lunes, 7 de julio de 2008

LIBERALISMO Y SOCIALISMO DEL SIGLO XXI

Por: Nancy Ochoa Antich

1. Igualdad y diversidad.

Es evidente que hay una sola especie humana, por lo cual debería ser indudable que todos seamos iguales. No obstante, la realidad muestra que nos diferenciamos constantemente: como diría Hegel, es lo mismo que se hace otro sin dejar de ser lo mismo. Impacta la variedad de individuos. Cada experiencia vital es única. Las culturas son diferentes maneras de ver el mundo, como lo simboliza la Torre de Babel.

Recordemos, además, que todas las sociedades se han organizado según una desigualdad que no está basada en la diversidad real, sino en juegos de poder entre grupos. Siempre ha habido quienes son más y menos poderosos. Entonces, la evidencia de que hay una sola especie no sólo queda encubierta por las diferencias reales sino también por la desigualdad establecida convencionalmente en las sociedades.

La noción política de igualdad comenzó a ser utilizada en Europa, paradójicamente, en la etapa de la conquista de otras culturas. Hacia éstas los conquistadores aplicaron la desigualdad convencional. Hacia la sociedad europea, en cambio, la burguesía, incipiente todavía, debía producir un discurso que le permitiera combatir los privilegios que se suponía eran inevitables según la visión del mundo vigente.

La burguesía inició su ascenso histórico en Europa en los siglos XIV y XV. El apoyo ideológico de ese ascenso fue la noción de igualdad: cualquiera y todos podían aspirar a mayor poder social. Ninguna característica, como la “sangre” o la “nobleza”, términos utilizados en el sentido que le dieron en su momento, podía menoscabar esa aspiración. Se ve clara, entonces, la relación entre diversidad real o convencional e igualdad política. Es precisamente porque somos diferentes que se requiere la noción política de igualdad. La idea es que todos los diferentes tengamos los mismos derechos o que seamos iguales ante la ley.

Como ejemplo de una obra a favor de la igualdad de los humanos, voy a referirme a las Meditaciones Metafísicas de Descartes, ya en el siglo XVII. Su argumento de que la única certeza es el pensar, porque dudar es pensar, de manera que de lo único que no puedo dudar es del pensar, está ligado a la tesis de que cada individuo humano es una cosa que piensa, es decir, que su identidad es el pensar. No soy mi cuerpo, no soy las cualidades concretas que me caracterizan y me diferencian de otros cuerpos, o experiencias vitales, o circunstancias materiales, o contextos culturales, históricos o sociales. Soy algo que es igual a través de las diferencias.

Actualmente es usual escuchar opiniones contrarias. Se dice que una noción de igualdad como la de Descartes es excluyente. Se argumenta que hay humanos con discapacidades mentales que no piensan. Se afirma que tal noción de igualdad es el mecanismo de los conquistadores para excluir otras maneras de ser. No es conveniente que exageremos la diversidad, pues no es cierto que ésta sea tal que dejemos de ser humanos. Así, hay un universal abstracto (lo que Descartes quiere decir con “cosa que piensa”), hay diversidades reales y desigualdades sociales convencionales.


Entonces, todos somos iguales ante la ley. Nombre, familia, capacidad mental, características físicas, sexo, etnia, condición social, no son relevantes. Somos ciudadanos con los mismos derechos. Gracias a la noción de igualdad, podemos cuestionar que haya diferencias sociales basadas en juegos de poder.

2. Igualdad, libertad y fraternidad.

El orden en que se presentan estos valores en la célebre consigna de los revolucionarios franceses supone una jerarquía. Es decir, la igualdad es el valor liberal por excelencia y la libertad tiene en él su fundamentación. Las libertades políticas: de opinión, prensa, asociación y cultos, son efectos de la igualdad. La fraternidad se encuentra bien ubicada en tercer lugar, ya que es más bien un complemento que se refiere a la actitud consecuente con el hecho de que todos seamos iguales ante la ley.

Si recordamos la importancia de la igualdad en el liberalismo, resulta menos sorprendente notar la cercanía con el socialismo, por lo menos en lo que se refiere a la igualdad y la fraternidad. Lo que quiero decir es que si se comprende a fondo la idea de que la libertad es consecuencia de la igualdad, se puede captar la vinculación entre estas filosofías políticas modernas. El pensamiento socialista o comunista europeo del siglo XIX (filosóficamente se pueden usar como sinónimos) surgió con la motivación de superar los obstáculos sociales que impedían la realización de los valores liberales.

