viernes, 3 de abril de 2009

POR UNA FILOSOFÍA DE LA HUMILDAD: REFLEXIONES SOBRE EL ESTADO

Lilián Álvaro Lugo
Maestría de Filosofía – Cuarto Semestre
Filosofía Política
Docente: Dr. Stéphane Vinolo
Quito, 26 de marzo de 2009


ANTECEDENTES



La reflexión filosófica sobre el Estado ha estado presente desde el pensamiento de los presocráticos, en la antigua Grecia. Ocupó en esa época las reflexiones más particulares con respecto al tema general de la justicia. La filosofía del Estado busca definir su esencia y determinar las formas posibles y efectivas que puede asumir; establece una distinción entre Estado, nación, pueblo, sociedad; realidades con las cuales suele confundirse, para lo cual precisa sus funciones en cada realidad.

Los sofistas pusieron en discusión la relación del Estado con la justicia y lo consideraban como fundado en “el interés del más fuerte” y ligado al poder. Se adelantaron así al maquiavelismo, a las teorías contractualistas del Estado y al totalitarismo.

El debate platónico es el problema del Estado ideal, mientras que en los escritos políticos de Aristóteles, los temas puestos en discusión por los sofistas se plantean como la polis o la “mejor organización de la sociedad, como aquella forma o articulación de los individuos y de las clases que permite realizar en la medida de lo posible la idea de la justicia, dando a cada uno lo que de derecho le pertenece” (Ferrater Mora, 2004: 1110). Los dos filósofos buscaron definir la esencia del Estado en relación con su misión frente al individuo y a la sociedad.

Platón y Aristóteles se ocuparon también de la cuestión de los diferentes tipos de Estado: timocracia, oligarquía, democracia, aristocracia, tiranía, etc., de acuerdo a su “constitución política”, es decir, de acuerdo al grupo o grupos que tuvieran el poder. Maestro y discípulo debatieron, largamente, sobre la naturaleza y la legitimidad del Estado cuyo poder debía estar lejos de la anarquía y de la oligarquía.

En la Edad Media las reflexiones sobre la naturaleza del Estado se dieron en torno a la supremacía de éste frente a la Iglesia, o viceversa. La concepción del Estado era la de “una comunidad temporal e histórica” (Ibid: 1111), mientras que la Iglesia se asumía también como una comunidad histórica, pero que trascendía a la misma; de esta manera, los fines espirituales de la Iglesia debían conducirlo y guiarlo.

En el Renacimiento se produce una transformación total en la concepción del Estado, en relación con la formación de los Estados nacionales y la confrontación con la supremacía de la Iglesia sobre él. La filosofía del Estado en Marsilio de Padua, primero y Maquiavelo después, exigían la separación rigurosa de la Iglesia y el Estado, con lo cual desaparecía su fundamento divino y se lo insertaba de forma definitiva en el tiempo y en la historia.

En el siglo XVI los utópicos (Tomás Moro, Campanella…) vuelven sobre el ideal platónico de buscar una organización social de tal índole que garantice la paz y la justicia. En los siglos XVII y XVIII dominó el debate la teoría del Estado como Contrato Social. Contrato que evitaría el aniquilamiento producido por la guerra de todos contra todos, en el razonamiento de Hobbes; o que produciría la renuncia al egoísmo y el sometimiento a la voluntad general, en el caso de Rousseau. Sincrónicamente, se produce la propuesta de Spinoza, que plantea la teoría del Estado como “comunidad de los hombres libres, los cuales son más libres precisamente porque viven en el Estado `según el decreto común´” (Copleston-Tomo II, 2004: 172).

El Estado como forma de organización de la sociedad debe garantizar la libertad, entendida como libertad de pensamiento y mejor asumida como libertad de profesar cualquier religión, con independencia total de la religión oficial. En este razonamiento, el Estado se piensa en equilibrio de las distintas religiones y clases sociales. La Ilustración lo concebía como la organización capaz de conducir a los hombres por el camino de la razón. Kant, simpatizaba con los ideales de la Revolución Francesa, pero su republicanismo incluía a la monarquía limitada, constitucional. El Estado –con independencia de su origen histórico- tenía como fin la libertad, concebida como el respeto de la libertad moral de cada uno a la libertad moral del conjunto, posible en base a la ley.

Los sistemas idealistas postkantianos desarrollaron el pensamiento nacionalista identificando a la nación con el Estado, identificándolo como su verdadero representante. La nación era la comunidad de todos los hombres unidos por un mismo fin y las funciones del Estado tenían correspondencia con ella, tanto en lo político como en lo religioso. Para Hegel, El Estado es la realización plena del espíritu objetivo y su representante lo es del “espíritu del pueblo” o “espíritu nacional”, para cumplir con los fines objetivos propuestos por ese espíritu.

Durante el siglo XIX el debate giró en torno al individualismo y al colectivismo. El Estado es para la primera un equilibrio en la tensión entre voluntades particulares, mientras que para la segunda posición es un equilibrio en la tensión producida por la supresión de dichas voluntades. La ilusión del equilibrio se rompió con el marxismo, el cual plantea que el Estado representa el dominio de una clase (la burguesía), para lo cual usa la justicia y todas las formas de ejercer su dominación. El marxismo propone la desaparición del Estado, una vez que se hayan abolido las clases mediante la “dictadura del proletariado”.

El triunfo de la Revolución de Octubre condujo el debate durante el siglo XX, enfrentando el problema del Estado totalitario, que identificado con un partido integraba a su cuerpo toda actividad social. El Estado fascista y las dictaduras militares fueron ejemplos tenebrosos de totalitarismos. En este período histórico surgen además los Estados de bienestar como propuestas de superación de los Estados de corte neoliberal y propuestas de unidad supranacional como las de la Unión Europea o el Mercosur.

