso que hemos mencionado: en ambos el movimiento intelectual está estrechamente vinculado a un proyecto político estatal. En el caso ruso, el Estado preexistente llevó a cabo un proceso de “rusificación” interna, que fue combinado, en la política exterior, con el paneslavismo, que buscaba legitimar la influencia imperial rusa en la Europa Oriental. Y en el otro caso, si bien el Estado alemán es una construcción tardía, el nacionalismo estaba vinculado con el proyecto prusiano, cuya élite lideró la unificación germana. En cambio, no existe ningún “Estado latinoamericano” comparable. En este sentido, podríamos pensar que el latinoamericanismo, a diferencia del germanismo y el eslavismo, no ha llegado a traducirse en un proyecto político de “Estado-nación”.

Sin embargo, en la medida en que el pensamiento latinoamericanista mantenga un proyecto político, al menos en términos teóricos, no hay razón para no considerarlo nacionalismo. Además, este proyecto político no tiene que ser necesariamente un “Estado”, puede tratarse de un “cuasi-Estado”[24] que implique alguna forma de integración política regional. Un asunto muy diferente es hasta qué punto este tipo de proyectos son compatibles con las circunstancias históricas y van más allá de un mero discurso de intelectuales, hasta qué punto resultan políticamente viables, y hasta qué punto pueden estar en sintonía con sentimientos populares.

Hay que tomar en cuenta que, a diferencia de lo que suele creer todo discurso nacionalista, la “nación” no es necesariamente un “destino”, no en términos objetivos. Ernest Gellner ha sido uno de los teóricos más elocuentes al advertirnos que, si bien el nacionalismo es una realidad política que debe tomarse en serio, no quiere decir que la ideología nacionalista deba asumirse como un diagnóstico correcto de la realidad social:

La visión de las naciones como una forma natural, dada por Dios, de clasificar a los hombres, como un destino político inherente aunque largamente aplazado, es un mito; para bien o para mal, el nacionalismo, ese nacionalismo que en ocasiones toma culturas preexistentes y las convierte en naciones, que en otras las inventa, y que a menudo las elimina, es la realidad, y por lo general una realidad ineludible.[25]

Y también señala Gellner:
El nacionalismo —el principio que predica que la base de la vida política ha de estar en la existencia de unidades culturales homogéneas y que debe existir obligatoriamente unidad cultural entre gobernantes y gobernados— no es algo natural, no está en el corazón de los hombres y tampoco está inscrito en las condiciones previas de la vida social en general; tales aseveraciones son una falsedad que la doctrina nacionalista ha conseguido hacer pasar por evidencia.[26]

Todo discurso nacionalista considera a su propia concepción de nación como “destino”. Sin embargo, en la realidad, todo nacionalismo tiene que competir con otros nacionalismos, que reflejan diferentes proyectos políticos. De allí que el latinoamericanismo necesariamente encuentre obstáculos en las lealtades a los Estados existentes (piénsese, por ejemplo, en la ‑­
fortaleza de los nacionalismos mexicano, brasileño o argentino), o en nacionalismos locales (como el sentimiento de pertenencia a una ciudad o provincia). Es ideológico, en el sentido de falsa conciencia, pensar, como suelen hacerlo los latinoamericanistas, que la nación latinoamericana es la “verdadera”. Todo nacionalismo piensa lo mismo de su propia nación y siempre se ve obligado a pasar por encima de las heterogeneidades culturales que inevitablemente existen en la sociedad moderna.

Recordemos que todo fenómeno de identidad, por sus orígenes emocionales, se expresa en términos más bien mitológicos, y, en ese sentido, no nos dice mucho sobre la historia objetiva de una sociedad, aunque sí nos dice bastante sobre lo que queremos respecto de esa sociedad. Anthony Smith nos recuerda que el nacionalismo no puede entenderse como una búsqueda racional de ciertos fines colectivos, pues su fundamento es un vínculo psicológico similar a los lazos de parentesco. Remitiéndose a las ideas de Walker Connor, Smith explica que la convicción de unos lazos de parentesco comunes y el mito de una ascendencia étnica compartida no necesitan verse confirmados —ni lo suelen ser— por una ascendencia biológica real ni por nuestros conocimientos históricos: lo importante en el estudio del nacionalismo no es lo que es, sino lo que se siente que es.[27]