El lector dirá que la diferencia entre las dos ideologías radica en la libertad de empresa o económica, la iniciativa individual, la propiedad privada. Mi opinión es que, al igual que las libertades políticas, estas formas importantísimas de libertad están más garantizadas en un contexto social igualitario.

Considero, pues, que el socialismo no debería atentar contra las libertades, ni políticas, ni económicas, aunque el Estado deba regular la iniciativa privada para que no se produzcan abusos. La intervención moderada del Estado busca garantizar que no haya desposeídos: que haya igualdad para que haya libertad y fraternidad.

Realmente, tanto el liberalismo como el socialismo son ideologías políticas propias del capitalismo. Con él surge la necesidad de que haya igualdad. Tal noción no había existido en otros sistemas económicos.

Por ejemplo, el empresario tendría que promover la igualdad, si quiere tener éxito en sus negocios. El capitalismo supone una sociedad de consumidores, en la que nadie quede excluido del mercado. A este sistema económico no le conviene que haya obstáculos sociales para la igualdad de oportunidades. Tal vez ésa sea una de las razones del poco éxito que ha tenido el capitalismo nacional en los países de América Latina.

Se podría argumentar que el así llamado “socialismo del siglo XXI” busca eliminar las barreras sociales que impiden que en nuestras sociedades haya igualdad de oportunidades, y maliciosamente se podría pensar que lo hace para incentivar al capitalismo. No olvidemos que este experimento político no pretende la abolición de la propiedad privada de los medios de producción, como fue declarada por los regímenes comunistas del siglo XX.

Hoy sabemos que la supuesta abolición fue la conversión de esa propiedad en estatal, lo cual significó realmente que la usufructuaban los burócratas, y en vez de lograr una sociedad sin desposeídos, se produjo un claro caso de desigualdad social.


3. Los malentendidos del siglo XX.

Lo que ocurrió en el siglo XX es que se produjeron revoluciones sociales, como había sido la Francesa, en países en los que no había una clase igualitaria, la burguesía. Recordemos que Marx y Engels en el Manifiesto Comunista afirman que “la burguesía ha desempeñado en la historia un papel altamente revolucionario”.

Los Estados que se establecieron después del cambio violento, se llamaron a sí mismos socialistas o comunistas y declararon la abolición de la propiedad privada de los medios de producción. Una situación como ésa nada tiene que ver con el proceso liberal-socialista europeo-occidental. Aunque los textos de Marx y de pensadores anteriores, como Tomás Moro o Rousseau, hayan planteado la abolición de la propiedad, ése no es el origen de que tal cosa se haya decretado en los países comunistas del siglo XX. La razón del curso que tomaron los acontecimientos debe encontrarse en la realidad social y política, en el hecho de que eran sociedades semi-feudales.

De una manera que me parece azarosa, sucedió que el juego de poder mundial llevó a la Unión Soviética a convertirse en el polo opuesto de los Estados Unidos de América en las relaciones internacionales y se produjo lo que se conoce como “guerra fría”. Entonces, nos acostumbramos a oponer “socialismo” o “comunismo” a “liberalismo”, cuando en la historia europeo-occidental constituyen una continuación filosófica. Así lo ha sido realmente en los partidos social-demócratas europeos. Por ejemplo, el gobernante Partido Socialista Obrero Español (PSOE) es también liberal. Y así lo es por cierto hoy en América Latina, cuando los proyectos autodenominados “socialistas” después de terminada la guerra fría, se saben herederos de los procesos liberales del siglo XIX.

En pocas palabras, la situación mundial influyó para que se tergiversara el contenido auténtico del pensamiento político, lo cual muestra la enorme importancia de las relaciones internacionales. Más allá de aquel juego de poder con su discurso ideológico, es necesario desentrañar la verdad: que los países comunistas tuvieron o tienen capitalismos de estado con gobiernos totalitarios.

A esa confusión filosófica contribuyó la aparición del neoliberalismo en la segunda mitad del siglo XX, probablemente vinculada también al mismo tema geopolítico, con su idea de que toda regulación estatal es antiliberal y huele a comunismo. Por el contrario, esta tesis no es consecuente con los principios liberales, ya que justifica la desigualdad de oportunidades, considera que el Estado no debe regular la concentración de la riqueza, no debe impedir el monopolio.