El siglo XXI hereda este panorama de la filosofía política, al cual hay que sumarle un problema inédito en la historia: el aparecimiento de los narco-Estados, que rompen con toda forma de vida social al instaurar un poder paralegal que irrumpe de forma brutal en todos los espacios públicos.

El anterior es un camino milenariamente conocido, mientras que, en nuestro país, la reflexión filosófica sobre el Estado – históricamente registrada- se inicia hace apenas dos siglos cuando se hace presente en nuestra Historia el pensamiento y obra de Eugenio Espejo.

Las reflexiones sobre el Estado buscan argumentar (a manera de tesis), que en los territorios del actual Ecuador se desarrollaron formas estatales sincréticas, matizadas por la cultura aborigen y el mestizaje producido por la Conquista. Reflexiones producto de la necesidad sentida de responder a los siguientes interrogantes:

¿Desde cuándo ha sido el Estado tema de reflexión filosófica y política en el país?

¿Se han institucionalizado en el país las formas de Estado contractualistas, liberales, sociales, neoliberales?

¿Es posible pensar en formas de organización social sin la presencia del Estado?

PRIMERA REFLEXIÓN:
EL ESTADO EN LA AMÉRICA ABORIGEN


La Época Aborigen de la historia americana será estudiada desde la perspectiva de los últimos aportes de la investigación etnográfica y arqueológica, los cuales nos permiten comprender las grandes transformaciones de los pueblos americanos, desde sus primeros asentamientos en el continente, hasta culturas en donde el Estado había alcanzado un pleno desarrollo.

La milenaria historia de los pueblos americanos se remonta a 40 000 o al menos 25 000 años antes de Cristo y en el Ecuador actual a 12 000 años a.C. Los primeros habitantes fueron nómadas cazadores especializados, quienes con el aparecimiento de la agricultura y en el curso de varios milenios formaron comunidades con un cierto nivel de estabilización espacial. La cultura Valdivia es un claro ejemplo de este período.

En el período comprendido entre 3 500 y 500 años a.C., con la especialización de la agricultura y la domesticación de animales se consolidaron sociedades complejas alrededor de aldeas agrícolas en las cuales se podía notar la diferenciación social y la especialización del trabajo. Las culturas Machalilla y Chorrera en la Costa; Cotocollao, Chilibulo, en la Sierra; Fase Pastaza y Cueva de los Tayos en el Oriente son referentes de este período.

En los años 500 a.C. y 500 d.C. se produce un proceso de Integración de las unidades políticas ya consolidadas, dando origen a confederaciones y alianzas de nivel local o supralocal. Esta nueva forma de organización social se asentaba en cacicazgos o curacazgos, que han sido llamados señoríos étnicos, cuya estructura se asentaba en la producción comunitaria. “No se daba en ellos una apropiación privada de los medios de producción. La tierra, fundamentalmente, era propiedad común. Se había logrado mayor productividad y coordinación de las actividades económicas, sociales y religiosas” (Ayala Mora, 2005: 20).

En los señoríos étnicos se había acentuado la diferenciación social, existían formas definidas de autoridad y gobierno –que en la mayoría de los casos tenían carácter hereditario-, aunque no existía todavía el aparato de organización y represión estatal. Las jerarquías de los caciques provenían de la importancia del señorío. Había caciques mayores, caciques menores de las llactacunas y jefes de ayllu. En los cacicazgos mayores, de carácter regional, se reconocía la autoridad militar de un cacique sobre otro.

Las pistas que entrega el Padre Juan de Velasco para la comprensión de nuestra Historia Aborigen nos permite enlistar los señoríos étnicos que se desarrollaron en territorio del Ecuador actual: Quillacingas y Pastos; Caranqui, Cochasquí, Otavalo y Cayambe, en la Sierra Norte. Quito, constituido en centro comercial y político. Hacia el sur los señoríos de Panzaleo, Píllaro, Sigchos y Puruhá. Los Yumbos, al noroccidente y suroccidente de Quito tuvieron gran importancia. En el extremo sur de la serranía: el señorío Cañari y los Paltas. En el norte de la Costa: La Tolita y Atacames; en la actual Manabí: el señorío Manteño; en la actual Guayas: Huancavilcas, Punaes y Chonos. Quijos y Jíbaros en la Amazonía.

A finales del siglo XV, los señoríos étnicos del actual Ecuador debieron enfrentar la conquista de los inkas. Este pueblo guerrero originario de Bolivia racionalizó el sistema comunitario de producción ya existente y lo integró al complejo sistema del Tawa-Inti-Suyu (Tahuantinsuyo).

El sistema político y social del inkario integró los rasgos culturales y religiosos de las culturas conquistadas. La producción y organización comunitaria, además de autoabastecerse, debía contribuir al mantenimiento de la clase dominante de guerreros y sacerdotes. Los caciques pasaron a formar parte de la burocracia del Imperio Inka. El control político de las comunidades y la extracción de la producción excedente se daba en base a una represión extrema. Los rasgos autoritarios fueron característicos del Estado Inka.

La presencia de los inkas en el Ecuador actual duró, aproximadamente, ochenta años en el sur y cuarenta en el norte; período que pese a lo breve de su temporalidad tuvo enormes repercusiones históricas: el kichwa unificó a los pueblos andinos, se adoptó el Sistema Decimal y la organización sociopolítica de los inkas. Quito y Tomebamba se transformaron, rápidamente, en ejes políticos del inmenso imperio.