Por esta razón, Smith propone que el nacionalismo no tiene que ver realmente con la historia, sino con lo que él llama “etnohistoria”: a la etnohistoria no le interesa la investigación de cuestiones económicas y sociales en cuanto tales (con pretensión de objetividad), sino que busca construir un pasado que “aparece como una serie de lecciones morales originales y cuadros imaginativos que ilustran vivamente su identidad y singularidad, así como la importancia y la bondad esencial de la comunidad, con independencia de los fallos de sus miembros individuales”[28]. En este sentido, la etnohistoria se remite a una búsqueda de virtudes particulares, cuestiones de heroísmo y sacrificio, y, en el fondo, de sacralidad. De acuerdo con Smith, el nacionalismo es finalmente una “religión política”, en la que una comunidad con territorio busca diferenciarse por una “historia” y un “destino” propios.

5. REFLEXIÓN FINAL: IDENTIDAD Y ÉTICA INDIVIDUAL

No hay que pensar que todos los análisis anteriores pretenden oponerse a la pregunta sobre la identidad latinoamericana y negar toda validez a la cuestión. Esta pregunta es completamente legítima, pero sí es importante desmitificarla, colocarla en su justo lugar. Como hemos insistido desde diferentes puntos de vista, la cuestión del “nosotros” latinoamericano no es una pregunta sobre “¿quiénes somos?”, sino más bien sobre “¿quiénes queremos ser?”. Ahora bien, dado que la segunda pregunta, a diferencia de la primera, no puede recibir respuesta objetiva con pretensión de validez universal, existen ciertas precauciones éticas que el latinoamericanismo debería tomar en cuenta.

Los defensores de un discurso como el del latinoamericanismo, dado su carácter ideológico, pueden sentirse tentados a exigir que todos los implicados “descubran” su “verdadera identidad” y adopten su “destino” histórico. Pero, a partir de todo lo que hemos explicado, queda claro que no es posible hablar de una “verdadera identidad” ni tampoco de “destinos” históricos unívocos.
Desde el punto de vista psicológico, la construcción de identidad es una necesidad inevitable para todo individuo humano; sin embargo, esto no quiere decir que existan contenidos específicos de identidad que un individuo obligatoriamente deba adoptar. De manera similar, desde el punto de vista político, es probable que todo proyecto político se vea en la necesidad de adoptar algún mito nacionalista, pero, dado que los proyectos políticos son múltiples, los nacionalismos también lo son.

Amartya Sen, en su libro Identidad y violencia, nos insiste acerca de la necesidad de recordar que nuestras identidades son ineludiblemente diversas, y que es un error tratar de imponer una identidad singular como si fuera la más relevante. La importancia de determinada identidad para un individuo específico dependerá tanto del contexto social como de la capacidad de decidir acerca de cuáles son las identidades más relevantes en diferentes momentos de su vida[29]. Es verdad que nadie puede escoger cualquier identidad, sacada de la nada, de manera independiente a sus condiciones históricas, pero esto no quiere decir que para un grupo de individuos exista un solo e ineludible “nosotros”.

La identidad provee de sentido a la vida de las personas. Es una cuestión de cómo una persona quiere considerarse a sí misma; no puede, por lo tanto, plantearse como una cuestión moral, si entendemos la moral como aquello que se considera bueno para todos. En consecuencia, es ilícito que, en razón de un proyecto político específico, se pretenda exigir una identidad determinada a todos los individuos de una colectividad. El sentirse latinoamericano no es cuestión de “reconocimiento” de una verdad y destino ineludibles; cada individuo debe considerarse libre de sentirse o no latinoamericano, y de hacerlo por sus propios motivos y convicciones. Cualquier intento de absolutizar la identidad latinoamericana frente a otras identidades rivales es simple y llana invasión de la autonomía personal.