En países como los de América Latina la influencia del neoliberalismo ha sido calamitosa, pues tratándose de sociedades que tienen todavía serios obstáculos sociales para la igualdad de oportunidades, dicha ideología ha servido de pretexto para que ciertos grupos económicos continúen abusando de privilegios poco consecuentes con un estado de cosas liberal. Se debe identificar al neoliberalismo con el conservadorismo, que sí era en el siglo XIX en América Latina un pensamiento de defensa de los privilegios pre-liberales. Pero la palabra conduce a confusión.

4. Conclusión.
Considero que la noción política de igualdad se basa en la idea de que los humanos real o convencionalmente diferentes, somos humanos en el sentido abstracto de la expresión y por eso, iguales ante la ley. Históricamente, porque hubo un grupo social (la burguesía europea) que tenía el interés de mostrar que cualquiera posee el derecho a alcanzar poder, contamos con escritos que argumentan a favor de la igualdad. Ésa es la matriz teórica tanto del liberalismo como del socialismo o comunismo.

3 comentarios:

SEROSIAB dijo...

Pensando sobre la trayectoria política de Latinoamérica y especialmente de nuestro país, en el tira y jala del poder por parte de la derecha y la izquierda a partir de la apertura de la democracia; pero de ninguna parte ha existido una política social y económica que impulse al al pueblo ecuatoriana a tratar de salir del subdedesarrollo.
Yo creo que sólo liberalismo o sólo socialismo no es el camino; un liberalismo sin una igualdad de derechos y portunidades tendería al libertinaje y a la explotación, y un socialismo estricto sin una libre economía no llevaría a nada, como hemos visto en los que lo han aplicado. Una política basada primeramente en la igualdad de derechos y oportunidades, sin importar las razas y los credos, y a partir de ello, una libre economía sería lo más razonable. Para lograr lo primero queda mucho por trabajar en la integración de los miembros de la sociedad y tratar de acortar las distancias abismales de las clases sociales creadas, para ello hay que trabajar en la integración e interacción de los miembros de la familia, en los miembros de una empresa. Lo que sucede en lo pequeño sucede en lo grande: Un padre de familia que no trate a sus hijos con igualdad de derechos y oportunidades, simplemente aquella familia será dispersa y no importará el bienestar entre los hermanos, claro, en el mejor de los casos tampoco esperamos que nuestros hijos sean iguales, ellos adquieren su propia identidad, diferenciándose entre sí, y esa individualiad nadie la podemos quitar (esa es la libertad).
Esperemos que este tiempo de cambio, podamos aportar con nuestro esfuerzo y encender una nueva luz de esperanza para las nuevas generaciones, basandonos en el sentido común de la realidad.

Francisco Morales dijo...

Muy bueno el artículo. De acuerdo con todo, excepto con la visión económico-marxista de la ideología. Interpretar una ideología a partir del contexto económico y de los supuestos intereses de clase que justifica lleva a una visión demasiado simplificada de la historia. Una ideología como el liberalismo ha sido elaborada históricamente, ANTE TODO, por motivaciones políticas. Recordemos el contexto histórico al que respondía Locke: en el contexto de las guerras civiles inglesas, su interés no era tanto lo económico (a pesar de toda su defensa de la propiedad, que, sin duda, defiende intereses de clase), su principal preocupación era propiamente política e incluso religiosa. Y no cabría decir que esto es "superestructura"; la política, si bien tiene conexiones importantes con la economía, debe considerarse una esfera independiente, con intereses propios.
Por otra parte, la revolución burguesa es un mito. Surgió como interpretación jacobina de la Revolución Francesa y fue adoptada y difundida por Marx y los marxistas. Pero historiadores revisionistas han insistido en que la Revolución Francesa no puede interpretarse desde la perspectiva de clase, al menos no exclusivamente, y no principalmente. Lo mismo es válido para cualquier llamada "revolución".

Daniel Sebastian Izasa dijo...

Muchas gracias por tu aporte, me fue de utilidad en mi exposición de filosofía;y también me llamo mucho la atención ver como tiene principios muy parecidos a los del comunismo, cuando siempre en la escuela nos enseñan que ambos son polos opuestos.