En 1528 muere el Inka Huayna Kapak y se produce la disputa por la sucesión entre sus hijos Huáskar y Atahualpa. Vence Atahualpa, pero no logra gobernar sobre el imperio unificado, pues los españoles habían ingresado ya al Tahuantinsuyo, lo tomaron preso y lo asesinaron en Cajamarca.

Muerto Atahualpa, los españoles promovieron alianzas con los pueblos descontentos, lo cual impidió una defensa coordinada del Imperio, que se debatía en una aguda crisis. Es una hipótesis de los historiadores la que plantea que la racionalización de la producción comunal produjo un acelerado desarrollo de las fuerzas productivas y que la organización social se encontraba en transición hacia formas inéditas que nunca surgieron, por la presencia de los españoles.

Sin lugar a dudas, la reflexión filosófico política sobre la construcción occidental que llamamos Estado estuvo presente en el Tahuantinsuyo y en las culturas americanas aborígenes. Los estudios de Luis Millones, Ernesto Salazar, Galo Ramón, Frank Salomon, Jorge Marcos, Ruth Shady Solís, Luis Ramos y Concepción Blasco, Izumi Shimada, Ileana Almedia, Martí Parssinen, María Rostworowski, Jesús Lara, John Murra, Franklin Pease, José Echeverría, entre los más destacados dan clara cuenta de ello.


SEGUNDA REFLEXIÓN:
EL ESTADO COLONIAL


El avance de la conquista española en tierras americanas iba precedida de la imposición de formas políticas del naciente Estado Colonial. Cabe señalar que la periodización histórica de “Conquista”, entre los años treinta y cuarenta del siglo XVI presupone una visión dominante. Desde la perspectiva de los pueblos indígenas, la periodización es otra. Para los pueblos americanos, la conquista fue un momento de su historia, la cual continúa viva frente al genocidio y las amenazas permanentes del poder político.

En los tres siglos que permanecimos vinculados a la Corona Española se produjeron transformaciones socioeconómicas y políticas de enorme significación: un primer período de asentamiento y consolidación del régimen colonial español desde la conquista hasta finales del siglo XVI; un segundo período de auge de la actividad textil desde finales del siglo XVI hasta inicios del siglo XVIII; un tercer siglo caracterizado por la crisis, las transformaciones sociales y el agotamiento del régimen colonial hasta que se produjo la Independencia.
En el PRIMER PERÍODO se establece el sistema hispánico y se inicia el despojo de los pueblos aborígenes (1530-1590). La Península Ibérica se encontraba inmersa en la transición del orden feudal al capitalista, mientras las formas aborígenes de organización social se precipitaron en una aguda crisis. La Corona Española creó la encomienda como institución básica, para intentar reproducir en estas tierras el sistema de explotación feudal europeo. Fundaron villas y ciudades, y establecieron cabildos, que representaban los intereses dominantes locales. Los cabildos cumplieron un papel importante en la consolidación de la Colonia, pues fueron el asiento de los gobernadores (nombrados por el Rey) y asumieron funciones de reparto de tierras y organización de servicios.

La consolidación administrativa, legal y política del régimen feudal se dio en 1563 con la creación de la Real Audiencia de Quito, la cual tuvo una jurisdicción semejante a la de un Obispado, dando también estructura a la administración religiosa. En medio de estructuras políticas de carácter feudal se dio continuidad a la presencia de los indígenas, pues en ese esquema se mantuvo la división entre la dominante República de blancos y la dominada República de indios.

En el SEGUNDO PERÍODO pierde importancia la encomienda y surge la mita como mecanismo básico de organización económica. De origen inka fue reformulada por los españoles para determinar un tiempo de trabajo obligatorio de los indígenas en los obrajes (centros de elaboración de paños), para obras públicas o mano de obra de los colonos españoles. “Aunque el trabajo era forzado, tenía que pagarse un salario, lo cual garantizaba al Estado la posibilidad de que los indígenas dispusieran de recursos para el pago del tributo” (Ayala Mora, 2005: 39). De este modo, la Real Audiencia de Quito se transformó en un importante centro proveedor de tejidos y alimentos, para las grandes minas de Potosí y quedó articulada a la economía internacional.

Durante las últimas décadas del siglo XVI y las primeras del siglo XVIII hubo continuidad en la vida social y política de la Real Audiencia de Quito, estabilidad producida por el auge económico. El aparato burocrático del Estado Colonial se robusteció y se profundizó el mestizaje de la unión de los conquistadores con las mujeres indígenas. Surgió así un grupo social intermedio entre blancos e indios, que se dedicaría a ciertas labores agrícolas, a la artesanía y al comercio (pequeño y mediano).

El Estado Colonial cumplía funciones administrativas, políticas e ideológicas; garantizaba las actividades económicas a través del control social, incluía para ello a los Cabildos y a la Iglesia, que ejercía el monopolio de la esfera ideológica de la sociedad colonial. Sin embargo, al interior del aparato estatal surgieron también las contradicciones entre los intereses de la Metrópoli y los intereses de la clase dominante local: blancos nacidos en la península y criollos nacidos en el continente americano.

La crisis de la sociedad colonial se profundizó en el siglo XVIII, luego de casi dos siglos de sobreexplotación de los indígenas. Los desastres naturales: erupciones volcánicas y terremotos diezmaron a la población, desorganizaron la producción e impidieron el intercambio comercial. La economía de la colonia en su conjunto sufrió una fuerte contracción debido a las transformaciones de la Metrópoli, a la escasez de los metales preciosos y a la eliminación del mercado textil de la Real Audiencia de Quito, que sucumbió frente a los bajos precios de los productos europeos.