Bibliografía
Anderson, Benedict. Comunidades imaginadas: reflexiones sobre el origen y la difusión del nacionalismo, FCE, Buenos Aires, 1993
Baruma, Ian y Margalit, Avishai. Occidentalismo: breve historia del sentimiento antioccidental, Península, Barcelona, 2005
Castells, Manuel. La era de la información, Vol.2: El poder de la identidad, Alianza, Madrid, 1997
Erikson, Erik H. Identidad, juventud y crisis, Paidós, Buenos Aires, 1971
Gellner, Ernest. Naciones y nacionalismo, Alianza, Madrid, 1988
Roig, Arturo Andrés. Teoría y crítica del pensamiento latinoamericano, FCE, México, 1981
Sen, Amartya. Identidad y violencia: la ilusión del destino, Katz, Buenos Aires, 2007
Smith, Anthony. Nacionalismo, Alianza, Madrid, 2004
Tajfel, Henri. Grupos humanos y categorías sociales, Herder, Barcelona, 1984
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Weber, Max. Economía y sociedad, FCE, México, 2004, p. 324
Werz, Nikolaus. Pensamiento sociopolítico moderno en América Latina, Nueva Sociedad, Caracas, 1995

[1] [1] Arturo Andrés Roig, Teoría y crítica del pensamiento latinoamericano, FCE, México, 1981, p. 11

[2] [2] Ibíd., p. 24

[3] [3] Ernst Tugendhat, Problemas, Gedisa, Barcelona, 2001, p. 17

[4] [4] Ibíd., p. 17. 18

[5] [5] Ibíd., p. 19

[6] [6] Ibíd., p. 17

[7] [7] Sigmund Freud, “Addres to the Society of B’nai B’rith”, citado en Erik H. Erikson, Identidad, juventud y crisis, Paidós, Buenos Aires, 1971, p. 17

[8] [8] Erikson, op. cit., p. 17

[9] [9] Ibíd., p. 18

[10] [10] Ibíd., p. 19

[11] [11] Henri Tajfel, Grupos humanos y categorías sociales, Herder, Barcelona, 1984, p. 264

[12] [12] Ibíd. p. 292

[13] [13] Ibíd., p. 175

[14] [14] Esto tiene importantes consecuencias metodológicas para las ciencias sociales. Las categorías de identidad no deberían utilizarse como si se trataran de cualquier otra categoría, pues no constituyen criterios objetivos de clasificación. Pensemos, por ejemplo, en el término “Occidente”; si lo utilizamos como un simple concepto de orientación geográfica será neutral; pero si lo utilizamos para clasificar a determinado grupo social al que llamamos “occidentales” y al que atribuimos determinadas características (hacia las cuales sentimos ciertas inclinaciones valorativas) nos arriesgamos a tomar como real a un estereotipo. El problema está en que, cuando se supone que buscamos conocer la realidad con pretensión de objetividad, los estereotipos pueden ser grandes obstáculos, pues a los estereotipos no les interesa mucho la objetividad. Como nos explica Tajfel, cuando una categorización social neutra (por ejemplo: “los suecos son altos”) encuentra ejemplos que lo contradicen (conocemos un sueco que no es alto), podemos cambiar el concepto sin mucho problema; pero en el caso de estereotipos, en el sentido de clasificaciones dotadas de valor (sean positivas o negativas), los ejemplos que lo contradicen amenazan nuestro sistema de valores y, por lo tanto, sentiremos resistencia a cambiar el estereotipo (Ibíd., p. 183ss).

[15] [15] Benedict Anderson, Comunidades imaginadas: reflexiones sobre el origen y la difusión del nacionalismo, FCE, Buenos Aires, 1993, p. 23

[16] [16] Max Weber, Economía y sociedad, FCE, México, 2004, p. 324

[17] [17] Ibíd., p. 326, 327

[18] [18] Ibíd. p, 327

[19] [19] Nikolaus Werz, Pensamiento sociopolítico moderno en América Latina, Nueva Sociedad, Caracas, 1995

[20] [20] Cfr. Werz, op. cit.

[21] [21] Ian Baruma y Avishai Margalit, Occidentalismo: breve historia del sentimiento antioccidental, Península, Barcelona, 2005, p. 83

[22] [22] Isaiah Berlin, The Crooked Timber of Humanity: Chapters in the History of Ideas, citado en Baruma y Margalit, op. cit., p. 83, 84

[23] [23] Baruma y Margalit, op. cit., p. 95

[24] [24] Es el término que utiliza Manuel Castells para referirse al proyecto político de los actuales nacionalismos, que, a diferencia de los nacionalismos clásicos, no necesariamente apuntan a la defensa o construcción de un Estado propio. Manuel Castells, La era de la información, Vol.2: El poder de la identidad, Alianza, Madrid, 1997, cap. 1