La nueva dinastía de los Borbón que había llegado al trono español intentó implementar un proyecto de modernización, para transformar las formas tradicionales de la decadente economía española. Pretendían hacer de la península una potencia industrial, capaz de competir con Francia e Inglaterra y abastecer así sus mercados coloniales. El tercer período colonial estuvo marcado por las reformas borbónicas que limitaron el comercio textil de la Audiencia de Quito con otras colonias y la imposición de tributos – el del estanco produjo la “rebelión de los barrios de Quito en 1765”-, lo cual condujo a la pérdida de poder de los representantes de la Metrópoli en la economía colonial.

La crisis del 1700 condujo a un nuevo “Pacto Colonial”, el cual puede ser catalogado como una de las grandes transformaciones ocurridas en nuestra Historia. Con la depresión económica y la recesión textil, cobró fuerza la explotación agrícola y con ella la consolidación del latifundio, que pasó a ser el eje de todo el sistema económico. Los latifundios, llamados haciendas, se gestaron “a costa de las propiedades de las comunidades indígenas” (Ayala Mora, 2005: 48), cuyas tierras fueron compradas a la fuerza o, simplemente, despojadas. A mediados del siglo XVIII, la hacienda se había consolidado en la serranía de la Real Audiencia, mientras la región costanera, más densamente poblada se convertía en zona agroexportadora de cacao.

Los crecientes enfrentamientos burocráticos entre los funcionarios de la Real Audiencia de Quito y el cambio de dinastía en España condujeron a un período de inestabilidad política, el cual se acrecentó con las pugnas entre la Iglesia y el poder civil. La Iglesia se había constituido en un importante poder político e ideológico, pues a finales de 1 700 era la principal latifundista. En 1766 se ejecutó la orden de Carlos III de expulsar a la Compañía de Jesús, cuyas inmensas riquezas pasaron a manos de la Corona. Ésta las vendió a particulares, con lo cual se incrementó el poder de los latifundistas criollos. Las formas de organización estatal (virreynatos, intendencias, capitanías), que intentaron recobrar el poder de la Corona fueron desapareciendo en la medida que el poder local criollo se hacía sentir. Sus tendencias autonomistas los llevarían a romper con la Metrópoli, en pocos años.

La segunda mitad del siglo XVIII fue también una época de despertar político e ideológico, de agitación intelectual y cultural en la Real Audiencia de Quito. Se gestó una conciencia de “lo americano y lo quiteño” en las nacientes élites criollas. Juan de Velasco, sacerdote jesuita riobambeño (que marchó al exilio por la expulsión) escribió la Historia del Reyno de Quito, obra monumental que sentaría las bases de la historiografía del Ecuador y de la búsqueda de la identidad de su pueblo.

Eugenio de Santa Cruz y Espejo (1747-1795) “(…) fue (…) un hombre del iluminismo. Un creyente de la Edad de las Luces. Un hombre centrado en la corriente que en Francia había despertado la filosofía de la Ilustración, corriente que de modo clandestino llegaba hasta la remota América colonial” (Benítez, 2003:15). Precursor extraordinario de las ideas libertarias, periodista, médico, bibliotecario, científico; es sin duda Espejo, la figura más descollante de la Historia Ecuatoriana.

Para obtener el Doctorado en Medicina y la Licenciatura en Jurisprudencia y Derecho Canónico cambió su nombre kichwa Chusig (lechuza), pues fue hijo de un indígena y una mulata, por el de Santa Cruz y Espejo. Su pensamiento reformador en la política y economía, le condujo en 1785 a sugerir la formación de una Sociedad Patriótica para ayudar a la economía de Quito. La pobreza de la Audiencia de Quito le afectaba profundamente, de allí que pedía y sugería que las Sociedades Patrióticas debían cumplir las tareas de: “levantar datos estadísticos y descriptivos de la economía local y un estudio de los principios de la economía política, la mejora de técnicas económicas, incluyendo un interés por los aperos y cosechas nuevos; diversificación en la agricultura, expansión y mejor empleo de la mano de obra” (Astuto, 2003: 145). Espejo proponía que los gobernantes deben ser honestos, las autoridades públicas debían buscar el bien común incluso con el sacrificio de los intereses particulares.

El pensamiento político de Eugenio Espejo se adelanta a las propuestas de su contraparte en Europa y España cuando en su llamado a la organización de la sociedad podemos ubicar claramente el problema del Estado desde su perspectiva filosófica y política: “Ya somos consocios, somos quiteños, entramos ya en la escuela de la concordia, de nosotros renace la patria, nosotros somos los árbitros de la felicidad” (Ibid: 149). Proponía formar un buen gobierno, un gobierno igualitario que fomentara la educación y salud públicas. Sus ideales libertarios los resumo en su frase: “Soy un hombre que aspira a ser libre junto a su pueblo”.




TERCERA REFLEXIÓN:
EL ESTADO EN LA REPÚBLICA


La Independencia de las colonias españolas de Sudamérica se produjo cuando el capitalismo se había consolidado como sistema económico a nivel mundial. Inglaterra era el centro del sistema, seguida por Los Países Bajos y Alemania. Siguiendo la cronología de Ayala, en el estudio de la Época Republicana podemos establecer también tres grandes períodos:

1. Desde la fundación de la República en 1830 hasta fines del siglo XIX.
2. Desde los inicios de la Revolución Liberal hasta los sesenta del siglo XX.
3. Desde fines de los sesenta hasta el fin de siglo.