[25] [25] Ernest Gellner, Naciones y nacionalismo, Alianza, Madrid, 1988, p. 70

[26] [26] Ibíd., p. 162

[27] [27] Anthony Smith, Nacionalismo, Alianza, Madrid, 2004, p. 90

[28] [28] Ibíd., p. 166

[29] [29] Amartya Sen, Identidad y violencia: la ilusión del destino, Katz, Buenos Aires, 2007

CRITICA AL MARXISMO

Por: Francisco Morales
2007-12-18
La crítica que voy a presentar se concentra en un tema muy específico: la pretensión científica del marxismo, es decir, me interesa el marxismo como un conjunto de herramientas conceptuales y de explicaciones teóricas que pretenden dar cuenta de determinada realidad social. Se podría cuestionar este punto de partida argumentando que la peculiar postura epistemológica del marxismo impide separar la pretensión científica de otro tipo de pretensiones, específicamente de la pretensión política de transformar el mundo, pero mi intención es discutir justamente la validez de dicha postura epistemológica. Así pues, mi ponencia va a girar alrededor de la pregunta de cómo debemos entender la ciencia –ciencia social, en este caso– y en qué medida las teorías marxistas promueven u obstaculizan la construcción de una comprensión científica del mundo social.

Claro está, una crítica al “marxismo” es una cuestión escabrosa, pues, como ustedes conocen, no existe en realidad el marxismo, sino diversos autores llamados marxistas, entre los cuales pueden existir diferencias no poco importantes. De modo que cualquier crítica que se haga de trabajos específicos se expone al riesgo de ser desechada con el argumento de que tales trabajos solo son una versión del marxismo, y no necesariamente la correcta. Aun cuando quisiéramos limitarnos a Marx nos encontraríamos con problemas, pues existen diversas lecturas de su obra, y la cuestión de cuál es el verdadero Marx requiere entrar en discusiones exegéticas, en las cuales no me quiero meter.

Voy a concentrar mi crítica, entonces, en el tema específico que mencioné antes: la negativa a diferenciar la pretensión de conocer el mundo de la pretensión de transformar el mundo, o, en términos más sencillos, la negativa a separar ciencia de política. Este podría considerarse un leitmotiv de los diversos autores que se consideran marxistas, si no de todos, por lo menos de la mayoría. Y ciertamente lo podemos encontrar también en Marx (por ejemplo, en su muy famosa tesis XI).

En términos simplificados, la postura marxista es la siguiente: el científico social no puede ni debe renunciar a un compromiso político por la justicia social. Sus perspectivas teóricas necesariamente estarán determinadas por intereses, de modo que la pretendida neutralidad científica no es más que una falsa conciencia que más bien contribuye a ocultar determinada postura ideológica. Es imposible desligar a la ciencia de su contexto social, no existe la ciencia pura separada de valores sociales y de objetivos prácticos. Así pues, es mejor asumir conscientemente un compromiso político y construir una ciencia que reconozca abiertamente su intención de contribuir a una transformación de la sociedad. Ahora, ¿cuál debería ser esa opción política? Si somos fieles a la herencia de Marx, no hay dónde perderse: se trata de asumir una posición dentro de la lucha de clases, según la forma que ésta adopta en la sociedad capitalista, y denunciar la explotación de clase y contribuir así a la emancipación humana.

El indudable atractivo de esta postura radica en que nos alienta a mantener y a cultivar nuestros sentimientos políticos y nuestros juicios de valor sobre las injusticias sociales. Más aún, elimina la idea de que la ciencia es una tarea fría, alejada del mundo social, y refugiada en una intelectualidad ascética, y le otorga, por el contrario, estatus de activismo político e incluso le da al científico social cierto carácter heroico. Todo esto es inmensamente atractivo para cualquier persona.

La crítica que voy a exponer no pretende cuestionar el fundamento de este atractivo: la inclinación hacia posturas políticas que pretenden contribuir con la justicia social. Esta inclinación es absolutamente legítima y simpatizo completamente con ella (aunque se podría discutir si la apuesta de Marx por la lucha de clases y por la revolución proletaria es la mejor forma de impulsar la justicia social, pero ese es otro asunto). Acepto, además, que la ciencia social puede, e incluso debe, contribuir a lograr que estos objetivos políticos se cumplan de la mejor manera. No obstante, en oposición a la tesis marxista de la indiferenciación entre ciencia y compromiso político, voy a defender la tesis de que no puede hacerse ciencia adecuadamente sin la existencia de valores autónomos, propiamente científicos, y que la mejor forma en que la ciencia social puede aportar con la política es apostando por el ideal de una ciencia objetiva y autónoma.

No quiero decir con esto que el marxismo deba ser excluido de la ciencia social. Los diversos trabajos marxistas, y especialmente la obra de Marx, han contribuido enormemente en la comprensión del mundo. No es gratuito que la obra de Marx sea tan influyente en las ciencias sociales. Por ejemplo, la importancia que en el marxismo se otorga a las relaciones económicas para comprender las formas de organización social, o el papel de los intereses de clase en la política, son aportes fundamentales. No pienso que las teorías marxistas nos brinden una comprensión completa y satisfactoria de la sociedad, pero sí pienso que nuestra comprensión de la sociedad sería mucho más deficiente si no fuera por las teorías marxistas. En este sentido, el estudio del marxismo y, sobre todo, de la obra de Marx, es completamente pertinente y del todo vigente.

Ahora bien, a pesar de que considero que muchos aspectos de las teorías marxistas deben ser tomados en serio en la construcción de una ciencia social, sostengo que quedarnos con el marxismo tal cual, manteniendo la postura de indiferenciación entre ciencia y política, constituye un obstáculo epistemológico. En lo que sigue voy a argumentar por qué.

Señalé que, en oposición a la perspectiva marxista de indiferenciación entre ciencia y política, la ciencia social, como cualquier ciencia, necesita apostar por la objetividad. Esto precisa de una aclaración. De ninguna manera afirmo que la ciencia sea una actividad aislada del resto de la sociedad, tampoco creo que exista la ciencia libre de valores, y tampoco creo que sea posible una objetividad en el sentido vulgar del término, es decir, como un conocimiento que refleje de manera fiel objetos independientes de las construcciones teóricas. Semejante perspectiva es solo una caricatura de la objetividad científica y hacemos muy bien en desecharla.

La objetividad, en efecto, implica una verdad que es independiente de nuestras prenociones. Los críticos de la idea de objetividad afirman que no existe ninguna verdad que pueda ser conocida sin la intervención de nuestras construcciones conceptuales. Lo cual es muy cierto. La verdad en sí no existe, y, por lo tanto, tampoco existe la objetividad en sí, pues tal creencia solo podría fundamentarse en un empirismo ingenuo. Pero eso no quiere decir que la idea de verdad no cumpla un papel en nuestro conocimiento, incluso en nuestro conocimiento cotidiano, y con mucha mayor razón en el conocimiento científico. Considero necesario rescatar y defender el concepto de verdad, pero debemos entenderlo bien: la verdad en sí misma no existe, pero, en cambio, sí existe el ideal de verdad, y ninguna ciencia funciona sin este ideal. A esto es lo que se refiere Popper cuando dice que en realidad no tenemos ningún criterio para establecer la verdad, pero que nos dejamos guiar por la idea de la verdad como principio regulador[1]. Y este principio regulador es necesario para la objetividad, que no consiste más que en una orientación ética hacia la crítica, como lo plantea Popper: “la objetividad de la ciencia radica en la objetividad del método crítico; lo cual quiere decir, sobre todo, que no hay teoría que esté liberada de la crítica…”[2]

Por esta razón afirmaba que no es cierta la idea de que la ciencia esté libre de valores, pero no exactamente por la imposibilidad de separarla de intereses sociales, sino por el hecho de que la actividad científica misma se basa en ciertos valores, de los cuales el valor fundamental es el ideal de verdad. Más aún, no puede existir ciencia a no ser que consideremos a la verdad no como hecho sino como ideal, pues el momento en que creemos que la verdad ha sido alcanzada definitivamente, tenemos una teoría dogmática. Gracias al ideal de verdad somos capaces de poner constantemente bajo crítica, tanto teórica como empírica, a las teorías científicas. La ciencia requiere de una ética propiamente científica, fundamentada en valores autónomos.