En el PRIMER PERÍODO, aunque la Independencia significó una ruptura política de la sociedad colonial, sus rasgos se mantuvieron en la incipiente república. El sentido corporativo y estamentario del Estado colonial continuó, a pesar de las fórmulas republicanas. La aristocracia criolla continuó articulando las relaciones sociales, la cultura y la ideología, además de mantener el paternalismo sobre las “clases inferiores”. La discriminación racial continuó intacta, al igual que la exclusión de la mujer de la vida política.

La presencia de los veteranos de la Independencia fue un rasgo notable de este período, el ejército se convirtió –desde los inicios de la República, hasta el momento actual- en árbitro de la lucha caudillista por el poder del Estado, la mayoría de la población quedaba al margen de la naciente integración política y cultural. La estructura de gobierno, congresos y más organismos gubernamentales eran elegidos, únicamente, por un grupo reducido de notables propietarios. El discurso independista liberal-democrático-republicano no cambió la “justificación divina” de la autoridad ni la solidez de los poderes locales y regionales, frente al cual el Estado central era, evidentemente, débil.

La estructura hacendataria y los municipios regionales concentraban un enorme poder. La educación, los servicios, las obras públicas estaban en sus manos; el Estado central manejaba la fuerza pública y una reducida burocracia. El poderío económico e ideológico de la Iglesia colonial se insertó en el Estado republicano, el cual tenía sobre ella el derecho de Patronato, es decir, el control del nombramiento de la jerarquía eclesiástica. El reconocimiento oficial de la religión católica permitió que la Iglesia mantenga el control del precario sistema educativo, dedicado a un grupo muy reducido de la población.

El tributo de los indígenas se mantuvo hasta mediados del siglo XVIII como signo de la continuidad colonial en las relaciones sociales, los pueblos indígenas continuaron soportando la invasión de sus tierras comunales y el sometimiento al latifundio, bajo reforzados mecanismos de dominación; que en los tres lustros, de 1860 a 1875 consolidó al Estado Oligárquico Terrateniente.

En este período se dio el gobierno de Gabriel García Moreno, quien cristalizó la alianza entre las fracciones de la clase dominante en torno al poder estatal. El Ecuador pasó a ser un país mejor organizado y comunicado, se incrementó la educación, la recaudación fiscal y hubo una administración eficiente de las rentas públicas. Se instauró la dictadura bancaria, a la vez que se sentaron las bases del endeudamiento crónico. Las obras públicas fueron planificadas y tuvieron un enorme crecimiento. Todo lo anterior, dentro de condiciones represivas jamás conocidas en la historia del país.

“El programa garciano, que tuvo su máxima expresión en la Constitución de 1869, la Carta Negra, descansó sobre una contradicción. Por una parte impulsó la modernización y consolidación estatal, estimuló la producción y el comercio, desarrolló la ciencia y la educación; por otra, impuso una ideología reaccionaria excluyente y represiva, con la dictadura del grupo clerical-terrateniente más oscurantista. (…) todo el proyecto saltó en pedazos cuando García Moreno fue asesinado el 6 de agosto de 1875. Y si bien durante un tiempo la tradicional oligarquía serrana tuvo el control del poder, las reformas favorecieron, a la larga, a la oligarquía costeña, en cuyo seno se iba definiendo una nueva clase, la burguesía comercial y bancaria” (Ayala Mora, 2005: 81).
Cabe señalar que en las postrimerías del siglo XIX se dieron los primeros trabajos de sistematización del kichwa y de registro de la música y tradiciones populares, con lo cual hubo un breve atisbo de revalorización de la Cultura Popular.

En el SEGUNDO PERÍODO, las fuerzas garcianas se reorganizaron en la Unión Republicana (1883), la cual se dividió en el Partido Católico Republicano (tendencia conservadora) y los Progresistas de orientación liberal católica. Estas incipientes instituciones políticas serían el germen de los partidos modernos que se formarían luego de varias décadas. Las fuerzas progresistas asumieron el poder hasta 1895, cuando el 5 de junio se instauró en Guayaquil la Jefatura Suprema liderada por Eloy Alfaro. Se inició así la Revolución Liberal en el país.

La transformación liberal (1895-1912) liderada políticamente por la burguesía comercial fue la etapa de consolidación del Estado Nacional. En la Revolución Liberal participaron los campesinos de la Costa movilizados en las Montoneras, los artesanos guayaquileños y los sectores intelectuales medios, quienes divulgaban las ideas liberales radicales. “El debate sobre el laicismo se extendió a toda la mitad del siglo XX y en él se comprometieron las figuras más destacadas del pensamiento ecuatoriano, transformándose en el eje de la contienda política” (Ibid: 100).

El Estado Nacional impulsó un programa de integración económica de la Costa y Sierra mediante la construcción del Ferrocarril Guayaquil-Quito, como parte de las profundas transformaciones sociales, que la revolución trajo consigo: separó el Estado de la Iglesia; el Estado recobró el control de la educación, del Registro Civil, del contrato matrimonial, de las instituciones de beneficencia, que se encontraban en manos de ésta; decretó las libertades de conciencia y culto. En 1906 se emitió la Carta Magna, Constitución de corte liberal.

Las transformaciones político-ideológicas de la Revolución Liberal fueron las de mayor proporción ocurridas en la historia del país, pero tuvo sus límites en los intereses de la burguesía comercial, que no afectó la estructura hacendataria serrana ni abolió el poder de los terratenientes. Las innovaciones consolidaron el sistema de reproducción del capitalismo en ascenso y garantizaron la integración de los mercados internos con el capital monopólico internacional.