Esta tesis no es mera especulación, sino que es evidente en la práctica científica misma. Sin duda, el ideal de objetividad no siempre se cumple, todo el tiempo se lo está violando, como ocurre con cualquier ideal ético, pero toda persona que haya hecho alguna investigación con pretensión de objetividad, por pequeña que sea, se dará cuenta de que la riqueza de una investigación se encuentra en que ésta sea capaz de cuestionar nuestros presupuestos teóricos, de modificar lo que creíamos saber sobre la realidad, y enriquecer así nuestra comprensión del mundo. Una investigación que lo único que hace es confirmar aquello de lo que ya estábamos convencidos de antemano no tiene mayor mérito.

Puesto que la ciencia depende de una opción de valor, es erróneo considerar a la investigación científica como fría. Difícilmente existirían científicos si es que no existiera cierta pasión por la ciencia; esto también lo reconoce Popper: “Sin pasión la cosa no marcha, ni siquiera en la ciencia pura. La expresión “amor a la verdad” no es una simple metáfora”.[3] Pero estos sentimientos tienen una orientación distinta de los sentimientos políticos, y buscan objetivos muy diferentes.
El marxismo se interesa fundamentalmente en valores políticos –y, por lo tanto, en pasiones políticas– específicamente aquellos relacionados con los intereses de clase en su relevancia para la emancipación humana. Esta postura se presta a posibles desviaciones de la labor propiamente científica, originadas en la tendencia a interpretar los fenómenos sociales desde la perspectiva que previamente nos impone el compromiso político, y que, dada la naturaleza de ese compromiso, difícilmente estaremos dispuestos a poner en duda. En otras palabras, cuando la investigación científica es al mismo tiempo activismo político, es poco probable que esa investigación sea capaz de cuestionar aquellos presupuestos en los que se fundamenta nuestra postura política. El ideal de objetividad es tan difícil de cumplir, que mantener la indiferenciación marxista resulta del todo inaceptable.

Voy a mencionar un ejemplo: la teoría del valor-trabajo –que Marx toma de la economía política clásica– pretende explicar cómo es posible el intercambio de mercancías y al mismo tiempo constituye una denuncia de la explotación de clase en la sociedad capitalista. Pero resulta que esta teoría puede ser criticada a partir de observaciones empíricas: nuestros intercambios en el mercado nunca se hacen sobre la base del “tiempo socialmente necesario” para su producción, sin mencionar la dificultad que en la práctica existe para determinar ese “tiempo socialmente necesario”. Claro que Marx diría que esta observación empírica se queda en las “apariencias” de la esfera de circulación; pero aun si discutiéramos en el plano completamente abstracto y apriorístico en el que se maneja la teoría del valor-trabajo, podríamos proponer mejores soluciones lógicas al problema del valor, como lo hace, en efecto, la teoría neoclásica de la utilidad marginal.

No pretendo entrar en detalles sobre este ejemplo, mi intención es ilustrar que una teoría que está sometida a fuertes cuestionamientos tanto empíricos como teóricos difícilmente va a ser abandonada por los economistas marxistas, a no ser que estén dispuestos a renunciar a ella no solo como teoría científica sino también como fundamento de sus convicciones políticas. Cualquier posible apertura crítica en relación con la teoría del valor-trabajo se verá obstaculizada por la carga valorativa implicada en el compromiso político de la teoría.

Así pues, no habría ningún problema con una teoría marxista que utilizara sus herramientas teóricas como hipótesis, o, como las llama Popper, como conjeturas. Pero el compromiso político que se encuentra detrás de la mayor parte de teorías marxistas hace muy poco probable que se acepte verlas como meras conjeturas. La práctica política se mueve a partir de compromisos ideológicos y de firmes convicciones; en ciencia las firmes convicciones –otras que no sean la fe en el ideal de verdad– se oponen a la objetividad crítica y obstaculizan el progreso científico.

Ahora bien, la tesis de que la actividad científica posee sus propios valores no implica que la ciencia pueda desligarse de otro tipo de valores. Como afirma Popper, “es imposible excluir intereses extracientíficos de la investigación científica. Lo que es posible e importante y confiere a la ciencia su carácter peculiar no es la exclusión, sino la diferenciación entre aquellos intereses que no pertenecen a la búsqueda de la verdad y el interés puramente científico por la verdad”.[4]