En las dos primeras décadas del siglo XX los sectores medios (burócratas y pequeños comerciantes) exigían cuotas de poder y las organizaciones obrero-artesanales luchaban por reivindicar sus derechos. La Primera Guerra Mundial y, especialmente, el triunfo de la Revolución de Octubre de 1917 en Rusia sería el hito que marcaría la divulgación del marxismo en el país. La guerra produjo crisis, la caída de las exportaciones y la reducción de los precios del cacao. De 1918 a 1923 el auge cacaotero se desplomó. Comerciantes y banqueros usaron su poder político para descargar el peso de la crisis en los trabajadores. Se inició un período de agitación popular que culminó con la masacre de los artesanos de Guayaquil el 15 de noviembre de 1922. Con esta experiencia, las organizaciones de los trabajadores fueron madurando alternativas políticas de dimensión nacional, integraron a su lucha la reflexión política sobre el Estado.

La década del veinte produjo la reagrupación de las viejas fuerzas políticas oligárquicas y la germinación de otras nuevas. En ella podemos ubicar con precisión el surgimiento de los modernos partidos políticos del país. En 1923 se formó el Partido Liberal Radical, en 1925 el Partido Conservador Ecuatoriano, en 1926 el Partido Socialista Ecuatoriano, el cual se dividió cuando el sector proestalinista fundó en 1931 el Partido Comunista Ecuatoriano. Las organizaciones gremiales también evolucionaron y formaron la Central de Trabajadores del Ecuador (CTE) en 1938.

La crisis económica condujo al país a una compleja situación de inestabilidad (1925-1947) y a una etapa marcada por el caudillismo y el arbitraje militar. La Constituyente de 1928 concedió el voto a las mujeres y el gobierno militar del General Alberto Enríquez Gallo expidió el Código del Trabajo en 1938. El 28 de mayo de 1944 los sectores populares protagonizaron la Gloriosa, hecho histórico que pretendió cambios radicales, pero que terminó en manos del caudillo Velasco Ibarra, quien pactó con la derecha. Sin embargo, una Asamblea progresista redactó la Constitución de 1945.

De 1948 a 1960 se produjo un período de estabilidad debido a la exportación del banano, fruta que expandió la economía ecuatoriana, dinamizó el comercio internacional y abrió nuevas fronteras agrícolas. Los trabajadores percibían mejores salarios, los sectores medios vinculados a la producción y comercialización bananera se encontraban en ascenso, parecía que habíamos encontrado el camino del desarrollo. De 1948 a 1952 se realizó un esfuerzo de modernización del Estado por la influencia del imperialismo norteamericano, que consolidaba su presencia en el Ecuador.

El TERCER PERÍODO REPUBLICANO estuvo marcado por el ascenso del reformismo, de la mano del cambio en el producto de exportación básico: banano por petróleo; a lo cual se sumó el agotamiento del modelo agroexportador; sucesos que dieron origen a un nuevo sistema de dominación, a un esfuerzo de modernización de las estructuras socioeconómicas, que agudizaron los conflictos sociales, todo ello en un contexto internacional de dependencia a la “metrópoli norteamericana”.

Los cambios en el agro se hicieron visibles, se desarrolló el sector industrial y se robusteció el capital financiero. En la dimensión política se dio “una expansión sin precedentes del ámbito del Estado junto con el resquebrajamiento de los tradicionales frentes y organizaciones políticas” (Ibid: 104). Las Fuerzas Armadas desarrollaron un proceso inédito en el continente, al asumir importantes espacios de actividad económica: fábricas de explosivos, de ropa, camaroneras, un banco. Al poder de las armas se sumó el poder económico.

En la década de los sesenta las transformaciones sociales no se circunscribieron al Estado, en la escena política se consolidaron las tendencias reformistas y modernizantes en los partidos y movimientos sociales. La sociedad en general vivió un rápido proceso de urbanización, los medios de comunicación (radio y televisión) se masificaron, la educación creció significativamente. El aspecto más visible de la década fue la presencia del Movimiento de la Teología de la Liberación, que tuvo en Monseñor Leonidas Proaño a su máxima figura.

De 1963 a 1966 tuvimos nuevamente una Dictadura Militar, dentro de la imposición política de Estados Unidos en América Latina. Fue ferozmente anticomunista en rechazo total a la influencia cubana en el país e impulsó la Ley de Reforma Agraria como parte del programa de adecuación de los sectores más tradicionales al desarrollo capitalista; pero cuando intentaron reformar los impuestos al comercio exterior, la oligarquía afectada echó a los coroneles. Se sucedieron interinazgos breves, hasta que en 1972 un nuevo régimen de facto asumió el poder: el Gobierno Nacionalista Revolucionario de las Fuerzas Armadas, el cual culminó en 1979.

El gobierno de las Fuerzas Armadas presidió la época del auge económico más espectacular de nuestra Historia. Los elevados precios del petróleo les permitieron manejar recursos nunca antes habidos en el fisco ecuatoriano; éstos fueron dedicados, fundamentalmente, pero de forma superflua o sin planificación a la modernización del Estado y al aparato productivo. El Consejo Supremo de Gobierno que asumió el gobierno en 1976 limitó las políticas progresistas e instauró la represión a los movimientos sociales, la cual tuvo su expresión más sangrienta en la masacre de los obreros del ingenio AZTRA en 1977.