Sin duda, existen importantes relaciones mutuas entre la actividad científica y la extracientífica, y en el caso de las ciencias sociales, la ciencia es, en efecto, inseparable de los problemas sociales y de las opciones políticas. Los problemas de investigación planteados en ciencias sociales a menudo tienen su origen en problemas sociales prácticos, por ejemplo, la preocupación que puede tener algún investigador por la desigualdad económica. E incluso pueden estar determinados a partir de una postura ideológica y política, por ejemplo, la apuesta por una revolución obrera, como es el caso de Marx. Pero lo crucial es diferenciar el momento de la investigación científica de los momentos de ética social y de práctica política. No existe ninguna razón para que un científico social no tenga convicciones sobre el bien y el mal en la sociedad de su tiempo, y nada impide que adopte determinada postura política y que incluso sea activo en política, pero cuando hace investigación científica debe hacer investigación científica, independientemente de los valores que pueda tener en otras facetas de su vida. Los estudiantes de ciencias sociales que están interesados en participar activamente en política encontrarán mucho más provecho en obtener conocimientos con pretensión de objetividad, que puede que cuestionen sus convicciones políticas, pero también les otorgarán una orientación crítica y un sentido de responsabilidad.

La relación que señalábamos entre valores extracientíficos y el origen de los problemas de investigación corresponde con la idea de Max Weber, quien afirma que la selección del problema de investigación no proviene de la realidad misma sino de los valores subjetivos del investigador. Sin embargo, dice Weber, esto no quiere decir que la investigación en las ciencias sociales solo pueda tener resultados subjetivos. Lo que varía según las personas es el interés del objeto de investigación; qué se convierte en objeto de investigación, qué merece ser estudiado está determinado por las ideas de valor del investigador y de su época. Pero en el modo de su uso, el investigador está ligado a las normas de pensamiento y a la pretensión de validez universal de la verdad científica. Con los medios de nuestra ciencia, dice Weber, nada tenemos que ofrecer a quien no juzgue valiosa esta verdad.[5]

En su conferencia La ciencia como vocación, Weber establece la característica propia de la ciencia moderna en términos de racionalización y desencantamiento (desmagificación), y la contrasta con la ciencia de los filósofos griegos y la ciencia de los artistas del Renacimiento:

La ciencia griega, nos dice Weber, centrada en la importancia del concepto, pretendía que una vez que se encontrara el concepto de lo bello, de lo bueno, del alma o de cualquier otra cosa, también podría encontrarse su verdadero ser, “quedando así abierto el camino que permitiría enseñar y aprender cuál es el modo justo de comportarse en la vida y, sobre todo, de comportarse como ciudadano. Para el heleno, cuyo pensamiento es radicalmente político, todo depende, en efecto, de esta última cuestión decisiva, cuya investigación constituye el sentido más hondo de la ciencia”[6]. La ciencia del Renacimiento, en cambio, destacó la importancia de la experiencia, pero el conocimiento verdadero era al mismo tiempo el conocimiento de lo bello. “Para los artistas experimentales del tipo de Leonardo y de los innovadores musicales, la ciencia significaba el camino hacia el arte verdadero, que para ellos era también el de la verdadera naturaleza.”[7]

En contraste, en la ciencia moderna ya nadie pretende “que los conocimientos astronómicos, biológicos, físicos o químicos pueden enseñarnos algo sobre el sentido del mundo o siquiera sobre el camino por el que pueden hallarse indicios de ese sentido, en el supuesto de que exista…”[8]
Con la racionalización y desencantamiento de la ciencia, Weber está refiriéndose a la actitud que Popper califica de diferenciación. En efecto, podemos cuestionar al marxismo por mantener una actitud aún no plenamente racionalizada del conocimiento, en el sentido de que pretende, en una misma tarea, ofrecer conocimiento objetivo sobre el mundo y defender determinada opción política respecto del mundo. Es decir, en el marxismo no están adecuadamente diferenciados dos problemas que Weber califica de perfectamente heterogéneos: 1) la constatación de los hechos y la determinación de la estructura interna de los fenómenos sociales; 2) la respuesta a la pregunta por el valor de esos fenómenos, y dentro de ella, cuál debe ser el comportamiento político en la sociedad.[9] Según Weber: “una ciencia empírica no puede enseñar a nadie qué debe hacer, sino únicamente qué puede hacer…”[10]. La orientación de la ciencia, para Weber, consiste en ordenar conceptualmente la realidad empírica de un modo que pretenda validez como verdad empírica, y esta orientación se distingue de “una argumentación que se dirija a nuestros sentimientos y a nuestra capacidad de entusiasmarnos por fines prácticos concretos”.[11]

Volviendo al ejemplo de la teoría del valor-trabajo, como ya dije, la actitud indiferenciada del marxismo se demuestra en que este análisis al mismo tiempo pretende hacer dos cosas: 1) ofrecer una explicación sobre la naturaleza del intercambio de mercancías; y 2) demostrar objetivamente la existencia de una explotación oculta detrás del sistema de intercambio de mercancías. A partir de aquí queda perfectamente resuelta la cuestión de cuál es nuestro deber político: la única opción política válida es la vía revolucionaria, la que apuesta por el eventual derrumbe del sistema económico desde sus bases. El mito histórico de la lucha de clases queda científicamente justificado.

La teoría marxista, con todo lo ilustrada y moderna que es, mantiene todavía algo de magia: nos libra de nuestras ilusiones a la vez teóricas y políticas, es decir, nuestras falsas concepciones sobre la realidad son al mismo tiempo un engaño ideológico para ocultar la naturaleza intrínsecamente injusta del capital, y una distracción de nuestra verdadera misión histórica. Por ello es que la lectura de El Capital, si bien puede resultar fascinante por su brillante construcción teórica, es mucho más fascinante en razón de que nos puede hacer sentir como personas liberadas de una caverna de ideología burguesa, tras lo cual nuestras opciones políticas están claramente definidas y nuestra vida misma puede adquirir sentido.

Alguien podría objetar que la fundamentación científica de la opción política es solo una interpretación posible de la teoría marxista. Existe otra: la teoría marxista, por ejemplo, la teoría del valor-trabajo, explica el mundo desde determinada perspectiva de clase, es decir, desde el punto de vista proletario. Esta versión más relativista es distinta de la anterior, pero se fundamenta igualmente en la indiferenciación entre la verdad y el bien. En la primera interpretación de la teoría marxista, la moral depende de la ciencia, de modo que la opción política queda científicamente demostrada; en la segunda interpretación, la ciencia depende de la moral, de modo que la teoría queda políticamente justificada. En cualquiera de los dos casos, estamos demasiado cercanos a un mundo mágico en el que la necesidad de encontrar un firme sentido a nuestra existencia manda por sobre todas las cosas.

No afirmo, por cierto, que no debamos buscarle un sentido a nuestra existencia, esa es una inclinación inevitable en cualquier ser humano y es perfectamente legítima. Pero sí sostengo, con Weber, que mal hacemos en tratar de encontrar ese sentido en la ciencia social, pues probablemente ella cumplirá ese papel de manera muy deficiente y decepcionante, pero, ante todo, estaremos privando a la ciencia de su sentido propio.

En conclusión, si bien, como ya he dicho, las teorías marxistas suponen un gran aporte para la construcción de la ciencia social, el marxismo en general posee un importante obstáculo epistemológico por su negativa a separar ciencia de política. El obstáculo radica en que no diferencia la búsqueda de la verdad de la búsqueda del bien, y eso impide la aparición de valores propiamente científicos y de un momento de investigación propiamente científico, distinto de los momentos de la filosofía política y de la acción política. En el marxismo confundimos fácilmente nuestras ideas respecto a cómo es la sociedad con nuestras ideas respecto a cómo debe ser la sociedad, y cuando el bien y la verdad están confundidos, tanto nuestras teorías sobre el mundo como nuestras posturas políticas están protegidas ante la crítica, pues si nuestra misión política se considera demostrada científicamente, toda postura contraria tenderá a despreciarse de antemano como “ideológica”, y si nuestra teoría objetiva se justifica por una misión política, el ideal de verdad carecerá de importancia.

[1] K. Popper, Conjeturas y refutaciones, Paidós, Barcelona, 1983, p. 276, 277
[2] K. Popper et al. La lógica de las ciencias sociales, Grijalbo, México, 1978, p. 12
[3] Ibíd., p. 19
[4] Ibíd.
[5] M. Weber, Ensayos sobre metodología sociológica, Amorrortu, Buenos Aires, 2001, p. 73, 99
[6] M. Weber, El político y el científico, Alianza, Madrid, 2003, p. 204, 205
[7] Ibíd., p. 206
[8] Ibíd., p. 207
[9] Ibíd., p. 214
[10] Weber, Ensayos sobre metodología sociológica, p. 44
[11] Ibíd., p. 47