Al finalizar la dictadura, el capitalismo se había instaurado profundamente en la estructura socioeconómica del país; pese a la bonanza económica habíamos contraído una enorme deuda externa, que acentuó la dependencia internacional. La burguesía industrial y financiera se había reagrupado, a la vez que los movimientos obreros y populares lo hicieron en torno al Frente Unitario de Trabajadores (FUT), que enfrentó el debate del papel del Estado frente a la propiedad.

En los años ochenta el reformismo se agotó y se inició la crítica a la presencia del Estado en la economía. Surgieron posturas de corte privatizador y de reducción del aparato estatal, para paliar la recesión de largo plazo, que vivimos hasta nuestros días. Las duras medidas de ajuste siguieron las presiones del Fondo Monetario Internacional (FMI), una de las cuales: la sucretización de la deuda pública, hizo tambalear al régimen. En 1984 la derecha reagrupada asume el poder, aplicó medidas neoliberales desde el inicio del gobierno, lo cual incrementó el capital de banqueros, comerciantes y agroexportadores, en medio de una feroz represión al movimiento popular.

Ingresamos a la última década del siglo y milenio con el Levantamiento de los Pueblos Indígenas en 1990 y una revitalizada oposición de los trabajadores al gobierno. El Estado había cooptado el discurso de la equidad de los nuevos sujetos sociales presentes en la escena política e ingresó en un proceso de reordenamiento jurídico que condujo en 1978 a la promulgación de una nueva Constitución, la cual fue redactada por la Asamblea Nacional Constituyente de mayoría de derecha, en la cual se ratificó la política neoliberal de privatización de las empresas estatales y de limitación de la representación política de los sectores sociales. Sin embargo, el movimiento popular logró que la Asamblea recoja las aspiraciones de más de medio siglo de lucha: reconocimiento de la diversidad del país; los derechos de los indígenas, de las mujeres, de los niños y jóvenes. La Asamblea reformó el Congreso, la educación y los regímenes seccionales. La Nueva Constitución entró en vigencia el 10 de agosto de 1998, día en el cual se posesionó el Presidente Jamil Mahuad, quien provino de las filas de la Democracia Cristiana.

El gobierno democristiano dictó de inicio fuertes medidas de ajuste económico de corte fondomonetarista, pero la dolarización como medida extrema tomada en el año 2000, en el contexto mundial de la globalización, condujo a la caída de Mahuad.




CUARTA REFLEXIÓN:
EL ESTADO EN EL SIGLO XXI


Iniciamos el nuevo siglo y milenio en medio de la crisis agudizada por las medidas neoliberales, que permitió el incremento de la concentración de la riqueza, polarizó a la sociedad ecuatoriana y modernizó la estructura del Estado. La sociedad mestiza sufrió un fuerte cambio en sus concepciones al filo de la lucha de los pueblos indígenas por ser aceptados como nacionalidades dentro de un Ecuador único, pero diverso. Las demandas regionales tomaron nuevos bríos, pues pequeños gobiernos locales de izquierda –en lo que va del milenio- han realizado gestiones exitosas e incorporan a la descentralización como tema de debate, más allá de la posición regionalista de la derecha neoliberal. El papel tradicional del Estado exige ser replanteado en esta nueva realidad.

Hemos asistido a la sucesión de cinco gobiernos en el período 2000-2007, en el cual el movimiento popular ha repensado la globalización y sus consecuencias. Nuevas realidades nacionales, continentales y mundiales exigen profundas reflexiones sobre la identidad de los ecuatorianos y ecuatorianas, la cual debe ser construida en función de un conocimiento y aceptación de nuestras milenarias raíces culturales de cara a los desafíos del presente y futuro planetarios. La presencia valerosa y vibrante de monumentales experiencias populares del más variado tipo (económicas, políticas, comunicacionales, educativas, de salud, etc, etc), por más de cuarenta años, nos permiten avizorar un futuro, en el cual las democracias restringidas en las que vivimos se transformen en democracias de real participación.

La compleja realidad latinoamericana exige pensar y actuar en consonancia con las utopías por las que han luchado nuestros pueblos. No olvidemos que “en época de crisis no hay nada más realista que la utopía”. O en palabras de Lenin: mientras más adversas son las circunstancias, más importante es el soñar. En la paradoja crisis-auge mundial del capitalismo en la cual vivimos, las experiencias de Bolivia, Venezuela, Ecuador, Paraguay, El Salvador, surgen para romper la imposición neoliberal, que ha producido la implosión de los partidos políticos, la implosión del Estado de bienestar y el reforzamiento de su trazo punitivo, represor, controlador; e inclusive la implosión de las formas tradicionales de organización popular; pero a la vez, dialécticamente, ha generado la aparición masiva de formas novísimas de comunicación y organización, de los más variados grupos de la sociedad, en la cual los jóvenes llevan la vanguardia.

América Latina asiste a la desinstitucionalización acelerada de las instituciones que la modernidad construyó: estado, escuela, partidos políticos, sindicatos; frente a lo cual el Estado y las transnacionales de la comunicación y el entretenimiento usan la violencia y el miedo social, para atomizar, despersonalizar, producir anomia social.

Complejo contexto nacional y mundial en el cual vivimos. Dos tendencias se perfilan con claridad. Dominante la una, en la cual un capitalismo en crisis pero a la ofensiva, liderado por las transnacionales, continúa en su ataque a los trabajadores, a las mujeres, a los campesinos e indígenas. Marginal la otra, pero no por ello importante, tiene su epicentro en América Latina, en los países arriba mencionados, la cual busca romper el sistema neoliberal. En nuestro país, las propuestas alternativas al neoliberalismo se plasmaron en la Constitución de 2008, aprobada mediante consulta popular.

La Constitución de 2008 recoge las propuestas de Pluri e Interculturalidad desde una posición crítica al pensamiento colonial que pervive en el país. Constitución que desde su prólogo entrega claves para pensar y actuar en función de una cultura alternativa, contrahegemónica. Cultura que en sus dimensiones políticas y sociales posibilite la decolonización del Estado y el conocimiento. “La Interculturalidad crítica en el Ecuador, no es creación de la academia, ni del Estado, ni de las ONG´s. Surge en 1980 como propuesta política-epistémica de la CONFEDERACIÓN DE NACIONALIDADES INDÍGENAS DEL ECUADOR (CONAIE)” (Walsh, 2009); propuesta que no abandona la razón occidental, sino que la vive como parte del DIÁLOGO DE SABERES.
El Sumak Kawsai constituye el sello fundacional de la Constitución 2008, la cual a decir de Alberto Acosta (Presidente de la Asamblea Constituyente que la redactó) es “la más ecuatoriana de la historia republicana”, pues recoge los principios propios de la sociedad ecuatoriana. El principio de mayor trascendencia, que es el punto de partida para la construcción de un país libre y solidario es el Sumak Kawsai.

El Buen Vivir (Sumak Kawsai), la Plurinacionalidad, los Derechos de la Naturaleza son recogidos como principios en la nueva Constitución, para construir opciones colectivas de vida, que permitan superar el actual modelo de desarrollo: “económicamente dependiente, socialmente injusto, ambientalmente depredador y, en esencia, antidemocrático” (Acosta y Martínez (compiladores), 2009).

Considero que el Sumak Kawsai nos reta a pensar la administración de la sociedad mediante la construcción de redes complejas, sinérgicas y solidarias –lo cual nos permite plantear la posibilidad de extinción del Estado-; sin esperanza ingenua (como diría Paulo Freire) nos permite recuperar la paz y tener a la VIDA como eje de la economía; nos permite participar en plenitud … sin miedo. El camino es complejo, difícil, lo estamos recorriendo poniendo en él la totalidad de nuestro SER.

CONCLUSIONES

El Estado Inka y el Estado Colonial se asentaron sobre las milenarias formas de organización y producción comunitarias de los pueblos indígenas del continente.

Las formas modernas y postmodernas del Estado, en el Ecuador republicano, no han podido desmantelar las formas comunitarias de organización y producción. Estas formas comunitarias son el producto de la evolución histórica de la cosmovisión andina, del sincretismo del mestizaje, que se expresa en peculiares formas de organización popular, las cuales no sólo responden a la influencia estatal, de las ONG´s o de las Iglesias; sino a la necesidad de trabajo (que es sentido de vida), en medio de la búsqueda de identidad.

El filosofar sobre el Estado parte de una sentida necesidad, pues la humanidad percibe a diario que el momento histórico que vivimos es crucial para su supervivencia, porque además de enfrentar las consecuencias de las geopolíticas de la globalización, debe hacerlo con el biopoder que vuelve mercancías a los niños, niñas y adolescentes - los fundamentales sujetos de la educación - para convertirlos en voraces consumidores y dinamizadores del fenómeno que el educador argentino Eduardo Bustelo denomina “capitalismo infantil”. Es cotidianamente evidente, que la "Tríada Revolucionaria": microelectrónica, microbiología y energía nuclear marcan las pautas del conocimiento y desarrollo humanos actuales, tanto en sus mejores posibilidades cuanto en los grandes peligros que encierra:

Conocimientos para la guerra y la fabricación de armas cada vez más sofisticadas, o para la paz y la lucha contra las enfermedades y el hambre.

Conocimientos para posibilitar el desarrollo de seres dignos, libres, creativos, solidarios; o para producir interferencias en la personalidad, para fabricar personas obedientes, niños y niñas de diseño, como ya es posible gracias a la ingeniería biogenética.

Conocimientos para permitir el surgimiento de verdaderas democracias con la total participación de la población, o para dar origen a gobiernos antidemocráticos y represivos.

Conocimiento para la tolerancia, el respeto al diferente, para la unidad en la diversidad; o para el dominio, la imposición, el exterminio del más débil.

Conocimientos para una ciencia para la VIDA, o para la ciencia ecocida que exacerba los males que aquejan a nuestro planeta: calentamiento y obscurecimiento global, escasez de agua dulce, incremento de los desiertos, deterioro de la vida: baja de la fertilidad humana y extinción de flora y fauna.

Las concepciones contractualistas del Estado no florecieron en el debate social y político sobre el Estado en ninguna época de la Historia del Ecuador actual.
El movimiento sindical y luego el movimiento popular refutó las formas modernas del Estado desde posiciones marxistas.
Los nuevos movimientos sociales adoptaron el discurso de la justicia social: igualdad política y equidad, el cual fue cooptado por el Estado social de bienestar.
La desinstitucionalización de las sociedades latinoamericanas, la violencia y el miedo constituyen los problemas contemporáneos, que debe asumir la filosofía política.

BIBLIOGRAFÍA

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Acosta, Alberto y Martínez, Esperanza (compiladores). El Buen Vivir – Una vía para el desarrollo. Quito, Abya-Yala Ediciones, 2009.

Acosta, Alberto y Martínez, Esperanza (compiladores). Plurinacionalidad – Democracia en la diversidad. Quito, Abya-Yala Ediciones, 2009.

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Walsh, Catherine. Interculturalidad, poder y comunicación – Lecturas desde la (de)colonialidad. Quito, UASB, 2009.